Tamaños obstáculos, aunque al fin vencidos, retardaron la marcha de Napoleón e impidieron la puntual ejecución del plan que había combinado. Era este envolver a los ingleses si continuaban en ir tras del mariscal Soult, a quien el mismo emperador escribía el 26 desde Tordesillas: «si todavía conservan los ingleses el día de hoy su posición, están perdidos: si al contrario os atacan, retiraos a una jornada de marcha, pues cuanto más se empeñen en avanzar, tanto mejor será para nosotros.»

Empieza
a relajarse
la disciplina
del ejército inglés.

Pero Sir Juan Moore, previniendo con oportunidad los intentos de sus contrarios, prosiguió a Benavente y aseguró su comunicación con Astorga. La disciplina sin embargo empezaba a relajarse notablemente en su ejército, disgustado con volver atrás. Así fue que la columna que cruzó por Valderas cometió lamentables excesos, y con ellos y otros que hubo en varios pueblos aterrado el paisanaje, huía y a su vez se vengaba en los soldados y partidas sueltas. Censuró agriamente el general inglés la conducta de sus soldados; mas de poco sirvió. Prosiguieron en sus desmanes, y en Benavente devastaron el palacio de los condes-duques del mismo nombre, notable por su antigüedad y extensión; mas no fue entonces cuando se quemó, según algunos han afirmado. Nos consta por información judicial que de ello se hizo, que solo el 7 de enero apareció incendiado, durando el fuego muchos días sin que se pudiese cortar.

Choque
de caballería
en Benavente.

Esta columna, que era la que mandaba Moore, después de haber arruinado el puente de Castro Gonzalo se juntó el 29 en Astorga con la de Baird, que había caminado por Valencia de Don Juan. La caballería permaneció aún en Benavente, enviando destacamentos a observar los vados del Esla. Engañado a su vista el general francés Lefebvre-Desnouettes, y creyendo que ya no quedaba al otro lado ninguna fuerza inglesa sino aquella, vadeó el río con 600 hombres de la guardia imperial y acometió impetuosamente a sus contrarios. Cejaron estos al principio, excitando gran clamoreo las mujeres, rezagados y bagajeros derramados por el llano que yace entre el Esla y Benavente. El general Stewart tomó luego el mando de los destacamentos ingleses, se le agregaron algunos caballos más y empezó a disputar el terreno a los franceses, que continuaron, sin embargo, en adelantar hasta que Lord Paget, acudiendo con un regimiento de húsares, los obligó a repasar el río. Quedaron en su poder 70 prisioneros, en cuyo número se contó al mismo general Lefebvre, de quien hicimos tanta memoria en el primer sitio de Zaragoza.

Era precursor este reencuentro de los muchos que unos en pos de otros en breve se sucedieron. Frustrada la primera combinación del emperador francés a causa de la retirada de Moore, determinó aquel perseguir a los ingleses por el camino de Benavente con el grueso de sus fuerzas, mandando al mismo tiempo al mariscal Soult que arrojase de León a los españoles. La destrucción del puente de Castro Gonzalo retardó del lado de Benavente el movimiento de los franceses; pero del otro se adelantaron sin dificultad, no habiendo los españoles opuesto resistencia.

Sorprenden
en Mansilla
los franceses
a los españoles.

Ocupaba a Mansilla de las Mulas la 2.ª división del marqués de la Romana, de la cual un trozo se había quedado a retaguardia en el convento de Sandoval para conservar el paso del Esla en el puente de Villarente. Enfermos en León muchos de los principales jefes, no se habían tomado en Mansilla las precauciones oportunas, y el 29 fue sorprendido y entrado el pueblo por el general Franceschi, rindiéndose casi toda la tropa que tan mal custodiaba aquel punto.

Retírase Romana
de León.

Desapercibido el marqués de la Romana, apresuradamente abandonó a León en la misma noche del 29, y los vecinos más principales, temerosos de la llegada del enemigo, tuvieron también que salvarse y esconderse en las montañas inmediatas, dejando con el azoramiento hasta las alhajas y prendas de mayor valor. Júntase
en Astorga
con los ingleses. Romana se unió el 30 en Astorga con el general Moore, lo cual desagradó en gran manera a este que le conceptuaba en las fronteras de Asturias. Con la llegada a aquella ciudad de las tropas españolas, desnudas, de todo escasas y en sumo grado desarregladas, acreció el desorden y la confusión, yendo por instantes en aumento la indisciplina de los ingleses.