Napoleón supo en Bayona los ataques ocurridos desde el 31, y desagradole que el mariscal Lefebvre hubiese comenzado a guerrear antes de su llegada, y aun también que José le prestase ayuda: ya porque juzgase expuesto un movimiento parcial y aislado, o ya más bien porque no quisiese que empezasen triunfos y victorias antes de que él en persona capitanease su ejército. Sin embargo temeroso de alguna desgracia, mandó prontamente que el mariscal Lefebvre con el 4.º cuerpo continuase desde Bilbao en perseguir a Blake, y que el mariscal Victor con el 1.º marchase por Orduña y Amurrio contra Valmaseda, formando un total de 50.000 hombres.
Reconocimiento
hacia Güeñes en
7 de noviembre.
Avanzaban ambos mariscales a la propia sazón que Blake queriendo aprovecharse de la ventaja alcanzada en Valmaseda y reconocer las fuerzas del enemigo, iba el 7 la vuelta de San Pedro de Güeñes. La víspera había el general español enviado sobre su izquierda a Sopuerta la 4.ª división, que no pudiendo reincorporarse al ejército se retiró por Lanestosa a Santander. El mismo día, no queriendo tampoco Blake dejar descubierta su derecha, dirigió camino de Villarcayo y de Medina de Pomar al marqués de Malespina con los 400 caballos que había y algunos infantes. Por su lado el general en jefe se encontró con el mariscal Lefebvre; peleando los españoles con bizarría, particularmente la división de Figueroa y el batallón de estudiantes de Santiago, apellidado literario. Al caer la noche hubieron los nuestros de replegarse vista la superioridad del enemigo, y a pesar de ser el tiempo muy lluvioso, prosiguieron ordenadamente su retirada, ocupando el 8 a Valmaseda y pueblos vecinos.
La tarde de dicho día, agolpándose del lado de Orduña y de Bilbao todas las fuerzas de los mariscales Victor y Lefebvre que caminaban a unirse, levantaron los nuestros su campo dirigiéndose a la Nava. Quedaron a la retaguardia para proteger el movimiento algunos batallones de la división de Martinengo y asturianos al mando de Don Nicolás de Llano Ponte, quien poco avisado, dejándose cortar por el enemigo, nunca se volvió a incorporar con el grueso del ejército, yéndose del lado de Santander. Los mariscales franceses se juntaron en Valmaseda, y Blake llegó el 9 en la tarde a Espinosa de los Monteros.
Disminuíase su ejército teniendo desde el 31 que pelear a la continua con el enemigo, la lluvia, el frío, el hambre, la desnudez. Rigurosa suerte aun para soldados veteranos y endurecidos; insoportable para bisoños y poco disciplinados. La escasez de víveres fue extrema, viéndose obligados hasta los mismos jefes a mantenerse con mazorcas de maíz y malas frutas. Provenía miseria tanta del mal arreglo en el ramo de hacienda, y de haber contado el general en jefe con ser abastecido por la costa, sin cuidar convenientemente de adoptar otros medios: enseñando la práctica militar, como ya decía Vegecio «que [*] (* Ap. n. [6-6].) la penuria más veces que la pelea acaba con un ejército, y que el hambre es más cruel que el hierro del enemigo.»
Acosado nuestro ejército por tantos males, pensábase que el general Blake no se aventuraría a combatir contra un enemigo más numeroso, aguerrido y bien provisto. Esperanzado sin embargo en que le asistiese favorable estrella, determinó probar la suerte de una batalla delante de Espinosa de los Monteros.
Batalla de
Espinosa, 10 y 11
de noviembre.
(* Ap. n. [6-7].)
Es esta villa muy conocida en España por el privilegio de que gozan sus naturales de hacer de noche la guardia al rey cerca de su cuarto; y cuya concesión, según cuentan,[*] sube a Don Sancho García, conde de Castilla. Está situada en la ribera izquierda del Trueba, y los españoles colocándose en el camino que viene de Valmaseda dejaron a su espalda el río y la villa. En una altura elevada de difícil acceso y a la siniestra parte pusiéronse los asturianos capitaneados por los generales Acevedo, Quirós y Valdés. La 1.ª división y la reserva con sus respectivos jefes Don Genaro Figueroa y Don Nicolás Mahy seguían en la línea descendiendo al llano. El general Riquelme y su 3.ª división ocupó en el valle lo más abierto del terreno, y la vanguardia, al mando de Don Gabriel de Mendizábal con seis piezas de artillería dirigidas por el capitán Don Antonio Roselló, se colocó en un altozano a la derecha de Espinosa, desde donde se enfilaban las principales avenidas. Por el mismo lado y más adelante en un espeso bosque y sobre una loma estaba la división del norte que gobernaba el conde de San Román, quedando no lejos de la artillería y algo detrás por su derecha la 2.ª de Martinengo. La fuerza de los españoles no llegaba a 21.000 combatientes.
A la una de la tarde del 10 empezó a avistarse el enemigo, en número de 25.000 hombres mandados por el mariscal Victor. Se había este juntado con el mariscal Lefebvre en Valmaseda y separádose en la Nava, dirigiéndose el segundo a Villarcayo y siguiendo el primero la huella de Blake con esperanzas ambos de envolverle. Se empeñó la refriega por donde estaban las tropas del norte, embistiendo el bosque el general Pacthod. Durante dos horas le defendieron los nuestros con intrepidez, mas cargando el enemigo en mayor número fue al fin abandonado. La artillería, manejada con acierto por Roselló, dirigió entonces un fuego muy vivo contra el bosque, y caminando por orden de Blake para sostener a San Román la división de Riquelme, se encendió de nuevo la pelea. Cundió por toda la línea, y aun la izquierda de los asturianos avanzó para llamar la atención del enemigo. La derecha no solo se mantenía, sino que volviendo a ganar terreno, estaban las tropas del norte prontas a recuperar el bosque, cuando la oscuridad de la noche impidió la continuación del combate, glorioso para los españoles, pero con tan poca ventura que perdieron dos de sus mejores jefes, el conde de San Román y Don Francisco Riquelme, mortalmente heridos.
Los españoles, si bien alentados con haber infundido respeto al enemigo, ya no podían sobrellevar tanto cansancio y trabajos, careciendo aun de las provisiones más precisas. Malas frutas habían comido aquellos días, pero ahora apenas les quedaba tan menguado recurso. Sus heridos yacían abandonados, y si algunos eran recogidos no podía suministrárseles alivio en medio de sus quejidos y lamentos. En balde se esmeraba el general en jefe, en balde sus oficiales en buscar por Espinosa socorros para su gente. Los vecinos habían huido espantados con la guerra; la tierra de suyo escasa estaba ahora con aquella ausencia más empobrecida, aumentándose la confusión y el duelo en medio de la lobreguez de la noche. A su amparo obligó el hambre a muchos soldados a desarrancarse de sus banderas, particularmente a los de la división del norte, que eran los que más habían padecido.