Aquí se trabó la acción principal con la quinta división y los aragoneses. Los que de estos habían ido por la orilla del río repelieron al principio al enemigo, quien luego arremetió contra los del llano, conceptuado centro del ejército español por formar su izquierda las divisiones citadas de Cascante y Tarazona. Los atacó el general Maurice Mathieu sostenido por la caballería de Lefebvre-Desnouettes. Los enemigos subiendo abrigados del olivar a una de las colinas en que el centro español se apoyaba, flanqueáronle, pero acudiendo por orden de Castaños Don Juan O’Neille a desalojarlos, y prolongando por detrás de la altura ocupada un batallón de guardias españolas, se vieron los franceses obligados a retirarse precipitadamente siguiendo los nuestros el alcance. Eran las tres de la tarde y la suerte nos era favorable, a la sazón que el general Morlot rechazando a los aragoneses de la derecha, avanzó orilla del río hasta Tudela, con lo que la quinta división para no ser envuelta abandonó la altura e inmediaciones de Santa Bárbara. También entonces reparándose el general Maurice Mathieu y cargando de nuevo, comenzó a flaquear nuestro centro, contra el que dando en aquella ocasión una acometida la caballería de Lefebvre penetró por medio, le desordenó, y aun acabó de desconcertar la derecha revolviendo contra ella. Castaños a la misma hora pensó en dirigirse adonde estaba La Peña, pero envuelto en el desorden y casi atropellado se recogió a Borja, punto en que se encontraron varios generales, excepto Don José de Palafox que de mañana se había ido a Zaragoza.
En tanto que se veía así atacada y deshecha la mitad del ejército español, acometió a la división de La Peña junto a Cascante el general Lagrange, trabose vivo choque, y tal que herido el último cejó su caballería. Creíanse los españoles victoriosos, pero acudiendo gran golpe de infantería rehiciéronse los jinetes enemigos, y fue a su vez rechazado La Peña, y forzado a meterse en Cascante. Como espectadoras se habían en Tarazona mantenido las otras fuerzas de Andalucía, y no sabemos a qué achacar la morosidad y tardanza del general Grimarest, quien a pesar de haber para ello recibido temprano orden de Castaños no se aproximó a Cascante hasta de noche. Todas estas divisiones andaluzas pudieron sin embargo retirarse ordenadamente hacia Borja conservando su artillería. Excitó solamente algún desasosiego el volarse en una ermita un repuesto de pólvora, recelándose que eran enemigos. Fue gran dicha que no viniera de Soria según pudiera el mariscal Ney. Deteniéndose este allí tres días para dar descanso a su gente o por otras causas, dejó a los nuestros libre y franca la retirada.
Perdiéronse en Tudela los almacenes y la artillería del centro y derecha del ejército, quedando 2000 prisioneros y muchos muertos. Pudiera decirse que esta batalla se dividió en dos separadas acciones, la de Tudela y la de Cascante, sin que los españoles se hubieran concertado ni para la defensa, ni para el ataque. De lo que resulta grave cargo a los caudillos que mandaban, como también de que no se emplease una parte considerable de tropas, fuese culpa suya o de jefes subalternos que no obedecieron. Igualmente quedó cortada, según veremos después, una parte de la vanguardia que guiaba el conde de Cartaojal. Cúmulo de desventuras que prueba sobrada imprevisión y abandono.
Después de la batalla las reliquias de los aragoneses, y casi todos los valencianos y murcianos que de ella escaparon, se metieron en Zaragoza, como igualmente los más de sus jefes. Castaños prosiguió a Calatayud adonde llegó el 25 con el ejército de Andalucía. En persecución suya entró el mismo día en Borja el general Maurice Mathieu, y allí se le unió el 26 con su gente el mariscal Ney. Retirada
del ejército. Hasta entonces no se había encontrado en su retirada el ejército español con los franceses. En Calatayud recibiendo aviso de la junta central de que Napoleón avanzaba a Somosierra, y orden para que Castaños fuese al remedio, juntó este los jefes de las divisiones y acordaron salir el 27 vía de Sigüenza, debiendo hacer espaldas un cuerpo de 5000 hombres de infantería ligera, caballería y artillería al mando del general Venegas. Luego vino este a las manos con el enemigo. A dos leguas de Calatayud cerca de Bubierca se apostó, según orden del general en jefe, para defender el paso y dar tiempo a que se alejasen las divisiones. Con dobladas fuerzas asomó el 29 el general Maurice Mathieu, trabándose desde la mañana hasta las cuatro de la tarde un reñido y sangriento choque. Se pararon de resultas en su marcha los franceses, y se logró que llegasen salvas a Sigüenza nuestras divisiones. Su llegada
a Sigüenza.
La Peña,
general en jefe. En esta ciudad, destinado el general Castaños a desempeñar otras comisiones, se encargó interinamente del mando del ejército del centro Don Manuel de la Peña. Y por ahora allí le dejaremos para ocuparnos en referir otros acontecimientos de no menor cuantía.
Derrotados o dispersos los ejércitos de la izquierda, Extremadura y centro, creyó Napoleón poder sin riesgo avanzar a Madrid, mayormente cuando los ingleses estaban lejos para estorbárselo, y no con bastantes fuerzas para osar interponerse entre él y la frontera de Francia. Urgíale entrar en la capital de España, así porque imaginaba ahogar pronto con aquel suceso la insurrección, como también para asombrar a Europa con el terrible y veloz progreso de sus armas.
Corto embarazo se ofrecía ya por delante al cumplimiento de su deseo. La junta central después de la rota de Burgos había encargado a Don Tomás de Morla y al marqués de Castelar atendiesen a la defensa de Madrid, y de los pasos de Guadarrama, Fonfría, Navacerrada y Somosierra. Como más expuesto se cuidó en especial del último punto, enviando para guarnecerle a Don Benito San Juan con los cuerpos que habían quedado en Madrid de la primera y tercera división de Andalucía y con otros nuevos, a los que se agregaron reliquias del ejército de Extremadura, en todo 12.000 hombres y algunos cañones. Endeble reparo para contener en su marcha al emperador de los franceses.
Con todo a fin de asegurarla obró este precavidamente, tomando varias y atentas disposiciones. Mandó a Moncey ir sobre Zaragoza, a Ney continuar en perseguimiento de Castaños, a Soult tener en respeto al ejército inglés, y a Lefebvre inundar por su derecha la Castilla, extendiéndose hacia Valladolid, Olmedo y Segovia. Dejó consigo la guardia imperial, la reserva y el primer cuerpo del mariscal Victor para penetrar por Somosierra y caer sobre Madrid.
San Juan
en Somosierra.
Salió el 28 de Aranda de Duero, y el 29 sentó en Boceguillas su cuartel general. Don Benito San Juan se preparaba a recibirle. En lo alto del puerto había levantado aceleradamente algunas obras de campaña, y colocado en Sepúlveda una vanguardia a las órdenes de Don Juan José Sarden. Con ella se encontraron los franceses en la madrugada del 28, acometiéndola 4000 infantes y 1000 caballos. En vano se esforzaron por romperla y hacerse dueños de la posición que defendía. Al cabo de horas de refriega se retiraron y dejaron el campo libre a los nuestros; mas de poco sirvió. Temores y voces esparcidas por la malevolencia forzaron a los jefes a replegarse a Segovia en la noche del 29, dejando a San Juan desamparado y solo en Somosierra con el resto de las fuerzas.
Pasan
los franceses
el puerto.