8.º Cuerpo. El general Junot, duque de Abrantes.
A veces, según iremos viendo, se sustituyeron nuevos jefes en lugar de los nombrados. El total de hombres, sin contar con enfermos y demás bajas, ascendía a 250.000 combatientes, pasando de 50.000 los caballos. De estos cuerpos el 7.º estaba destinado a Cataluña, el 5.º y 8.º llegaron más tarde. Los otros en su mayor parte aguardaban ya a su emperador para inundar, a manera de raudal arrebatado, las provincias españolas.
Cruza Napoleón
el Bidasoa.
Napoleón cruzó el Bidasoa el 8 de noviembre acompañado de los mariscales Soult y Lannes, duques de Dalmacia y de Montebello. Llegó el mismo día a Vitoria, donde estaba José y el cuartel general. Las tropas francesas habían conservado del lado de Navarra y Castilla casi las mismas posiciones que ocuparon después de las jornadas de Lerín y Logroño. No así por el de Vizcaya. Inquieto el mariscal Lefebvre, sucesor del general Merlin, de los movimientos del ejército de Don Joaquín Blake, había pensado con el 4.º cuerpo arrojarle de Zornoza.
Firme el general español desde el 25 de octubre en conservar aquel sitio, celebró en 28 un consejo de guerra. Los más prudentes estuvieron por replegarse: hubo quien opinó por acometer sin dilación al enemigo. Andaba indeciso el general en jefe, no pareciéndole acertado el último dictamen, y receloso de abrazar el primero en una sazón en que los pueblos tildaban de traidor al general que los dejaba con su retirada a merced del enemigo. Acción
de Zornoza,
31 de octubre. Entre dudas llegó el 31 de octubre, día en que el mariscal Lefebvre atacó a los españoles. La fuerza que este tenía era de 26.000 hombres, la nuestra 16.500. Había también contado Blake con que apoyaría su derecha la división de Martinengo con algunos caballos mandados por el marqués de Malespina, y una de Asturias gobernada por Don Vicente María de Acevedo. Mas avanzando ambas hasta Villaró y Dima, se vieron separadas del cuerpo principal del ejército por fragosas sierras y caminos intransitables. Grande inadvertencia ordenar un movimiento sin cabal noticia del terreno.
El mariscal Lefebvre al amanecer del 31 empezó su embestida a favor de una densa niebla. Las vanguardias de ambos ejércitos estaban a un lado y otro de la hondonada que forma el monte de San Martín y la altura arbolada de Bernagoitia, por donde atraviesa el camino real. La vanguardia española, regida por el brigadier Don Gabriel de Mendizábal, enseñoreaba la última posición de las nombradas, que fue acometida primeramente por la división del general Villatte. Apoyaron y siguieron a este las divisiones de los generales Sebastiani y Leval, y empeñada toda nuestra vanguardia peleó largo rato esforzadamente. Causábale gran daño la artillería enemiga, sin que a sus fuegos pudiera responder careciendo de igual arma. Rota al fin se recogió al amparo de la 1.ª y 4.ª división apostadas en el monte de San Miguel. La 1.ª, del mando de Don Genaro Figueroa, oficial sabio y bizarro, repelió con su vivo y acertado fuego al enemigo, impidiéndole apoderarse de un mogote que ocupaba en dicho monte; pero la 4.ª, falta de cañones como lo demás del ejército, fue arrollada, habiendo el enemigo avanzado su artillería por el camino real, y sosteniéndola con infantería y caballería. Entonces Blake conociendo su desventaja determinó retirarse, para lo que poniéndose a la cabeza de los granaderos provinciales, y siguiéndole la reserva mandada por Don Nicolás Mahy, contuvo al enemigo y dio lugar a que todas las fuerzas, reuniéndose en las faldas del monte de Santa Cruz de Bizcargui, emprendiesen la retirada. La 3.ª división, al mando de Don Francisco Riquelme, estuvo alejada de las otras y en la orilla opuesta del río, en donde sosteniendo un choque del enemigo, se replegó separadamente no siéndole dado unirse al grueso del ejército. Los franceses, atentos a la aspereza de la tierra y a que los nuestros se retiraban en bastante buen orden, dejaron de perseguirlos de cerca y molestarlos. La pérdida fue corta de ambas partes: quizá la victoria hubiera sido más dudosa si el general español no se hubiera de antemano despojado de la artillería, enviándola camino de Bilbao. Ha habido quien le disculpe con el propósito que tenía de retirarse; pero ciertamente fue descuido quedarse del todo desprovisto de tan necesaria ayuda enfrente de un enemigo activo y emprendedor. Blake continuó por la noche su marcha, y sin detenerse en Bilbao más que para acopiar algunas vituallas, uniéndose después con Riquelme, tomaron juntos la vuelta de Valmaseda. El mariscal Lefebvre los siguió de lejos hasta Güeñes, en donde habiendo dejado para observarlos al general Villatte con 7000. hombres, retrocedió a Bilbao.
José, aunque desaprobaba como precipitada la tentativa de aquel mariscal, no siendo ya dueño de evitarla, mandó de Vitoria que una división del primer cuerpo del mariscal Victor se extendiese por el valle de Orduña para favorecer los movimientos de Lefebvre, y que otra del 2.º cuerpo se dirigiese a Berberena, ya para unirse con la primera, o ya para perseguir a Blake si se retiraba del lado de Villarcayo. La del valle de Orduña se encontró en su marcha con los generales Acevedo y Martinengo, que vimos separados del ejército en Villaró. Inciertos estos jefes de la suerte de Blake, e informados tarde y confusamente de la acción de Zornoza, creyeron arriesgada su posición y trataron de alejarse por Oquendo, Miravalles y Llodio. En el camino y cerca de Menagaray fue su encuentro con la mencionada división francesa. Presentáronle los nuestros firme rostro, e imaginándose los contrarios haber tropezado con todo el ejército de Blake, no insistieron en atacar y se replegaron a Orduña. Los españoles entonces mejoraron su posición colocándose en una altura agria cerca de Orrantia.
Blake el 3 de noviembre se había reconcentrado en la Nava, dos leguas más allá de Valmaseda yendo de Bilbao. Poco antes se le incorporó la mayor parte de la fuerza que había venido de Dinamarca y que estaba a las órdenes del conde de San Román, y en el mismo Nava otra división de Asturias a las de Don Gregorio Quirós, componiendo en todo los que se reunieron de 8 a 9000 hombres. La caballería venida del norte, hallándose desmontada, había partido al mediodía de España para proveerse de caballos. Reforzado así el ejército de Blake, y enterado este del aprieto de Acevedo y Martinengo, sin tardanza determinó librarlos. Moviose pues hacia Valmaseda cuyo punto debía acometer la 4.ª división, ahora mandada por Don Esteban Porlier, en tanto que la de San Román se dirigía al Berrón una legua distante; la 3.ª y la asturiana de Quirós a Arciniega, y lo demás de la fuerza a Orrantia, en donde era de presumir permaneciesen las divisiones comprometidas. No se engañaron, encontrándose luego unos y otros con inexplicable gozo.
De Valmaseda,
4 de noviembre.
Fue en aquel mismo instante cuando se rompió el fuego por los que se habían adelantado a Valmaseda, cuyo camino corre al pie de las alturas que ocupaban las divisiones extraviadas. Atacado impensadamente el general francés Villatte, retirose con demasiada priesa, hasta que volviendo en sí juntó su gente a la ribera izquierda del Salcedón. Visto lo cual por el general Acevedo, se aproximó con cuatro cañones de montaña a una de las dos eminencias que forman el valle de Valmaseda, y enviando por un rodeo dos batallones para que estrechasen a los franceses por retaguardia, sobrecogió a estos, que desbaratados huyeron en el mayor desorden hasta Güeñes. Perdieron un cañón, carros de municiones y muchos equipajes, entre los que se contaba el del general Villatte. Debiose principalmente la victoria al acierto y pronta decisión de Don Vicente María de Acevedo.