El mariscal Bessières tirando por la orilla del río con la caballería pesada, acuchilló a los soldados fugitivos y cogió varios cañones, habiéndose perdido catorce y además otros que quedaron en el parque. La pérdida de los españoles fue considerable, aunque mayor la dispersión y el desorden; teniendo que arrepentirse, y dolorosamente, el general Belveder de haberse empeñado con ligereza en acción tan desventajosa. Entregaron los vencedores al pillaje la ciudad de Burgos apoderándose de 2000 sacas de lana fina pertenecientes a ricos ganaderos. Llegó el mismo día el conde de Belveder a Lerma con muchos dispersos, en donde se encontró con la 3.ª división de Extremadura, ausente de la batalla. Perseguido por los enemigos pasó a Aranda de Duero, y no seguro todavía allí, prosiguió hasta Segovia, en cuya ciudad fue relevado del mando por la junta central que nombró para sucederle a Don José de Heredia.

Resuelve Soult
contra Blake.

El mariscal Soult con la natural presteza de su nación, enviando del lado de Lerma una columna que persiguiese a los españoles y otra camino de Palencia y Valladolid, salió en persona el mismo 10 hacia Reinosa con intento de interceptar a Blake en su retirada. Inútilmente había este confiado en dar en aquella villa descanso a sus tropas, pues noticioso de que por Villarcayo se acercaba el mariscal Lefebvre, ya había el 13 movido su artillería con dirección a León por Aguilar de Campóo. Iban con ella enfermos y heridos huyendo de un peligro sin pensar en el otro, no menos terrible, con que tropezaron. Caminaban cuando se les anunció le aparición por su frente de tropas francesas: la artillería precipitando su marcha y usando de adecuados medios pudo salvarse, mas de los heridos los hubo que fueron víctima del furor enemigo. En su número se contó al general Acevedo. Encontráronle cazadores franceses del regimiento del coronel Tascher, y sin miramiento a su estado, ni a su grado, ni a las sentidas súplicas de su ayudante Don Rafael del Riego, traspasáronle a estocadas. Riego, el mismo que fue después tan conocido y desgraciado, quedó en aquel lance prisionero.

Blake acosado y temiendo no solo a los que le habían vencido en Espinosa, sino también a los mariscales Lefebvre y Soult, que cada uno por su lado venían sobre él, no pudiendo ya ir a León por tierra de Castilla, salió de Reinosa en la noche del 13, y se enriscó por montañas y abismos, enderezándose al valle de Cabuérniga. Llegó allí a su colmo la necesidad y miseria. El ánimo de Blake andaba del todo contristado y abatido, mayormente teniendo que entregar a nuevo jefe de un día a otro y en tan mal estado las pobres reliquias de su ejército, lo cual le era de gran pesadumbre. La central había nombrado general en jefe del ejército de la izquierda al marqués de la Romana. Noticioso Blake en Zornoza del sucesor, no por eso dejó de continuar el plan de campaña comenzado. Una indisposición, según parece, detuvo a Romana en el camino, no uniéndose al ejército sino en Renedo, cuando estaba en completa derrota y dispersión. En tal aprieto pareciole ser más conveniente dejar a Blake el cuidado de la marcha, ordenándole que se recogiese por la Liébana a León, en cuya ciudad y ribera derecha del Esla debía hacer alto y aguardarle.

Diversas
direcciones
de los mariscales
franceses.

De su lado los mariscales franceses, ahuyentado Blake, tomaron diversos rumbos. El mariscal Lefebvre con el cuarto cuerpo, después de descansar algunos días, se encaminó por Carrión de los Condes a Valladolid. El primer cuerpo, del mando de Victor, juntose en Burgos con Napoleón, marchando Soult con el segundo a Santander; de cuyo puerto hecho dueño, y dejando para guarnecerle la división de Bonnet, persiguió por la costa los dispersos y tropas asturianas que se retiraban a su país natal. Tuvo en San Vicente de la Barquera un choque con 4000 de ellos al mando de Don Nicolás de Llano Ponte: los deshizo y dispersó; y yendo por la Liébana en busca de Blake franqueando las angosturas de la Montaña y despejándola de soldados españoles, desembocó rápidamente en las llanuras de tierra de Campos.

Entrada
en Burgos
de Napoleón.

Napoleón al propio tiempo y después de la jornada de Gamonal, había sentado su cuartel general en Burgos. Los vecinos habían huido de la ciudad, y soledad y silencio no interrumpido sino por la algazara del soldado vencedor, fue el recibimiento que ofreció al emperador de los franceses la antigua capital de Castilla. Mas él poco cuidadoso del modo de pensar de los habitantes, Su decreto de
12 de noviembre. revistadas las tropas y tomadas otras providencias, dio el 12 de noviembre un decreto, en el que concedía en nombre suyo y de su hermano perdón general y plena y entera amnistía a todos los españoles que en el espacio de un mes, después de su entrada en Madrid, depusieran las armas y renunciasen a toda alianza y comunicación con los ingleses, inclusos los generales y las juntas. Eran exceptuados de aquel beneficio los duques del Infantado, de Híjar, de Medinaceli, de Osuna, el marqués de Santa Cruz del Viso, los condes de Fernán Núñez y de Altamira, el príncipe de Castelfranco, Don Pedro Cevallos y el obispo de Santander, a quienes se declaraba enemigos de España y Francia y traidores a ambas coronas; mandando que, aprehendidas sus personas, fuesen entregados a una comisión militar, pasados por las armas, y confiscados todos sus bienes, muebles y raíces que tuviesen en España y reinos extranjeros. Si bien admira la proscripción de unos individuos cuyo mayor número, si no todos, había pasado a Francia por engaño o mal de su grado, y prestado allí un juramento que llevaba visos de forzado, crece el asombro al ver en la lista al obispo de Santander, que nunca había reconocido al gobierno intruso, ni rendido obediencia a José ni a su dinastía. Es también de notar que este decreto de Napoleón fue el primero de proscripción que se dio entonces en España, no habiendo todavía las juntas de provincia ni la central ofrecido semejante ejemplo; aunque estuvieran como autoridades populares más expuestas a ser arrastradas por las pasiones que dominaban. Siguieron después los gobiernos de España el camino abierto por Napoleón: camino largo y que solo tiene término en el cansancio, en las muchas víctimas, o en el recíproco temor de los partidos.

Ejército inglés.

En Burgos dudó algún tiempo el emperador de los franceses si revolvería contra Castaños, o si prosiguiendo por la anchurosa Castilla iría al encuentro del ejército inglés, que presumía se adelantaba a Valladolid. Mas luego supo que aquel no daba indicio de moverse de los contornos de Salamanca. Había allí venido desde Lisboa al mando de Sir Juan Moore, sucesor del general Dalrymple, llamado a Londres según vimos a dar cuenta de su conducta por la convención de Cintra. El gobierno inglés, aunque lentamente, había decidido que 30.000 infantes y 5000 caballos de su ejército obrarían en el norte de España; para lo cual se desembarcarían de Inglaterra 10.000 hombres, sacándose los otros de los que había en Portugal, en donde solo se dejaba una división. Conforme a lo determinado, y en cumplimiento de orden que se le comunicó en 26 de octubre, salió de Lisboa el general Moore, y marchando con la principal fuerza sobre Almeida y Ciudad Rodrigo, llegó a Salamanca el 13 de noviembre. La mayor parte de la artillería y caballería, con 3000 infantes a las órdenes de Sir Juan Hope, la envió por la izquierda de Tajo a Badajoz a causa de la mayor comodidad de los caminos, debiendo después pasar a unírsele a Castilla. De Inglaterra había arribado a la Coruña el 13 de octubre Sir David Baird con los 10.000 hombres indicados; mas aquella junta insistiendo en no querer su ayuda, impidió que desembarcasen bajo el pretexto de que necesitaba la venia de la central. Con tal ocurrencia, otros motivos que se alegaron y la destrucción de una parte de los ejércitos españoles, no solo retardaron los ingleses su marcha, sino que también apareció que tenían escasa voluntad de internarse en Castilla.