Siendo estas escasas no era aquel paso de tan difícil acceso como se creía. Dominado el camino real hasta lo alto del puerto por montañas laterales que le siguen en sus vueltas y sesgos, y enseñoreada la misma cumbre por cimas más elevadas, era necesario o cubrir con tropas ligeras los puntos más eminentes, o exponerse, según sucedió, a que el enemigo flanquease la posición. Densa niebla encapotaba las fraguras al nacer del 30, en cuya hora atacando a nuestro frente con seis cañones y una numerosa columna el general Senarmont, desprendiéronse otras dos también enemigas por derecha e izquierda para atacar nuestros costados. Repeliose con denuedo por el frente la primera embestida a tiempo que Napoleón llegó al pie de la sierra. Irritado este e impaciente con la resistencia mandó entonces soltar a escape por la calzada y contra la principal batería española los lanceros polacos y cazadores de la guardia al mando del general Montbrun. Los primeros que acometieron cubrieron el suelo con sus cadáveres, y en una de las cargas quedó gravemente herido de tres balazos Mr. Felipe de Segur, estimable autor de la historia de la campaña de Rusia. Insistiendo de nuevo en atacar la caballería francesa, y a la sazón que sus columnas de derecha e izquierda se habían a favor de la niebla encaramado por los lados, empezaron los nuestros a flaquear abandonando al cabo sus cañones, de que se apoderaron los jinetes enemigos. San Juan queriendo contener el desorden de los suyos, recorrió el campo con tal valor y osadía, que envuelto por lanceros polacos se abrió paso, llegando por trochas y atajos y herido en la cabeza a Segovia, en cuya ciudad se unió a Don José Heredia que juntaba dispersos.
Situación
de la central.
Con semejante desgracia Madrid quedaba descubierto, y el gobierno supremo en sumo riesgo, si de Aranjuez no se transfería en breve a paraje seguro. Ya al promediar noviembre y a propuesta de Don Gaspar Melchor de Jovellanos se había pensado en ello, mas con tal lentitud que fue menester que el 28 se dijese haber asomado hacia Villarejo partidas enemigas para ocuparse seriamente en el asunto. El compromiso de la junta era grande, y mayor por un incidente ocurrido en aquellos días. Figurándose el enemigo que con la ruina y descalabros padecidos podría entrarse en acomodamiento, había convidado por medio de los ministros de José a las autoridades supremas a que se sometiesen y evitasen mayores males con prolongar la resistencia. Cartas
de los ministros
de José. Al propósito escribieron aquellos tres cartas concebidas en idéntico y literal sentido, una al conde de Floridablanca, y las otras dos al decano del consejo real y al corregidor de Madrid. La central sobremanera indignada decretó en 24 de noviembre que dichos escritos fuesen quemados por mano del verdugo, declarando infidentes y desleales a sus autores, y encargando a la sala de alcaldes la sustanciación y fallo de la causa. Con lo cual se respondió a la propuesta, e igualmente al decreto de proscripción de Napoleón, aunque no tan militar ni arbitrariamente. Mas semejante resolución metiendo a la junta en nuevos comprometimientos, la impelía a atender a su propia seguridad.
Las horas ya eran contadas. El 30 exploradores enemigos se habían divisado en Móstoles, y el 1.º de diciembre muy de mañana súpose lo acaecido en Somosierra. Con afán y temprano el mismo día congregó el presidente a los individuos de la junta para que se enterasen de los partes recibidos. Pensose inmediatamente en abandonar Aranjuez, pero antes se encaminaron a la capital los recursos disponibles, se acordaron otras providencias, y se resolvió elegir diferentes vocales que fuesen a inflamar el espíritu de las provincias. Deliberose en seguida acerca del paraje en que el gobierno debería fijar su residencia. Variaron los pareceres, señalose al fin Badajoz. Para mayor comodidad del viaje se dispuso que los individuos de la junta se repartiesen en tandas, y para el fácil despacho de los negocios urgentes se escogió una comisión activa compuesta de los señores Floridablanca, Astorga, Valdés, Jovellanos, Contamina y Garay. Abandona
la central
Aranjuez. Unos en pos de otros salieron todos de Aranjuez en la tarde y noche del 1.º al 2 de diciembre. Apenas con escolta, en medio de tales angustias tuvieron la dicha de que los pueblos no los molestaran, y de que los franceses no los alcanzasen y cogiesen. Libres de particular contratiempo llegaron a Talavera de la Reina en donde volveremos a encontrarlos.
Situación
de Madrid.
En tanto reinaba en Madrid la mayor agitación. Don Tomás de Morla y el capitán general de Castilla la Nueva marqués de Castelar habían discurrido calmarla, y aun por orden de la central promulgaron edictos que pintaban con amortiguados colores las desgracias sucedidas. Sin embargo no fue dado por más tiempo ocultarlas, acudiendo prófugos de todos lados. Alterada a su vista la muchedumbre se agolpó a casa de Castelar que disfrutaba de la confianza pública, y pidió el 30 de noviembre con gran vocería que se la armase. Así lo prometió, y desde entonces con mayor diligencia y ahinco se atendió a fortificar la capital y distribuir a sus vecinos armas y municiones. Madrid no era en verdad punto defendible, y las obras que se trazaron levantadas atropelladamente, no fueron tampoco de grande ayuda. Redujéronse a unos fosos delante de las puertas exteriores, en donde se construyeron baterías a barbeta que artillaban cañones de corto calibre. Se aspilleraron las tapias del recinto, abriéndose cortaduras o zanjas en ciertas calles principales como la de Alcalá, carrera de San Jerónimo y Atocha. También se desempedraron muchas de ellas, y acumulándose las piedras en las casas, se parapetaron las ventanas con almohadas y colchones. Todos corrían a trabajar, siendo el entusiasmo general y extremado.
En 1.º de diciembre se confió el gobierno político y militar a una junta que se instaló en la casa de Correos. A su cabeza estaba el duque del Infantado como presidente del consejo real, y eran además individuos el capitán general, el gobernador y corregidor, como también varios ministros de los consejos y regidores de la villa. La defensa de la plaza se encargó exclusiva y particularmente a Don Tomás de Morla, que gozaba de concepto de oficial más inteligente que el gobernador Don Fernando de la Vera y Pantoja. En Madrid no había sino 300 hombres de guarnición y dos batallones con un escuadrón de nueva leva. Corrió la voz aquel día de que el enemigo estaba a cinco leguas, y el vecindario lejos de amilanarse se inflamó con ímpetu atropellado. Repartiéronse 8000 fusiles, chuzos y hasta armas viejas de la armería. Y para guardar orden se citó a todos por la tarde al Prado, desde donde a cada uno debía señalarse destino. Escasearon los cartuchos, y aun para muchos faltaron. Pedíanlos los concurrentes con instancia, mas respondiendo Morla que no los había, y dentro de algunos habiéndose encontrado en vez de pólvora arena, creció la desconfianza, lanzáronse gritos amenazadores, y todo pronosticaba estrepitosa conmoción.
Muerte
del marqués
de Perales.
Había entendido como regidor el marqués de Perales en la formación de los cartuchos, y contra él y su mayordomo se empezó a clamar desaforadamente. Este marqués era antes el ídolo de la plebe madrileña; presumía de imitarla en usos y traeres; con nadie sino con ella se trataba, y aun casi siempre se le veía vestido a su manera con el traje de majo. Pero acusado con razón o sin ella de haber visitado a Murat y recibido de este obsequios y buen acogimiento, cambiose el favor de los barrios en ojeriza. Juntose también para su desdicha la ira y celos de una antigua manceba a quien por otra había dejado. Tenía el marqués por costumbre escoger sus amigas entre las mujeres más hermosas y desenfadadas del vulgo, y era la abandonada hija de un carnicero. Para vengar esta lo que reputaba ultraje, no solo dio pábulo al cuento de ser el marqués autor de los cartuchos de arena, sino que también inventó haber él mismo pactado con los franceses la entrega de la Puerta de Toledo. Sabido es que entre el bajo pueblo nada halla tanto séquito como lo que es infundado y absurdo. Y en este caso con mayor facilidad, saliendo de la boca de quien se creía depositaria de los secretos del marqués. Vivía este en la calle de la Magdalena, inmediata al barrio del Avapies [de todos el más desasosegado], y sus vecinos se agolparon a la casa, la allanaron, cosieron al dueño a puñaladas, y puesto sobre una estera le arrastraron por las calles. Tal fue el desastrado fin del marqués de Perales, víctima inocente de la ceguedad y furor popular, pero que ni era general, ni anciano, ni había nunca sido mirado como hombre respetable según lo afirma cierto historiador inglés, empeñado en desdorar y ennegrecer las cosas de España. La conmoción no fue más allá: personas de influjo y otros cuidados la sosegaron.
Napoleón delante
de Madrid.