Conferencias
de Erfurt.
No satisfecho este con las numerosas huestes que encaminaba a España, trató también de asegurar el buen éxito de la empresa estrechando su amistad y buena armonía con el emperador de Rusia. Sin determinar tiempo se había en Tilsit convenido en que más adelante se avistarían ambos príncipes. Los acontecimientos de España, incertidumbres sobre la Alemania y aun dudas sobre la misma Rusia obligaron a Napoleón a pedir la celebración de las proyectadas vistas. Accedió a su demanda el emperador Alejandro, quien y el de Francia, puestos ambos de acuerdo llegaron a Erfurt, lugar señalado para la reunión, el 27 de septiembre. Concurrieron allí varios soberanos de Alemania, siendo el de Austria representado por su embajador, y el de Prusia por su hermano el príncipe Guillermo. Reinó entre todos la mayor alegría, satisfacción y cordialidad, pasándose los días y las noches en diversiones y festines, sin reparar que en medio de tantos regocijos no solo legítimos monarcas sancionaban la usurpación más escandalosa, y autorizaban una guerra que ya había hecho correr tantas lágrimas, sino que también tachando de insurrección la justa defensa y de rebeldía la lealtad, abrían ancho portillo por donde más adelante pudieran ser acometidos sus propios pueblos y atropellados sus derechos. Ni motivos tan poderosos, ni tales temores detuvieron al emperador Alejandro. Contento con los obsequios de su aliado y algunas concesiones, reconoció por rey de España a José, y dejó a Napoleón en libertad de proceder en los asuntos de la península según conviniese a sus miras.
Correspondencia
con el gobierno
inglés.
Mas al propio tiempo y para aparentar deseos de paz, cuando después de lo estipulado era imposible ajustarla, determinaron entablar acerca de tan grave asunto correspondencia con Inglaterra. Ambos emperadores escribieron en una y sola carta al rey Jorge III, y sus ministros respectivos pasaron notas con aviso de que plenipotenciarios rusos se enviarían a París para aguardar la respuesta de Inglaterra: los que en unión con los de Francia concurrirían al punto del continente que se señalase para tratar.
En contestación, Mr. Canning escribió el 28 de octubre dos cartas a los ministros de Rusia y Francia, acompañadas de una nota común a ambos. Al primero le decía, que aunque S. M. B. deseaba dar respuesta directa al emperador su amo, el modo desusado con que este había escrito le impedía considerar su carta como privada y personal, siendo por tanto imposible darle aquella señal de respeto sin reconocer títulos que nunca había reconocido el rey de la Gran Bretaña. Que la proposición de paz se comunicaría a Suecia y a España. Que era necesario estar seguro de que la Francia admitiría en los tratos al gobierno de la última nación, y que tal sin duda debía de ser el pensamiento del emperador de Rusia, según el vivo interés que siempre había mostrado en favor del bienestar y dignidad de la monarquía española; lo cual bastaba para no dudar que S. M. I. nunca sería inducido a sancionar por su concurrencia o aprobación usurpaciones fundadas en principios no menos injustos que de peligroso ejemplo para todos los soberanos legítimos. En la carta al ministro de Francia se insistía en que entrasen como partes en la negociación Suecia y España.
El mismo Mr. Canning respondió ampliamente en la nota que iba para dichos dos ministros a la carta autógrafa de ambos emperadores. Sentábase en ella que los intereses de Portugal y Sicilia estaban confiados a la amistad y protección del rey de la Gran Bretaña, el cual también estaba unido con Suecia, así para la paz como para la guerra. Y que si bien con España no estaba ligado por ningún tratado formal, había sin embargo contraído con aquella nación a la faz del mundo empeños tan obligatorios como los más solemnes tratados; y que por consiguiente el gobierno que allí mandaba a nombre de S. M. C. Fernando VII, debería asimismo tomar parte en las negociaciones.
El ministro ruso replicó no haber dificultad en cuanto a tratar con los soberanos aliados de Inglaterra; pero que de ningún modo se admitirían los plenipotenciarios de los insurgentes españoles [así los llamaba], puesto que José Bonaparte había ya sido reconocido por el emperador su amo como rey de España. Menos sufrida y más amenazadora fue la contestación de Mr. Champagny ministro de Francia.
Fin de la
correspondencia.
Diose fin a la correspondencia con nuevos oficios en 9 de diciembre de Mr. Canning, concluyendo este con repetir al francés, «que S. M. B. estaba resuelto a no abandonar la causa de la nación española y de la legítima monarquía de España; añadiendo que la pretensión de la Francia de que se excluyese de la negociación el gobierno central y supremo que obraba en nombre de S. M. C. Fernando VII, era de naturaleza a no ser admitida por S. M. sin condescender con una usurpación que no tenía igual en la historia del universo.»
Discurso
de Napoleón
al cuerpo
legislativo.