Salió este al fin de Madrid el 8 de octubre, y el 17 llegó a Tudela. Convidado por Palafox pasó a Zaragoza, y allí acordaron el 20, Plan concertado
con Palafox. como continuación de lo antes resuelto, que el ejército del centro con el de Aragón amenazase a Pamplona, poniéndose una división a espaldas de esta plaza al mismo tiempo que el de Blake, a quien se enviaría aviso, marchase por la costa a cortar la comunicación con Francia.
Al último le dejamos entre Zornoza y Durango; los dos primeros, o sea más bien la parte de ellos que se había acercado al Ebro, estaba por entonces así distribuida. A Logroño le ocupaban los 8000 castellanos al mando de su general Don Juan de Pignatelli; a Lodosa Don Pedro Grimarest con la 2.ª división de Andalucía, estando la 4.ª a las órdenes de Don Manuel de la Peña en Calahorra, y siendo ambas de 10.000 hombres, según queda dicho. Los 4500 valencianos y murcianos permanecían situados en Tudela y a su frente D. Pedro Roca, sucesor de Llamas, encargado de otro puesto cerca del gobierno supremo. Del ejército de Aragón había en Sangüesa 8000 hombres que regía Don Juan O’Neille, enviado de Valencia con un corto refuerzo, y a su retaguardia en Egea otros 5000 al mando de Don Felipe Saint-March. Con tan contadas fuerzas y en línea tan dilatada, juzgaron los prudentes y entendidos ser desacertado el plan convenido en Zaragoza para tomar la ofensiva; puesto que el total de soldados españoles, Fuerza
de los ejércitos
españoles. avanzados a mediados de octubre hasta Vizcaya y orillas de Ebro, no llegaba a 70.000 hombres, teniendo Blake 30.000 asturianos y gallegos [los de Romana todavía no estaban incorporados], y Castaños unos 36.000 entre castellanos, andaluces, valencianos, murcianos y aragoneses. Parecerá tanto más arreglado a la razón aquel dictamen, si volviendo la vista al enemigo examinamos su estado, su número, su posición.
Situación
de José y del
ejército francés.
José Bonaparte después de haber salido de Madrid había permanecido en los lindes de la provincia de Burgos o en Vitoria. Allí se entretuvo en dar algunos decretos, en trazar marchas y expediciones que no tuvieron cumplido efecto, y en crear una orden militar. Sus ministros apremiados por las circunstancias presentaron un escrito Exposición
de sus ministros.
(* Ap. n. [6-5].) en el que [*] «exponiendo que el interés de España exigía no confundir su buena armonía y amistad para con la Francia, con su cooperación a los fines y planes de mayor extensión en que se hallaba empeñado el jefe de ella...» indicaban que... «convenía poder anunciar a la nación que aunque gobernada por el hermano del emperador conforme a los tratados de Bayona, fuese libre de ajustar una paz separada con la Inglaterra... que esto calmaría las fundadas zozobras sobre las posesiones de América... etc., etc.» El escrito se creyó digno de ser presentado a Napoleón, y para llevarle y apoyarle de palabra fueron en persona a París los ministros Azanza y Urquijo. Por loables que fuesen las intenciones de los que escribieron la exposición, no se hace creíble dieran aquel paso con probabilidad de buen éxito conociendo a Napoleón y su política, o si tal pensaron, forzoso es decir que andaban harto desalumbrados. Mas el emperador de los franceses no paró mientes en los discursos de los ministros españoles de José, y solo se ocupó en mejorar y reforzar su ejército.
Este, en los primeros tiempos de su retirada, había caído en gran desánimo, y los más de sus soldados, excepto los del mariscal Bessières, iban al Ebro casi sin orden ni formación. Perseguidos entonces e inquietados, fácilmente hubieran sido del todo desranchados y dispersos, o por lo menos no se hubieran detenido hasta pisar tierra de Francia. Pero los españoles descansando sobre los laureles adquiridos, flojos, escasos también de recursos, les dieron espacio para repararse. Así fue que los franceses ya más serenos y engrosados con gente de refresco, Fuerza del
ejército francés. se distribuyeron en tres grandes cuerpos, el del centro mandado por el mariscal Ney, que ya dijimos acababa de llegar de Francia, y los de la izquierda y derecha gobernados cada uno por los mariscales Moncey y Bessières. Había además una reserva compuesta en parte de soldados de la guardia imperial, y en donde estaba José con el mariscal Jourdan, su mayor general, enviado de París últimamente para desempeñar aquel cargo. De suerte, que todos juntos componían en septiembre una masa compacta de más de 50.000 combatientes, entre ellos 11.000 de caballería, con la particular ventaja de estar reconcentrados y prontos a acudir por el radio a cualquier punto que fuese acometido, cuando los nuestros para darse la mano tenían que recorrer la extendida y prolongada curva que formaban en torno de los enemigos, quienes sin contar con los de Cataluña y guarniciones de Pamplona y San Sebastián estaban también respaldados por fuerzas que mandaba en Bayona el general Drouet, y con la confianza de recibir de su propio país por la inmediación todo género de prontos y eficaces auxilios.
Movimiento
de los españoles.
A pesar de eso y de aumentarse sus filas cada día con nuevas tropas, manteníanse los franceses quietos y sobre la defensiva, a tiempo que los españoles trataron de ejecutar el plan adoptado en Zaragoza. Era el 27 de octubre el señalado para dar comienzo a la empresa, mas días antes ya habían los nuestros con su impaciencia movídose por su frente. Los castellanos desde Logroño, sentado a la margen derecha del Ebro, cruzando a la opuesta, se habían adelantado a Viana, y Grimarest extendídose desde Lodosa a Lerín. Los aragoneses por el lado de Sangüesa también avanzaron acompañados de muchos paisanos. Y tan grande fue el número de estos, que Moncey sobresaltado dio cuenta a José, quien destacó del cuerpo de Bessières dos divisiones para reforzar las tropas que estaban por la parte de Aragón y Navarra.
El 20 de octubre mandó el general Grimarest a Don Juan de la Cruz Mourgeon ocupar Lerín con los tiradores de Cádiz, una compañía de voluntarios catalanes y unos cuantos caballos. Para apoyarle quedaron en Carcar y Sesma otros destacamentos. Cruz tenía orden de retirarse si le atacaban superiores fuerzas, y habiendo expuesto lo difícil de ejecutar dicha orden caso de que el enemigo se posesionase con su caballería de un llano que se extiende de Lerín camino de Lodosa, le ofreció Grimarest sostenerle con oportuno socorro.
Acción de Lerín,
26 de octubre.
Cruz en cumplimiento de lo que se le mandaba fortificó según pudo el convento de Capuchinos y el palacio cuyo edificio había de ser su último refugio. No tardó en saber que iba a ser atacado, y de ello dio aviso el 25 al general Grimarest. En efecto en la madrugada del 26 le acometieron los enemigos valerosamente rechazados por sus tropas. Con más gente insistieron aquellos en su propósito a las nueve de la mañana, y los nuestros replegándose al palacio no dieron oídos a la intimación que de rendirse se les hizo. Renovaron varias veces los franceses sus embestidas con 6000 infantes, con artillería y 700 u 800 caballos, y los de Cruz que no excedían de 1000 continuaron en repelerlos hasta entrada la noche con la esperanza de que Grimarest, según lo prometido, vendría en su auxilio. Los destacamentos de Carcar y Sesma aunque lo intentaron no pudieron por su corta fuerza dar ayuda. Amaneció el día siguiente, y sin municiones ni noticia de Grimarest se vio forzado Cruz a capitular con el enemigo, quien celebrando su valor y el de su gente, le concedió salir del palacio con todos los honores de la guerra, debiendo después ser canjeados por otros prisioneros. Brillante acción fue la de Lerín aunque desgraciada, siendo los tiradores de Cádiz soldados nuevos, no familiarizados con los rigores de la guerra. Censurose al Grimarest haber avanzado hasta Lerín aquellas tropas para abandonarlas después a su aciaga suerte; pues en vez de correr en su auxilio, con pretexto de una orden de La Peña evacuó a Lodosa, y repasando el Ebro se situó en la torre de Sartaguda.