En la mañana del 2 aparecieron sobre las alturas del norte de Madrid las divisiones de dragones de los generales La Tour Maubourg y La Houssaye: antes solo se habían columbrado partidas sueltas de caballería. A las doce Napoleón mismo llegó a Chamartín y se alojó en la casa de campo del duque del Infantado. Aniversario aquel día de la batalla de Austerlitz y de su coronación, se lisonjeaba sería también el de su entrada en Madrid. Con semejante esperanza no tardó en presentarse en sus cercanías e intimar por medio del mariscal Bessières la rendición a la plaza. Respondiose con desdén, y aun corrió peligro de ser atropellado el oficial enviado al efecto. No había la infantería francesa acabado de llegar, y Napoleón recorriendo los alrededores de la villa meditaba el ataque para el siguiente día. En este no hubo sino tiroteos de avanzadas y correrías de la caballería enemiga, que detenía, despojaba y a veces mataba a los que inhábiles para la defensa salían de Madrid. Con más dicha y por ser todavía en la madrugada oscura y nebulosa, pudo alejarse el duque del Infantado comisionado por la junta permanente para ir hacia Guadalajara en busca del ejército del centro, al que se consideraba cercano. Por la noche el mariscal Victor hizo levantar baterías contra ciertos puntos, principalmente contra el Retiro: y a las doce de la misma el mariscal Berthier, príncipe de Neuchâtel, mayor general del ejército imperial, repitió nueva intimación, valiéndose de un oficial español prisionero, a la que se tardó algunas horas en contestar.
Ataque
de Madrid.
Amaneció el 3 cubierto de niebla, la cual disipándose poco a poco, aclaró el día a las nueve de la mañana, y apareció bellísimo y despejado. Napoleón preparado el ataque, dirigió su especial conato a apoderarse del Retiro, llamando al propio tiempo la atención por las puertas del Conde-duque y Fuencarral, hasta la de Recoletos y Alcalá, y colocándose él en persona cerca de la fuente Castellana. Mas barriendo aquella cañada y cerros inmediatos una batería situada en lo alto de la escuela de la veterinaria, cayeron algunos tiros junto al emperador, que diciendo: estamos muy cerca, se alejó lo suficiente para librarse del riesgo. Gobernaba dicha batería un oficial de nombre Vasallo, y con tal acierto que contuvo a la columna enemiga que quería meterse por la Puerta de Recoletos para coger por la espalda la de Alcalá. Los ataques de las otras puertas no fueron por lo general sino simulados, o no hubo sino ligeras escaramuzas, señalándose en la de los Pozos una cuadrilla de cazadores que se había apostado en las casas de Bringas allí contiguas. También hubo entre la del Conde-duque y Fuencarral vivo tiroteo, en los que fue herido en el pie de una bala el general Maison. Mas el Retiro, cuya eminencia dominando a Madrid es llave de la posición, fue el verdadero y principal punto atacado. Los franceses ya en tiempo de Murat habían reconocido su importancia. Los generales españoles, fuese descuido o fatal acaso, no se habían esmerado en fortificarle.
Treinta piezas de artillería dirigidas por el general Senarmont rompieron el fuego contra la tapia oriental. Sus defensores que no eran sino paisanos, y un cuerpo recién levantado a expensas de Don Francisco Mazarredo, resistieron con serenidad, hasta que los fuegos enemigos abrieron un ancho boquerón por donde entraron sus tiradores y la división del general Villatte. Entonces los nuestros decayendo de ánimo fueron ahuyentados, y los franceses derramándose con celeridad por el Prado, obligaron a los comandantes de las puertas de Recoletos, Alcalá y Atocha a replegarse a las cortaduras de sus respectivas e inmediatas calles. Pero como aquellas habían sido excavadas en la parte más elevada, quedaron muchas casas y edificios a merced del soldado extranjero que las robó y destrozó. Tocó tan mala suerte a la escuela de mineralogía calle del Turco, en donde pereció una preciosísima colección de minerales de España y América, reunida y arreglada al cabo de años de trabajo y penosa tarea.
La pérdida del Retiro no causó en la población desaliento. En todos los puntos se mantuvieron firmes, y sobre todo en la calle de Alcalá en donde fue muerto el general francés Bruyère. Castelar en tanto respondió a la segunda intimación pidiendo una suspensión de armas durante el día 3 para consultar a las demás autoridades y ver las disposiciones del pueblo, sin lo cual nada podía resolver definitivamente. Eran las doce de la mañana cuando llegó esta respuesta al cuartel general francés, e invadido ya el Retiro desistió Napoleón de proseguir en el ataque, prefiriendo a sus contingencias el medio más suave y seguro de una capitulación. Pero para conseguirla mandó al de Neuchâtel que diese a Castelar una réplica amenazadora diciendo: «Inmensa artillería está preparada contra la villa, minadores se disponen para volar sus principales edificios... las columnas ocupan la entrada de las avenidas... mas el emperador siempre generoso en el curso de sus victorias, suspende el ataque hasta las dos. Se concederá a la villa de Madrid protección y seguridad para los habitantes pacíficos, para el culto y sus ministros, en fin olvido de lo pasado. Enarbólese bandera blanca antes de las dos, y envíense comisionados para tratar.»
La junta establecida en correos mandó cesar el fuego, y envió al cuartel general francés a Don Tomás de Morla y a Don Bernardo Iriarte. Abocáronse estos con el príncipe de Neuchâtel quien los presentó a Napoleón: vista que atemorizó a Morla, hombre de corazón pusilánime, aunque de fiera y africana figura. Conferencia
de Morla
con Napoleón. Napoleón le recibió ásperamente. Echole en cara su proceder contra los prisioneros franceses de Bailén, sus contestaciones con Dupont, hasta le recordó su conducta en la guerra de 1793 en el Rosellón. Por último díjole: «vaya usted a Madrid, doy de tiempo para que se me responda de aquí a las seis de la mañana. Y no vuelva usted sino para decirme que el pueblo se ha sometido. De otro modo usted y sus tropas serán pasados por las armas.»
Demudado volvió a Madrid el general Morla, y embarazosamente dio cuenta a la junta de su comisión. Tuvo que prestarle ayuda su compañero Iriarte, más sereno aunque anciano y no militar. Capitulación. Hubo disenso entre los vocales: prevaleció la opinión de la entrega. El marqués de Castelar no queriendo ser testigo de ella partió por la noche, con la poca tropa que había, camino de Extremadura. También y antes el vizconde de Gante que mandaba la Puerta de Segovia salió subrepticiamente del lado del Escorial en busca de San Juan y Heredia.
A las seis de la mañana del 4 Don Tomás de Morla y el gobernador Don Fernando de la Vera y Pantoja pasaron al cuartel general enemigo con la minuta de la capitulación.[*] (* Ap. n. [6-8].) Napoleón la aprobó en todas sus partes con cortísima variación, si bien se contenían en ella artículos que no hubieran debido entrar en un convenio puramente militar.
El general Belliard después de las diez del mismo día entró en Madrid y tomó sin obstáculo posesión de los puntos principales. Solo en el nuevo cuartel de guardias de Corps se recogieron algunos con ánimo de defenderse, y fue menester tiempo y la presencia del corregidor para que se rindieran.
Silencioso quedó Madrid después de la entrega, y contra Morla se abrigaba en el pecho de los habitantes odio reconcentrado. Tacháronle de traidor, y confirmáronse en la idea con verle pasar al bando enemigo. Solo hubo de su parte falta de valor y deshonroso proceder. Murió años adelante ciego, lleno de pesares, aborrecido de todos.