Hasta aquí se habían imaginado muchos oficiales de este ejército que en Astorga o entradas del Bierzo haría alto su general en jefe, y que aprovechándose de los favorables sitios de aquella escabrosa tierra, procuraría en ellos contener al enemigo y aun darle batalla, mayormente cuando la insubordinación y el desconcierto no habían todavía llegado al extremo. Pero Sir Juan Moore no veía ya seguridad ni salvación sino a bordo de sus buques; por lo cual dio órdenes para proseguir su camino hacia Galicia y destruir todo género de provisiones de boca y guerra que no pudiesen sus tropas llevar consigo. Desde entonces soltose la rienda a las pasiones, y el ejército británico acabó del todo de desorganizarse. Retírase Romana
por Foncebadón.
Moore,
por Manzanal. El marqués de la Romana insistía por conservar la cordillera que divide el Bierzo del territorio de Astorga; mas fueron vanos sus ruegos y ociosas sus razones: y a la verdad por poderosas que estas fuesen, debilitábanse saliendo de la boca de un general cuyos soldados se mostraban en estado tan deplorable. Forzado pues el general español a someterse a la inmutable resolución del británico, tuvo asimismo que consentir en dejarle libre el nuevo y hermoso camino de Manzanal, reservando para sí el antiguo y agrio de Foncebadón.
A las doce del día del 31 de diciembre empezó el ejército inglés su retirada, y el español la suya en la misma noche. La artillería del último, que hasta entonces había casi toda podido librarse del continuo perseguimiento de los franceses, tomó, según convenio con el general Moore, la vía de Manzanal para evitar las asperezas de la otra. Mas no teniendo cuenta los soldados británicos con las órdenes de sus jefes, arrancando a viva fuerza los tiros de mulas de nuestra artillería, hubo que abandonar algunas piezas y precipitar otras en los abismos de las montañas, perdiéndose así por la violencia de manos aliadas unos cañones que a tan duras penas y desde Reinosa se habían conservado libres de las enemigas.
Desgracias
de Romana
en su retirada.
Ni fue Romana más dichoso del lado de Foncebadón. Creía, y fundadamente, que ya que le hubiese cabido la peor ruta, por lo menos se le dejaría en su retirada solo y desembarazado; mas engañose en su juicio. Una división inglesa de 3000 hombres mandada por el general Crawford, separándose en Bonillos, a una legua de Astorga, del grueso de su ejército, tomó el mismo rumbo que Romana con intento de ir a embarcarse en Vigo. Turbó este incidente la marcha de los españoles, incomodando a todos el hallar casi cerrado con la nieve el paso de Foncebadón.
Uníase a tal conjunto de desgracias estar capitaneadas las divisiones españolas por nuevos jefes sucesores de los que habían muerto de enfermedad o en los combates. A tres se había reducido el número de aquellas fuera de la llamada del norte; y mal aventuradas refriegas mostraron en breve su triste estado. De ellas la 1.ª mandada por el coronel Rengel, fue al amanecer del 1.º de enero cortada y en gran parte cogida por jinetes franceses en Turienzo de los Caballeros. Las otras, aunque a costa de trabajos, siempre acosadas y desbandándose muchos de sus soldados, se enmarañaron en la sierra. Romana no había tratado de prevenir o disminuir el mal con acertadas disposiciones. Dejó a cada división andar y moverse a su arbitrio: y cruzando con su estado mayor y algunos caballos por los barrios de Ponferrada, se metió en el valle de Valdeorras. Allí reunió las pocas reliquias de su ejército que le habían seguido, y situó su cuartel general en la Puebla de Tribes, dejando en el Puente de Domingo Flores una corta vanguardia que pasó después al de Bibey.
Desórdenes
de los ingleses
en su retirada.
Los ingleses en tanto por el puerto de Manzanal continuaron precipitadamente su retirada. Repartidos en tres divisiones y una reserva, iban delante las de los generales Fraser y Hope, seguía la de Sir David Baird, y cerraba la marcha con la última el mismo Sir Juan Moore. Llegaron el 2 de enero a Villafranca, habiendo andado en tan corto tiempo 14 leguas de las largas de nuestros caminos reales, de las que solo entran diez y siete y media en el grado. Los males y el desconcierto rápidamente se aumentaban ofreciendo lastimoso cuadro: el tiempo crudo, los bagajes abandonados, las municiones rezagadas, los fuertes y lucidos caballos ingleses desherrados y muertos por sus propios jinetes, los infantes descalzos y despeados, los soldados todos abatidos e insubordinados, y metiéndose muchos en los sótanos de las casas y las tabernas, se perdían de intento y se entregaban a la embriaguez y disolución: fue Bembibre principal y horroroso teatro de sus excesos. Cruel castigo recibieron los que así se olvidaban de la disciplina y buen orden. Los franceses corriendo en pos de ellos, duramente y cual merecían los trataban, matando a unos, hiriendo a otros y atropellando a casi todos. Los que de su poder se escapaban, llenos de tajos y cuchilladas poníalos el general inglés como a la vergüenza delante de su ejército, a fin de que sirviesen de escarmiento a sus compañeros.
Llega Napoleón
a Astorga.
Notábase en el perseguir de los franceses suma diligencia, mas no extraña. Aguijábalos poderosa espuela. Napoleón había llegado a Astorga el 1.º de enero. Le acompañaban 70.000 infantes y 10.000 caballos, que este número componían los cuerpos de los mariscales Soult y Ney, una parte de la guardia imperial y dos divisiones del ejército de Junot, las cuales, ya de regreso, iban a pelear contra los mismos con quienes pocos meses antes habían capitulado. Napoleón no pasó de Astorga; pero envió en seguimiento de las tropas británicas al mariscal Soult con 25.000 hombres, de los cuales 4200 de caballería. Tras de estos caminaban las divisiones de los generales Loison y Heudelet, debiendo todos ser sostenidos por 16.000 hombres del cuerpo del mariscal Ney. Aceleradamente fueron los primeros en busca de Sir Juan Moore, que no conservaba sino unos 19.000 combatientes, menguadas sus filas con los 3000 que fueron la vuelta de Vigo y con los perdidos en los diversos choques y retirada.
Entrada
del mariscal Soult
en el Bierzo.