Rebelión
del oficial
Santiago.

A los males enumerados y al encarnizado seguimiento del enemigo agregáronse en su marcha al ejército del centro discordias y conspiraciones. El 7 de diciembre estando en Belinchón el cuartel general, se mandó ir a la villa de Yebra a la 1.ª y 4.ª división que regía entonces el conde de Villariezo. A mitad del camino y en Mondéjar, Don José Santiago, teniente coronel de artillería, el mismo que en mayo fue de Sevilla para levantar a Granada, se presentó al general de las divisiones diciéndole, que estas en vez de proseguir a Cuenca, querían retroceder a Madrid para pelear con los franceses, y que a él le habían escogido por caudillo; pero que suspendía admitir el encargo hasta ver si el general, aprobando la resolución, se hacía digno de continuar capitaneándolos. Rehusó Villariezo la inesperada oferta, y reprendiendo al Santiago, encomendole contener el mal espíritu de la tropa: singular conspirador y singular jefe. La artillería, como era de temer, en vez de apaciguarse se apostó en el camino de Yebra, y forzó a la otra tropa que iba a continuar su marcha a volver atrás. Intentó Villariezo arengar a los sublevados que aparentaron escucharle, mas quiso que de nuevo prosiguiesen su ruta; y gritando unos «a Madrid» y otros «a Despeñaperros», tuvo que desistir de su empeño y despachar al coronel de Pavía, príncipe de Anglona, para que informase de lo ocurrido al general en jefe, el cual creyó prudente separar la infantería y alejarla de la caballería y artillería. Los peones dirigiéndose a Illana debían cruzar el vado y barcas de Maquilón; los jinetes y cañones con solos dos regimientos de infantería, Órdenes y Lorca, las de Estremera: mandando a los primeros el mismo Villariezo y a los segundos Don Andrés de Mendoza. Ciertas precauciones y la repentina mudanza en la marcha suspendieron algún tiempo el alboroto; mas el día 8 al querer salir de Tarancón encrespose de nuevo, y sin rebozo se puso Santiago a la cabeza.

Pareciéndole al Mendoza que el carácter y respetos del conde de Miranda, comandante de carabineros reales, que allí se hallaba, eran más acomodados para atajar el mal que los que a su persona asistían, propuso al conde, y este aceptó, sustituirle en el mando. Llamado don José Santiago por el nuevo jefe, retúvole este junto a su persona; y hubo vagar para que adoptadas prontas y vigorosas providencias se continuase, aunque con trabajo, la marcha a Cuenca. El Santiago fue conducido a dicha ciudad, y arcabuceado después en 12 de enero con un sargento y cabo de su cuerpo.

Nómbrase por
general en jefe
al duque
del Infantado.

Mas el mal había echado tan profundas raíces y andaban las voluntades tan mal avenidas, que para arrancar aquellas y aunar estas, juzgó conveniente Don Manuel de la Peña celebrar un consejo de guerra en Alcázar de Huete, y desistiéndose del mando proponer en su lugar por general en jefe al duque del Infantado. Admitiose la propuesta, consintió el duque, y aprobolo después la central, con que se legitimaron unos actos que solo disculpaba lo arduo de las circunstancias.

La mayor parte del ejército entró en Cuenca en 10 de diciembre. Mas remisa estuvo, y llegó en desorden la 2.ª división al mando del general Grimarest, que fue atacada en Santa Cruz de la Zarza en la noche del 8, y ahuyentada por el general Montbrun. Y el terror y la indisciplina fueron tales, que casi sin resistencia corrió dicha división precipitadamente y a la primera embestida camino de Cuenca.

En esta ciudad reunido el ejército del centro y abrigado de la fragosa tierra que se extendía a su espalda, terminó su retirada de 86 leguas, emprendida desde las faldas del Moncayo, memorable sin duda, aunque costosa; pues al cabo, en medio de tantos tropiezos, reencuentros, marchas y contramarchas, escaseces y sublevaciones, salvose la artillería y bastante fuerza para con su apoyo formar un nuevo ejército, que combatiendo al enemigo o trabajándole le distrajese de otros puntos y contribuyese al bueno y final éxito de la causa común.

Conde de Alacha.
Su retirada
gloriosa.

Descansaban pues y se reponían algún tanto aquellos soldados, cuando con asombro vieron el 16 entrar por Cuenca una corta división que se contaba por perdida. Recordará el lector como después del acontecimiento de Logroño incorporada la gente de Castilla en el ejército de Andalucía, se formó una vanguardia de 4000 hombres al mando del conde de Cartaojal, destinada a maniobrar en la sierra de Cameros. El 22 de noviembre, según orden de Castaños, se había retirado dicho jefe por el lado de Ágreda a Borja, y después de una leve refriega con partidas enemigas prosiguiendo a Calatayud, se había allí unido al grueso del ejército, de cuya suerte participó en toda la retirada. Mas de este cuerpo de Cartaojal quedó el 21 en Nalda separado y como cortado un trozo a las órdenes del conde de Alacha.

No desanimándose ni los soldados ni su caudillo, aconsejado de buenos oficiales al verse rodeados de enemigos, y ellos en tan pequeño número, emprendieron una retirada larga, penosa y atrevida. Por espacio de veinte días acampando y marchando a dos y tres leguas del ejército francés, cruzando empinados montes y erizadas breñas, descalzos y casi desnudos en estación cruda, apenas con alimento, desprovistos de todo consuelo, consiguieron, venciendo obstáculos para otros insuperables, llegar a Cuenca conformes y aun contentos de presentarse no solo salvos, sino con el trofeo de algunos prisioneros franceses. Tanta es la constancia, sobriedad e intrepidez del soldado español bien capitaneado.