Consiguiose con la defensa de Madrid si no detener al ejército francés, por lo menos probar a Europa que a viva fuerza y no de grado se admitía a Napoleón y a su hermano. Respecto de lo cual oportuna aunque familiarmente decía Mr. de Pradt, capellán mayor del emperador, primero obispo de Poitiers, y después arzobispo de Malinas, «que José había sido echado de Madrid a puntapiés y recibido a cañonazos.»

Fáltase
a la capitulación.

El 6 se desarmó a los vecinos, y no se tardó en faltar a la capitulación, esperanza de tantos hombres ciegos y sobradamente confiados. Dieron la señal de su quebrantamiento los decretos que desde Chamartín y a fuer de conquistador empezó el mismo día 4 a fulminar Napoleón, quien arrojando todo embozo, y sin mentar a su hermano mostrose como señor y dueño absoluto de España.

Decretos
de Napoleón
en Chamartín.

Fue el primero contra el consejo de Castilla. Decíase en su contexto que por haberse portado aquella corporación con tanta debilidad como superchería, se destituían sus individuos considerándolos cobardes e indignos de ser los magistrados de una nación brava y generosa. Quedaban además detenidos en calidad de rehenes: por cuyo decreto el artículo sexto de la capitulación con afán apuntado por los del consejo, y según el cual debían conservarse «las leyes, costumbres y tribunales en su actual constitución» se barrenaba y destruía.

Siguiéronse a este el de la abolición de la inquisición, el de la reducción de conventos a una tercera parte, el de la extinción de los derechos señoriales y exclusivos, y el de poner las aduanas en la frontera de Francia. Varios de estos decretos, reclamados constantemente por los españoles ilustrados, no dejaron de cautivar al partido del gobierno intruso ciertos individuos enojados con los primeros pasos de la central, dando a otros plausible pretexto para hacerse tornadizos.

Mas semejantes resoluciones de suyo benéficas aunque procedentes de mano ilegítima, fueron acompañadas de otras crueles e igualmente contrarias a lo capitulado. Españoles
llevados
a Francia. Se cogió y llevó a Francia a Don Arias Mon, decano del consejo, y a otros magistrados. El príncipe de Castelfranco, el marqués de Santa Cruz del Viso y el conde de Altamira o sea de Trastámara, comprendidos en el decreto de proscripción de Burgos, fueron también presos y conducidos a Francia, conmutándose la pena de muerte en la de perpetuo encierro, sin embargo de que por los artículos primero, segundo y tercero de la capitulación se aseguraba la libertad y seguridad de las vidas y propiedades de los vecinos, militares y empleados de Madrid. Igual suerte cupo en un principio al duque de Sotomayor de que le libró especial favor. Estuvo para ser más rigurosa la del marqués de San Simón, emigrado francés al servicio de España: fue juzgado por una comisión militar, y condenado a muerte, habiendo defendido contra sus compatriotas la Puerta de Fuencarral. Las lágrimas y encarecidos ruegos de su desconsolada hija alcanzaron gracia, limitándose la pena de su padre a la de confinación en Francia.

Visita Napoleón
el palacio real.

Napoleón permanecía en Chamartín, y solo una vez y muy de mañana atravesó a Madrid y se encaminó a palacio. Aunque se le representó suntuosa la morada real, según sabemos de una persona que le acompañaba, por nada preguntó con tanto anhelo como por el retrato de Felipe II: detúvose durante algunos minutos delante de uno de los más notables, y no parecía sino que un cierto instinto le llevaba a considerar la imagen de un monarca que si bien en muchas cosas se le desemejaba, coincidía en gran manera con él en su amor a exclusiva, dura e ilimitada dominación, así respecto de propios como de extraños.

Su inquietud.