O’Neille, más dichoso en aquellos días, obligó al enemigo a retirarse de Nardues a Monreal: corta compensación de la anterior pérdida y de la que se experimentó en Logroño. El mariscal Ney había atacado y repelido el 24 los puestos avanzados de las tropas de Castilla, colocándose el 25 en las alturas que hacen frente a aquella ciudad del otro lado del Ebro. El general Castaños, que entonces se encontraba allí, mandó a Pignatelli que sostuviese el punto, a no ser que los enemigos cruzando el río se adelantasen por la derecha, en cuyo caso se situaría en la sierra de Cameros sobre Nalda. Ordenó también que el batallón ligero de Campomayor fuese a reforzarle y desalojar al enemigo de las alturas ocupadas. Retirada
de los castellanos
de Logroño. Inútiles prevenciones. Castaños volvió a Calahorra, y Pignatelli evacuó el 27 a Logroño con tal precipitación y desorden, que no parando hasta Cintruénigo, dejó al pie de la sierra de Nalda sus cañones, y los soldados desparramados, que durante veinticuatro horas le siguieron unos en pos de otros. El pavor que se había apoderado de sus ánimos era tanto menos fundado, cuanto que 1500 hombres al mando del conde de Cartaojal, volviendo a Nalda, recobraron los cañones en el sitio en que quedaron abandonados, y a donde no había penetrado el enemigo.
Arreglo que
en su ejército
hace el general
Castaños.
El general Castaños, justamente irritado contra Pignatelli, le quitó el mando, e incorporando la colecticia gente de Castilla en sus otras divisiones, hizo algunas leves mudanzas en su ejército. Por de pronto formó una vanguardia de 4000 hombres de infantería y caballería, regida por el conde de Cartaojal, la cual había de maniobrar por las faldas de la sierra de Cameros desde el frente de Logroño hasta el de Lodosa, y dio el nombre de 5.ª división a los 4500 valencianos y murcianos repartidos entre Alfaro y Tudela, al mando de Don Pedro Roca. Se sitúa
en Cintruénigo
y Calahorra. Reconcentró la demás fuerza en Calahorra y sus alrededores, y escarmentado con lo ocurrido se resolvió antes de emprender cosa alguna a aguardar las demás tropas que debían agregarse al ejército del centro, y respuesta del general Blake al plan comunicado.
Napoleón.
Napoleón en tanto se preparaba a destruir en su raíz la noble resistencia de un pueblo cuyo ejemplo era de temer cundiese a las naciones y reyes que gemían bajo su imperial dominación. En un principio se había figurado que con las tropas que tenía en la península podría comprimir los aislados y parciales esfuerzos de los españoles, y que su alzamiento de corta duración pasaría silencioso en la historia del mundo. Desvanecida su ilusión con los triunfos de Bailén, la tenaz defensa de Zaragoza y las proezas de Cataluña y Valencia, pensó apagar con extraordinarios medios un fuego que tan grande hoguera había encendido. Fue anuncio precursor de su propósito el publicar en 6 de septiembre en el Monitor y por primera vez una relación circunstanciada de las novedades de la península, si bien pintadas y desfiguradas a su sabor.
Su mensaje
al senado.
Había precedido en 4 del mismo mes a esta publicación un mensaje del emperador al senado con tres exposiciones, de las que dos eran del ministro de negocios extranjeros Mr. de Champagny y una del de la guerra Mr. Clarke. Las del primero llevaban fecha de 24 de abril y 1.º de septiembre. En la de abril después de manifestar Mr. Champagny la necesidad de intervenir en los asuntos de España, asentaba que la revolución francesa habiendo roto el útil vínculo que antes unía a ambas naciones gobernadas por una sola estirpe, era político y justo atender a la seguridad del imperio francés, y libertar a España del influjo de Inglaterra; lo cual, añadía, no podría realizarse, ni reponiendo en el trono a Carlos IV ni dejando en él a su hijo. En la exposición de septiembre hablábase ya de las renuncias de Bayona, de la constitución allí aprobada, y en fin se revelaban los disturbios y alborotos de España, provocados según el ministro por el gobierno británico que intentaba poner aquel país a su devoción y tratarle como si fuera provincia suya. Mas aseguraba que tamaña desgracia nunca se efectuaría estando preparados para evitarla 2.000.000 de hombres valerosos que arrojarían a los ingleses del suelo peninsular.
Leva de
nuevas tropas.
Pronosticaban tan jactanciosas palabras demanda de nuevos sacrificios. Tocó especificarlos a la exposición del ministro de la guerra. En ella pues se decía, que habiendo resuelto S. M. I. juntar al otro lado de los Pirineos más de 200.000 hombres, era indispensable levantar 80.000 de la conscripción de los años 1806, 7, 8 y 9, y ordenar que otros 80.000 de la del 10 estuviesen prontos para el enero inmediato. Al día siguiente de leídas estas exposiciones y el mensaje que las acompañaba, contestó el senado aprobando y aplaudiendo lo hecho, y las medidas propuestas; y asegurando también que la guerra con España era «política, justa y necesaria.» A tan mentido y abyecto lenguaje había descendido el cuerpo supremo de una nación culta y poderosa.
Por anteriores órdenes habían ya empezado a venir del norte de Europa muchas de las tropas francesas allí acantonadas. A su paso por París hizo reseña de varias de ellas el emperador Napoleón, pronunciando para animarlas una arenga enfática y ostentosa.