Napoleón penetrando pues su pensamiento, hizo correr la tierra llana por 8000 caballos, así para tener en respeto al inglés como para aterrar a los habitantes, y resolvió destruir al ejército español del centro antes de avanzar a Madrid.

Ejército
del centro.

No era dado a dicho ejército ni por su calidad ni por su fuerza competir con las aguerridas y numerosas tropas del enemigo. Sus filas solamente se habían reforzado con una parte de la 1.ª y 3.ª división de Andalucía y algunos reclutas, empeorándose su situación con interiores desavenencias. Porque censurado su jefe Don Francisco Javier Castaños de lento y sobradamente circunspecto, los que no eran parciales suyos, y aun los que anhelaban por mayor diligencia sin atender a las dificultades, procuraron y consiguieron que se enviasen a su lado personas que le moviesen y aguijasen. Don Francisco
Palafox enviado
por la central. Recayó la elección en Don Francisco de Palafox, hermano del capitán general de Aragón e individuo de la junta central, autorizado con poderes extensos, y a quien acompañaban el marqués de Coupigny y el conde del Montijo. Siendo el Palafox hombre estimable, pero de poco valer; Coupigny extranjero y mal avenido desde Bailén con Castaños; y el del Montijo, más inclinado a meter cizaña que a concertar ánimos, claro era que con los comisionados en vez de alcanzarse el objeto deseado, solo se aumentarían tropiezos y embarazos.

Diversos planes.

Todos juntos y en 5 de noviembre, agregándoseles otros generales y Don José Palafox que vino de Zaragoza, celebraron consejo de guerra en el que se acordó, no muy a gusto de Castaños, atacar al enemigo, a pesar de lo desprovisto y no muy bien ordenado del ejército español. Disputas y nuevos altercados dilataron la ejecución, hasta que del todo se suspendió con las noticias infaustas que empezaron a recibirse del lado de Blake. Proyectáronse otros planes sin resulta; y agriados muchos contra Castaños, alcanzaron que la junta central diese el mando de su ejército al marqués de la Romana, a quien antes se había conferido el de la izquierda. Y en ello se ve cuán a ciegas y atribulada andaba entonces la autoridad suprema, no pudiéndose llevar a efecto su resolución por la lejanía en que estaba el marqués y la priesa que se dio el enemigo a acometer y dispersar nuestros ejércitos.

En esto corrió el tiempo hasta el 19 de noviembre, en que por los movimientos de los franceses sospechó el general Castaños ser peligrosa y crítica su situación. No se engañaba. El mariscal Lannes, duque de Montebello, a quien una caída de caballo había detenido en Vitoria, ya restablecido se adelantaba, encargado por Napoleón de capitanear en jefe las tropas de los generales Lagrange y Colbert del sexto cuerpo, en unión con las del tercero del mando del mariscal Moncey, a las que debía agregarse la división del general Maurice Mathieu recién llegada de Francia, y componiendo en todo 30.000 hombres de infantería, 5000 de caballería y 60 cañones. Se juntaron estas fuerzas desde el 20 al 22 en Lodosa y sus cercanías. Con su movimiento había de darse la mano otro del cuerpo de Ney, que constaba de más de 20.000 hombres, cuyo jefe, destrozado que fue el ejército de Extremadura, avanzaba desde Aranda de Duero y el Burgo de Osma a Soria, donde entró el 21. De esta manera trataban los franceses, no solo de impedir al ejército del centro su retirada hacia Madrid, sino también de sorprenderle por su flanco y envolverle.

Repliégase
Castaños.

Don Francisco Javier Castaños conservó hasta el 19 su cuartel general en Cintruénigo, y la posición de Calahorra que había tomado después de las desgracias de Lerín y Logroño. Juzgó entonces prudente replegarse y ocupar una línea desde Tarazona a Tudela, extendiéndose por las márgenes del Quedes y apoyando su derecha en el Ebro. Sus fuerzas, si se unían con las de Aragón, escasamente ascendían a 41.000 hombres, entre ellos 3700 de caballería. De las últimas estaba la mayor parte en Caparroso, y rehusaban incorporarse sin expresa orden del general Palafox. Felizmente llegó este a Tudela el 22, y con anuencia suya se aproximaron, celebrándose por la noche en dicha ciudad un consejo de guerra. Los Palafoxes opinaron por defender a Aragón, sosteniendo que de ello pendía la seguridad de España. Con mejor acuerdo discurría Castaños en querer arrimarse a las provincias marítimas y meridionales, de cuantiosos recursos; no cifrándose la defensa del reino en la de una parte suya interior, y por tanto más difícil de ser socorrida. Nada estaba resuelto, según acontece en tales consejos, cuando temprano en la mañana hubo aviso de que se descubrían los enemigos del lado de Alfaro.

Batalla
de Tudela,
23 de noviembre.

Apresuradamente tomáronse algunas disposiciones para recibirlos. Don Juan O’Neille, que con los aragoneses acampaba desde la víspera al otro lado de Tudela, empezó en la madrugada a pasar el puente, ignorándose hasta ahora por qué dejó aquella operación para tan tarde. Aunque sus batallones tenían obstruidas las calles de la ciudad, poco a poco las evacuaron y se colocaron fuera ordenadamente. Estaba también allí la quinta división regida por Don Pedro Roca y compuesta de valencianos y murcianos. Se colocó esta en las inmediaciones y altura de Santa Bárbara, situada enfrente de Tudela yendo a Alfaro. Por la misma parte y siguiendo la orilla de Ebro se extendieron algunos aragoneses, pero el mayor número de estos tiró a la izquierda y hacia el espacioso llano de olivos que termina en el arranque de colinas que van a Cascante. Ambas fuerzas reunidas constaban de 20.000 hombres. En el pueblo que acabamos de nombrar estaba además la cuarta división de Andalucía con su jefe La Peña, y en Tarazona la segunda del mando de Grimarest con la parte que había de la primera y tercera. De suerte que la totalidad del ejército se derramaba por el espacio de cuatro leguas que media entre la última ciudad y la de Tudela.