Desgraciadamente estas no correspondieron a aquel durante los primeros meses. Por de pronto y antes de todo ocupáronse los centrales en honores y condecoraciones. Al presidente se le dio el tratamiento de alteza, a los demás vocales el de excelencia, reservándose el de majestad a la junta en cuerpo. Adornaron sus pechos con una placa que representaba ambos mundos, se señalaron el sueldo de 120.000 reales, e incurrieron por consiguiente en los mismos deslices que las juntas de provincia, sin ser ya iguales las circunstancias.
No desdijeron otros decretos de estos primeros y desacertados. Mandose suspender la venta de manos muertas, y aun se pensó en anular los contratos de las hechas anteriormente. Permitiose a los exjesuitas volver a España en calidad de particulares. Restableciéronse las antiguas trabas de la imprenta, y se nombró inquisidor general; y afligiendo y contristando así a los hombres ilustrados, la junta ni contentó ni halagó al clero, sobradamente avisado para conocer lo inoportuno de semejantes providencias.
Por otra parte, tampoco acallaba las hablillas y disgusto que aquellas promovían con las que tomaba en lo económico y militar. Verdad es que si algún tanto dependía su inacción de las vanas ocupaciones en que se entretenía, gran parte tuvo también en ella el estado lastimoso de la nación, la cual, habiendo hecho un extraordinario esfuerzo, ya casi exhausta al levantarse en mayo, acabó de agotar sus recursos para hacer rostro a las urgentes necesidades del momento. Y la administración pública, de antemano desordenada, desquiciándose del todo con el gran sacudimiento, yacía por tierra. Reconstruirla era obra más larga y no propia de un gobierno como la central, cuya forma si bien imposible o difícil de mejorarse entonces, no por eso dejaba de ser viciosísima y monstruosa: puesto que cuerpo sobradamente numeroso como potestad ejecutiva, resolvía lentamente por lo detenido y embarazoso de sus deliberaciones, y escaso de vocales para ejercer la legislativa, ni podían ilustrarse suficientemente las materias, ni buscar luces ni arrimo en la opinión, teniendo que ser secretas sus disensiones por la índole de su institución misma.
Su manifiesto en
10 de noviembre.
Trató no obstante la central, aunque perezosamente, de bienquistarse con la nación, circulando en 10 de noviembre un manifiesto, que llevaba la fecha de 26 de octubre, y en el que con maestría se trazaba el cuadro del estado de cosas y la conducta que la junta seguiría en su gobierno. No solamente mencionaba en su contenido los remedios prontos y vigorosos que era necesario adoptar, no solo trataba de mantener para la defensa de la patria 500.000 infantes y 50.000 caballos, sino que también daba esperanza de que se mejorarían para lo venidero nuestras instituciones. Si este papel se hubiera esparcido con anticipación, y sobre todo si los hechos se hubieran conformado con las palabras, asombroso y fundado hubiera sido el concepto de la junta central. Mas había corrido el mes de octubre, entrado noviembre, comenzado las desgracias, y no por eso se veía que los ejércitos se proveyesen y aumentasen.
Distribución
de los ejércitos.
Estos habían sido divididos por decreto suyo en cuatro grandes y diversos cuerpos. 1.º Ejército de la izquierda que debía constar del de Galicia, Asturias, tropas venidas de Dinamarca, y de la gente que se pudiera allegar de las montañas de Santander y país que recorriese. 2.º Ejército de Cataluña compuesto de tropas y gente de aquel principado, de las divisiones desembarcadas de Portugal y Mallorca, y de las que enviaron Granada, Aragón y Valencia. 3.º Ejército del centro que debía comprender las cuatro divisiones de Andalucía y las de Castilla y Extremadura con las de Valencia y Murcia, que habían entrado en Madrid con el general Llamas. También había esperanzas de que obrasen por aquel lado los ingleses en caso de que se determinasen a avanzar hacia la frontera de Francia. 4.º Ejército de reserva, compuesto de las tropas de Aragón y de las que durante el sitio de Zaragoza se les habían agregado de Valencia y otras partes. Nombrose también una junta general de guerra, y presidente de ella al general Castaños, aunque por entonces debía seguir al ejército. Mas estas providencias no tuvieron entero y cumplido efecto, impidiéndolo en parte otras disposiciones, y los contratiempos y desastres que sobrevinieron, en cuya relación vamos a entrar.
Su marcha.
Ya antes de la instalación de la central y en el consejo militar celebrado en Madrid en 5 de septiembre de que hicimos mención, se había acordado que al paso que el general Llamas con las tropas de Valencia y Murcia marchase a Calahorra, y Castaños con las de Andalucía a Soria, se arrimaran Cuesta y las de Castilla al Burgo de Osma, y Palafox con las suyas a Sangüesa y orillas del río Aragón; recomendando además a Galluzo que mandaba las de Extremadura el ir a unirse a las que se encaminaban al Ebro. Blake por su lado debía avanzar con los gallegos y asturianos hacia Burgos y provincias vascongadas. Descabellado como era el plan, desparramando sin orden en varios puntos y en una línea extendida, escasas, mal disciplinadas y peor provistas tropas, se procedió despacio en su ejecución, no habiéndose nunca del todo realizado. Nuevas disputas y pasiones contribuyeron a ello, y principalmente lo mal entendido y combinado del mismo plan, falta de recursos, desorden en la distribución y aquella lentitud característica al parecer de la nación española, y de la que según el gran Bacon había ya en su tiempo nacido el proverbio:[*] (* Ap. n. [6-4].) «Me venga la muerte de España, porque vendría tarde.»
Marcha
del de Galicia.