Con todo, el ejército de Galicia después de la rota de Rioseco, habiéndose algún tanto organizado en Manzanal y Astorga, emprendió su marcha a las órdenes de su general Don Joaquín Blake en los últimos días de agosto, y dividido en tres columnas se dirigió por la falda meridional de la cordillera que separa a León y a Burgos de Asturias y Santander. Al promediar el mes se hallaban las tres columnas en Villarcayo, punto que se tuvo por acomodado y central para posteriores operaciones. Ascendía su número a 22.728 infantes y 400 caballos distribuidos en cuatro divisiones. La cuarta al mando del marqués de Portago se movió la vuelta de Bilbao para asegurar la comunicación con aquella costa, y esperando sorprender a los franceses. Mas avisados estos por los tiros indiscretos de una avanzada española, pudieron con corta pérdida retirarse y desocupar la villa. No la guardaron mucho tiempo nuestras tropas, porque revolviendo sobre ellas con refuerzo el mariscal Ney, recién llegado de Francia, obligó a Portago a recogerse por Valmaseda sobre la Nava. Ocupa Bilbao. Insistió días después el general Blake en recuperar Bilbao, y acudiendo en persona con superiores fuerzas, necesario le fue al general francés Merlin evacuar de nuevo dicha villa en la noche del 11 de octubre.
Marcha
del de Asturias.
En el mismo día, y ocupando Quincoces, orilla izquierda del Ebro, se incorporaron al ejército de Galicia las tropas de Asturias, capitaneadas por Don Vicente María de Acevedo. Había este sucedido en el mando, desde 28 de junio, al marqués de Santa Cruz de Marcenado, a cuyo patriotismo e instrucción no acompañaban las raras prendas que pide la formación de un ejército nuevo y allegadizo. El Acevedo militar antiguo, firme y severo, y adornado de luces naturales y adquiridas, había conseguido disciplinar bastantemente 8000 hombres, con los que resolvió salir a campaña. Iban en dos trozos, uno le regía Don Cayetano Valdés, otro Don Gregorio Quirós. Jefe de escuadra el primero, le vimos en Mahón mandando a principios de año la fuerza naval surta en aquel puerto, y ya antes la nación le había distinguido y colocado entre sus mejores y más arrojados marinos. Al ruido del alzamiento de Asturias había acudido a esta provincia, cuna de su familia. El segundo, natural de ella y oficial de guardias españolas, era justamente tenido por hombre activo, inteligente y bizarro. Unidas pues las tropas de Asturias y Galicia concertaron sus movimientos, y el 25 de octubre se situó el general Blake con parte de ellas entre Zornoza y Durango.
Cuesta,
su conducta.
Al propio tiempo Don Gregorio de la Cuesta antes que en cumplir lo acordado en 5 de septiembre en Madrid, pensó en satisfacer sus venganzas. Referimos cómo de vuelta de la capital había detenido y preso en el alcázar de Segovia a los diputados de León Don Antonio Valdés y vizconde de Quintanilla. Adelante con su propósito quería juzgarlos como rebeldes a su autoridad en consejo militar, escogiendo para fiscal de la causa al conde de Cartaojal. Dispuso también que la ciudad de Valladolid nombrase en su lugar otros dos vocales por Castilla, con lo que hubieron de aumentarse los choques y la confusión. Felizmente no halló Cuesta abrigo en la opinión, y desaprobando la central su conducta, le mandó comparecer en Aranjuez, y previno a Cartaojal que soltase los presos. Obedecieron ambos, Le suceden
Eguía
y Pignatelli. y puesto el ejército de Castilla bajo las órdenes de su segundo jefe Don Francisco Eguía, se acercó a Logroño en donde definitivamente le sucedió y tomó el mando Don Juan Pignatelli. Mas estas mudanzas y trasiego de jefes menguó y desconcertó la tropa castellana, llena sí de entusiasmo y ardor, pero bisoña y poco arreglada. Su número no pasaba de 8000 hombres con pocos caballos.
Marcha
de Llamas.
Por su parte y deseoso de poner en práctica el plan resuelto, partió de Madrid el primero de todos y en septiembre Don Pedro González de Llamas. Mandaba a los valencianos y murcianos con que había entrado en la capital, y salió de ella con unos 4500 hombres infantes y jinetes. Enderezó su marcha a Alfaro, orilla derecha de Ebro, y situó en primeros de octubre su cuartel general en Tudela. Siguiéronle de cerca la 2.ª y 4.ª división de Andalucía regidas ambas por el general Don Manuel de la Peña, y cuya fuerza ascendía a 10.000 hombres. Castaños permaneció en Madrid y no faltaba quien motejase su tardanza, en la que tuvieron principal parte manejos y tramas del consejo, y celos, piques y desavenencias de la junta de Sevilla.
Detención
de Castaños
en Madrid.
Dijeron algunos que también se detenía, esperanzado en que la central le nombraría generalísimo, en remuneración de lo que había trabajado por instalarla. Apoyaban la conveniencia de semejante medida Sir Carlos Stuart, que de Galicia había venido a Madrid y Aranjuez, y lord William Bentinck, enviado desde Portugal por el general Dalrymple para concertarse con Castaños acerca de las operaciones militares. El pensamiento era, sin duda, útil para la unión y conformidad en la dirección de los ejércitos; pero a su cumplimiento se oponían las rivalidades de otros generales, las que reinaban dentro de la misma junta central y el temor de que no tuviese Castaños la actividad y firmeza que aquellos tiempos requerían.
Su salida.