Al contrario los franceses, bien alimentados, retirados sus heridos y puestos otros en lugar de los que el día 10 habían combatido, se disponían a pelear en la mañana siguiente. Hubiera el general español obrado con cordura, si atendiendo a las lástimas y apuros de sus soldados hubiese a la callada y por la noche alzado el campo, y buscado del lado de Santander o del de Reinosa bastimentos y alivio a los males. Mas lisonjeándose de que el enemigo se retiraría y queriendo sacar ventaja del esfuerzo con que sus soldados habían lidiado, se inclinó a permanecer inmoble y exponerse a nuevo combate.

No tuvo que aguardar largo tiempo: desde el amanecer le renovaron los franceses. Habían en la víspera notado que en la izquierda de los españoles estaban tropas bisoñas, y también que la altura que ocupaban como más elevada, era la llave de la posición. Así se determinaron a empezar por allí el ataque, siendo el general Maison con su brigada quien primero embistió a los asturianos. Resistieron estos con denuedo, y a la voz de sus dignos jefes Acevedo, Quirós y Valdés conserváronse firmes y serenos, no obstante su inexperiencia. Advirtió el general enemigo el influjo de dichos jefes, y sobre todo que uno de ellos montado en un caballo blanco, corriendo a los puntos más peligrosos, exhortaba a su tropa con la palabra y el gesto. Sin tardanza [según nos ha contado años adelante en París el mismo general] destacó tiradores diestros, para que apuntando cuidadosamente disparasen contra los jefes, y en especial contra el del caballo blanco, que era el desgraciado Quirós. La orden causó grave mal a los españoles, y decidió la acción. Los tiradores abrigados de lo irregular y quebrado del terreno, esparcidos en diversos sitios, arcabuceaban, por decirlo así, a nuestros oficiales, sin que recibiesen notable daño del fuego cerrado de nuestras columnas. La poca práctica de la guerra y el escasear de soldados hábiles, impidió usar del mismo medio que empleaban los enemigos. A poco fue traspasado de dos balazos Don Gregorio Quirós, heridos los generales Acevedo y Valdés, con otros jefes, entre los que se contaron los distinguidos oficiales Don Joaquín Escario y Don José Peón. La muerte y heridas de caudillos tan amados sembró profunda aflicción en las filas asturianas, y flaqueando algunos cuerpos siguiose en todos el mayor desorden. Quiso sostenerlos Blake enviando a Don Gabriel de Mendizábal para que tomase el mando; mas ya era tarde. La dispersión había comenzado y los franceses posesionándose de la altura perseguían a los asturianos, cuyo mayor número huyendo se enriscó por las asperezas del valle de Pas.

El centro del ejército español y su derecha, que en la noche se habían agrupado alrededor del altozano donde estaba Roselló con la artillería, tan luego como se dispersó la izquierda, se vieron acometidos por la división francesa de Ruffin. Algún tiempo se mantuvieron nuestros soldados en su puesto, aunque inquietos con la huida de los asturianos; pero en breve comenzando unos a ciar y otros a desarreglarse, ordenó el general Blake la retirada, sostenida por la reserva de Don Nicolás Mahy y las seis piezas del capitán Roselló, perdidas luego en el paso del Trueba. Hubiera a los nuestros servido de mucho en aquel trance y en lo demás de la retirada la corta división con 400 caballos que mandaba el marqués de Malespina, y a los que el general Blake había ordenado pasar a Villarcayo. Temeroso dicho marqués de ser envuelto por el mariscal Lefebvre que iba del mismo lado, en vez de aproximarse a Espinosa tomó otro rumbo, y su división se unió después en diversas partidas a distintos y lejanos ejércitos. La pérdida de los españoles en las acciones de Espinosa fue muy considerable, su dispersión casi completa. La de los franceses cortísima el 11, no dejó la víspera de ser de importancia.

Señaló Don Joaquín Blake para reunión de sus tropas la villa de Reinosa, en donde estaba el parque general de artillería y los almacenes. Llegó el 12 con pocas fuerzas esperando poder rehacerse algún tanto, y dar vida con las provisiones que allí había a sus hambrientos y desmayados soldados. Pero la activa diligencia del enemigo y las desgracias que se agolparon no le dejaron vagar ni respiro.

Disposiciones
de Napoleón.

Desde que en 8 de noviembre había Napoleón entrado en Vitoria, se sentía por doquiera su presencia. Servíanle como de mágico impulso poder inmenso, bélico renombre, imperiosa y presta voluntad. Ya contamos como de Bayona mismo había ordenado al 1.º y 4.º cuerpo perseguir al general Blake. Y ahora poniendo particular conato en enderezar sus pasos a Madrid, cuya toma resonaría en Europa favorablemente a sus miras, arregló para ello y en breve un plan general de ataque. Asegurada que fue su derecha por los mencionados 1.º y 4.º cuerpos, encargó al 3.º, del mando del mariscal Moncey, que observase desde Lodosa el ejército del centro y de Aragón, dejando además en Logroño a los generales Lagrange y Colbert, del 6.º cuerpo, cuya principal fuerza, capitaneada por su mariscal Ney, debía caminar a Aranda de Duero. Tomó el mando del 2.º cuerpo el mariscal Soult, y su anterior jefe Bessières fue encargado de gobernar la caballería. Ambos, con Napoleón al frente de la guardia imperial y la reserva, siguieron el camino real de Madrid dirigiéndose a Burgos.

Acción
de Burgos,
10 de noviembre.

En esta ciudad había comenzado a entrar el ejército de Extremadura compuesto de unos 18.000 hombres distribuidos en tres divisiones, y a su frente el conde de Belveder, mozo inexperto nombrado por la junta central para reemplazar a Don José Galluzo. La 1.ª división estaba allí desde el 7 de noviembre: se le juntó la 2.ª en la tarde del 9, quedando todavía atrás y hacia Lerma la 3.ª Así que solo se contaban dentro de la ciudad y cercanías 12.000 hombres, de ellos 1200 de caballería. Fiado Belveder en algunas favorables y leves escaramuzas, vivía tranquilo y de modo que a los oficiales de la 2.ª división que a su llegada fueron a cumplimentarle, recomendoles el descanso, bastándole por entonces, según dijo, las fuerzas de la 1.ª división para rechazar a los franceses caso que le atacasen. Tan ignorante estaba de la superioridad del enemigo, y tan olvidado de la endeble organización de sus tropas.

Serían las seis de la mañana del 10 cuando el general Lasalle con la caballería francesa llegó a Villafría, tres cuartos de legua de Gamonal, a donde se había adelantado la 1.ª división de Belveder mandada por Don José María de Alós. Los franceses, como no tenían consigo infantería, retrocedieron para aguardarla a Ruvena, con lo que alentados los nuestros resolvieron empeñar una acción. Lasalle rehecho forzó a los que le seguían a replegarse otra vez a Gamonal, a cuyo punto había ya acudido lo demás del ejército español. La derecha de este ocupaba un bosque del lado del río Arlanzón, y la izquierda las tapias de una huerta o jardín, cubriendo el frente algunos cuerpos con dieciséis piezas de artillería. Las tropas más bisoñas se pusieron detrás de las mejor enregimentadas, como lo eran un batallón de guardias españolas, algunas compañías de valonas, el 2.º de Mallorca y granaderos provinciales.

Fue pues aproximándose el ejército enemigo: y extendiéndose por nuestra derecha el general Lasalle se colocó en un llano situado entre el bosque y el río, al paso que la infantería veterana del general Mouton intrépidamente acometió dicho bosque guarnecido por la derecha española, la cual creyéndose envuelta por Lasalle comenzó en breve a cejar, no obstante el vivo fuego que desde el frente hacían nuestros cañones. La caballería guiada por Don Juan Henestrosa, hombre valiente, pero más devoto que entendido militar, trató de dar una carga a la enemiga. Henestrosa que en realidad mandaba también en jefe, invocando a los santos del cielo y con tanta bravura como imprudencia, arremetió contra los jinetes franceses, quienes fácilmente le repelieron y desbarataron. Entonces fueron del todo deshechos los del bosque: y la izquierda, aunque no atacada de cerca, comenzó a huir y desbandarse. La pelea duró poco, y vencidos y vencedores entraron mezclados en Burgos.