Los franceses no pudiendo romper la derecha de los ingleses trataron de envolverla. Descubierto su intento avanzó Lord Paget con la reserva, y obligando a retroceder a los dragones de La Houssaye, que habían echado pie a tierra, contuvo a los demás, y aun se acercó a la altura en que estaba situada la batería francesa de once cañones. Al mismo tiempo los ingleses avanzaban por toda la línea, y a no haber sobrevenido la noche quizá la situación del mariscal Soult hubiera llegado a ser crítica, escaseando ya en su campo las municiones; mas los ingleses contentos con lo obrado tornaron a su primeva posición, queriendo embarcarse bajo el amparo de la oscuridad. Fue su pérdida de 800 hombres: asegúrase haber sido mayor la de los franceses. El general Hope, en quien había recaído el mando en jefe, creyó prudente no separarse de la resolución tomada por Sir Juan Moore, y entrada la noche ordenó que todo su ejército se embarcase, protegiendo la operación los generales Hill y Beresford.

En la mañana siguiente viendo los franceses que estaba abandonado el monte Mero, y que sus contrarios les dejaban la tierra libre acogiéndose a su preferido elemento, se adelantaron, y desde la altura de San Diego con cañones de grueso calibre, de que se habían apoderado en la de las Angustias de Betanzos, empezaron a hacer fuego a los barcos de la bahía. Algunos picaron los cables, y se quemaron otros que con la precipitación habían varado. Los moradores de la Coruña no solo ayudaron a los ingleses en su embarco con desinteresado celo, sino que también les guardaron fidelidad no entregando inmediatamente la plaza. Noble ejemplo, rara vez dado por los pueblos cuando se ven desamparados de los mismos de quienes esperaban protección y ayuda.

Así terminó la retirada del general Moore, censurada de algunos de sus propios compatriotas, y defendida y aun alabada de otros. Dejando a ellos y a los militares el examen y crítica de esta campaña, pensamos que sirvió de mucho para la gloria y buen nombre del general Moore la casualidad de haber tenido que pelear antes de que sus tropas se embarcasen, y también acabar sus días honrosamente en el campo de batalla. Por lo demás si un ejército veterano y disciplinado como el inglés, provisto de cuantiosos recursos, empezó antes de combatir una retirada, en cuya marcha hubo tanto desorden, tanto estrago, tantos escándalos, ¿quién podrá extrañar que en las de los españoles, ejecutadas después de haber lidiado, y con soldados bisoños, escasos de todo y en su propio país, hubiese dispersiones y desconciertos? No decimos esto en menoscabo de la gloria británica; pero sí en reparación de la nuestra, tan vilipendiada por ciertos escritores ingleses de los mismos que se hallaron en tan funesta campaña.

Entrega
de la Coruña.

Difícil era que después de semejante suceso resistiese la Coruña largo tiempo. El recinto de la plaza solo la ponía al abrigo de un rebate; mas ni sus baterías, ni sus murallas estaban reparadas, ni eran de suyo bastante fuertes. No haber mejorado a tiempo sus obras pendió en parte del descuido que nos es natural, y también de la confianza que con su llegada dieron los ingleses. Era gobernador Don Antonio Alcedo, y el 19 capituló. Entró el 20 en la plaza el mariscal Soult, y puso autoridades de su bando. Dispersose la junta del reino, y la audiencia, el gobernador y los otros cuerpos militares, civiles y eclesiásticos prestaron homenaje al nuevo rey José.

Del Ferrol.

No tardó Soult en volver los ojos al Ferrol, y ya el 22 empezaron a aproximarse a la plaza partidas avanzadas de su ejército. Aquel arsenal, primero de la marina española, era inatacable del lado de mar, de donde solo se puede entrar con un viento y por boca larga y estrecha: no estaba por tierra tan bien fortalecido. Hallábase el pueblo con ánimo levantado, sosteniéndole unos 300 soldados que habían llegado el 20. Era comandante del departamento Don Francisco Melgarejo, anciano e irresoluto, y comandante de tierra Don Joaquín Fidalgo. No se había tomado medida alguna de defensa, ni tenido la precaución de poner a salvo los buques de guerra allí fondeados. Dichos jefes y la junta peculiar del pueblo desde luego se inclinaron a capitular; mas no osando declararse tuvieron que responder con la negativa a la reiterada intimación de los franceses. Al fin el 26 habiendo estos descubierto algunas obras de batería, y apoderádose de los castillos de Palma y San Martín, pudieron las autoridades prevalecer en su opinión y capitularon, entrando el 27 de mañana en el Ferrol el general Mermet. Fueron los términos de la rendición los mismos de la Coruña, y por los que sometiéndose a reconocer a José, solo se añadieron algunos artículos respecto de pagas, y de que no se obligase a nadie a servir contra sus compatriotas. Don Pedro Obregón, preso desde el levantamiento de mayo, fue nombrado comandante del departamento, en cuya dársena, entre buenos y malos, había siete navíos, tres fragatas y otros buques menores.

Que estas plazas se hubiesen rendido visto su mal estado y el desmayo que causó el embarco de los ingleses, cosa natural era; pero no que en una capitulación militar se estipulase el reconocimiento de José, ejemplo no dado todavía por las otras partes del reino, ni por la capital de la monarquía, de donde provino que las mencionadas capitulaciones excitaron la indignación de la junta central, que fulminó contra sus autores una declaración tal vez demasiadamente severa.

Estado
de Galicia.

Aterrada Galicia con la pérdida de sus dos principales plazas, y sobre todo con la retirada de los ingleses, apenas dio por algún tiempo señales de vida. Hubo pocos pueblos que hiciesen demostración de resistir, y los que lo intentaron fueron luego entrados por el vencedor. A todas partes cundió el desaliento y la tristeza. Paradero
de Romana. Solo en pie y en un rincón quedó Romana con escasos soldados. Los franceses no le habían en un principio molestado; pero posteriormente, yendo en su busca el general Marchand, trató de atacarle en el punto de Bibey. Replegose a Orense el general español: persiguiole el francés basta que continuando aquel hacia Portugal, desistió el último de su intento, pasando poco después a Santiago, en donde había entrado el 3 de febrero el mariscal Soult sin tropiezo y camino de Tuy.