La inquietud de Napoleón crecía según que corrían días sin recoger el pronto y abundante esquilmo que esperaba de la toma de Madrid. Sus correos comenzaban a ser interceptados, y escasas y tardías eran las noticias que recibía. Los ejércitos españoles si bien deshechos, no estaban del todo aniquilados, y era de temer se convirtiesen en otros tantos núcleos, en cuyo derredor se agrupasen oficiales y soldados, al paso que los franceses teniendo que derramarse enflaquecían sus fuerzas, y aun desaparecían sobre la haz espaciosa de España. En las demás conquistas dueño Napoleón de la capital lo había sido de la suerte de la nación invadida: en esta ni el gobierno ni los particulares, ni el más pequeño pueblo de los que no ocupaba se habían presentado libremente a prestarle homenaje. Impacientábale tal proceder, sobre todo cuando nuevos cuidados podrían llamarle a otras y lejanas partes. Mostró su enfado al corregidor de Madrid que el 16 de diciembre fue a Chamartín a cumplimentarle y a pedirle la vuelta de José según se había exigido del ayuntamiento: Contestación
al corregidor
de Madrid. díjole pues Napoleón que por los derechos de conquista que le asistían podía gobernar a España nombrando otros tantos virreyes cuantas eran sus provincias. Sin embargo añadió que consentiría en ceder dichos derechos a José, cuando todos los ciudadanos de la capital le hubieran dado pruebas de adhesión y fidelidad por medio de un juramento «que saliese no solamente de la boca sino del corazón, y que fuese sin restricción jesuítica.»

Juramento
exigido
de los vecinos.

Sujetose el vecindario a la ceremonia que se pedía, y no por eso trataba Napoleón de reponer a José en el trono, cosa que a la verdad interesaba poco a los madrileños, molestados con la presencia de cualquier gobierno que no fuera el nacional. El emperador había dejado en Burgos a su hermano, quien sin su permiso vino y se le presentó en Chamartín, donde fue tan mal recibido que se retiró a la Monclova y luego al Pardo, no gozando de rey sino escasamente la apariencia.

Van
los mariscales
franceses en
perseguimiento
de los españoles.

Más que en su persona ocupábase Napoleón en averiguar el paradero de los ingleses, y en disipar del todo las reliquias de las tropas españolas. El 8 de diciembre llegó a Madrid el cuerpo de ejército del duque de Danzig, y con diligencia despachó Napoleón hacia Tarancón al mariscal Bessières, dirigiendo sobre Aranjuez y Toledo al mariscal Victor y a los generales Milhaud y Lasalle.

Total dispersión
del ejército
de San Juan.

Por este lado y la vuelta de Talavera se había retirado Don Benito San Juan, quien después de haber recogido en Segovia dispersos, y en unión con Don José Heredia, se había apostado en el Escorial antes de la entrega de Madrid. Pensaban ir ambos generales al socorro de la capital, y aun instados por el vizconde de Gante que con aquel objeto según vimos había ido a su encuentro, se pusieron en marcha. Acercábanse, cuando esparcida la voz de estar muy apretada la villa y otras siniestras, empezó una dispersión horrorosa, abandonando los artilleros y carreteros cañones y carruajes. Comenzó por donde estaba San Juan, cundió a la vanguardia que mandaba Heredia, y ni uno ni otro fueron parte a contenerla. Algunos restos llegaron en la madrugada del 4 casi a tocar las puertas de Madrid, en donde noticiosos de la capitulación, sueltos y a manera de bandidos, corrieron como los primeros asolando los pueblos, y maltratando a los habitadores hasta Talavera, punto de reunión que fue teatro de espantosa tragedia.

Habituados a la rapiña y al crimen las mal llamadas tropas, pesábales volver a someterse al orden y disciplina militar. Su caudillo D. Benito San Juan no era hombre para permitir más tiempo la holganza y los excesos encubiertos bajo la capa del patriotismo, de lo cual temerosos los alborotadores y cobardes, difundieron por Talavera que los jefes los habían traidoramente vendido. Con lo que apandillándose una banda de hombres y soldados desalmados, se metieron en la mañana del 7 en el convento de Agustinos, y guiados por un furibundo fraile penetraron en la celda en donde se albergaba el general San Juan. Empezó este a arengarlos con serenidad, y aun a defenderse con el sable, no bastando las razones para aplacarlos. Muerte cruel
de este general. Desarmáronle y viéndose perdido, al querer arrojarse por una ventana tres tiros le derribaron sin vida. Su cadáver despojado de los vestidos, mutilado y arrastrado, le colgaron por último de un árbol en medio de un paseo público, y así expuesto, no satisfechos todavía le acribillaron a balazos. Faltan palabras para calificar debidamente tamaña atrocidad, ejecutada por soldados contra su propio jefe, y promovida y abanderizada por quien iba revestido del hábito religioso.

Ejército
del centro.
Sus marchas
y retirada
a Cuenca.

No tan relajado aunque harto decaído estaba por el lado opuesto el ejército del centro. El hambre, los combates, el cansancio, voces de traición, la fuga, el mismo desamparo de los pueblos, uniéndose a porfía y de tropel, habían causado grandes claros en las filas. Cuando le dejamos en Sigüenza estaba reducido su número a 8000 hombres casi desnudos. Mas sin embargo determinaron los jefes cumplir con las órdenes del gobierno, e ir a reforzar a Somosierra. Emprendió la infantería su ruta por Atienza y Jadraque, y la artillería y caballería en busca de mejores caminos tomaron la vuelta de Guadalajara siguiendo la izquierda del Henares. No tardaron los primeros en variar de rumbo, y caminar por donde los segundos con el aviso de Castelar recibido en la noche del 1.º al 2 de diciembre, de haber los enemigos forzado el paso de Somosierra. Continuando pues todo el ejército a Guadalajara, la 1.ª y 4.ª división entraron por sus calles en la noche del 2 junto con la artillería y caballería. Casi al propio tiempo llegó a dicha ciudad el duque del Infantado; y el 3, avistándose con La Peña y celebrando junta de generales, se acordó: 1.º Enviar parte de la artillería a Cartagena, como se verificó; y 2.º dirigirse con el ejército por los altos de Santorcaz, pueblecito a dos leguas de Alcalá y a su oriente, y extenderse a Arganda para que desde aquel punto, si ser pudiere, se metiese la vanguardia con un convoy de víveres por la Puerta de Atocha. En la marcha tuvieron noticia los jefes de la capitulación de Madrid, y obligados por tanto a alejarse, resolvieron cruzar el Tajo por Aranjuez y guarecerse de los montes de Toledo. Plan demasiadamente arriesgado y que por fortuna estorbó con sus movimientos el enemigo sin gran menoscabo nuestro. Caminaron los españoles el 6 y descansaron en Villarejo de Salvanés. Allí les salió al encuentro Don Pedro de Llamas, encargado por la central de custodiar con pocos soldados el punto de Aranjuez, que acababa de abandonar forzado por la superioridad de fuerzas francesas. Interceptado de este modo el camino, se decidieron los nuestros a retroceder y pasar el Tajo por las barcas de Villamanrique, Fuentidueña y Estremera, y abrigándose de las sierras de Cuenca sentar sus reales en aquella ciudad, paraje acomodado para repararse de tantas fatigas y penalidades. Así y por entonces se libraron las reliquias del ejército del centro de ser del todo aniquiladas en Aranjuez por el mariscal Victor, y en Guadalajara por la numerosísima caballería de Bessières, y el cuerpo de Ney que entró el 6 viniendo de Aragón. No hubo sino alguno que otro reencuentro, y haber sido acuchillados en Nuevo Baztán los cansados y zagueros.