El marqués de la Romana luego que salió de Orense estableció su cuartel general en Villaza, cerca de Monterrey, trasladándose después a Oimbra. En los últimos días de enero celebró en el primer pueblo una junta militar para determinar lo más conveniente, hallándose con pocas fuerzas, sin recursos, y los ingleses ya embarcados. Opinaron unos por ir a Ciudad Rodrigo, otros por encaminarse a Tuy; prevaleciendo el dictamen que fue más acertado de no alejarse del país que pisaban, ni de la frontera de Portugal.
Sucede a Soult
el mariscal Ney.
Mientras tanto tomó el mando de Galicia el mariscal Ney en lugar de Soult, que moviéndose del lado de Tuy, según hemos indicado, se preparaba a internarse en Portugal. Ocuparon fuerzas francesas las principales ciudades de Galicia, y tranquila esta por entonces puso también Ney su atención del lado de Asturias, cuyo territorio afortunadamente había quedado libre en medio de tan general desdicha. Más adelante hablaremos de lo que ocurrió en aquella provincia. Ínstanos ahora volver la vista a Napoleón, a quien dejamos en Astorga.
Vuelta
de Napoleón
a Valladolid.
Descansó allí dos días, hospedándose en casa del obispo a quien trató sin miramiento. Y desasosegado con noticias que había recibido de Austria, no creyendo ya necesario prolongar su estancia vista la priesa con que los ingleses se retiraban, volvió atrás y se dirigió a Valladolid, en cuya ciudad entró en la tarde del 6 de enero.
Áspero
recibimiento que
hace Napoleón
a las autoridades.
Alojose en el palacio real, y al instante mandó venir a su presencia al ayuntamiento, a los prelados de los conventos, al cabildo eclesiástico y a las demás autoridades. Quería imponer ejemplar castigo por las muertes de algunos franceses asesinados, y sobre todo por la de dos, cuyos cadáveres fueron descubiertos en un pozo del convento de San Pablo de dominicos. Iba al frente de los llamados el ayuntamiento, corporación de repente formada en ausencia de los antiguos regidores, que los más habían huido después de la rota de Burgos. Procurando dicho cuerpo mantener orden en la ciudad, había preservado de la muerte a varios extraviados del ejército enemigo, y puéstolos con resguardo en el monasterio de San Benito, motivo por el que antes merecía atento trato del extranjero que amargas reconvenciones. Sin embargo el emperador francés recibiole con rostro entenebrecido, y le habló en tono áspero y descompuesto echándole en cara los asesinatos cometidos. De los presentes se atemorizaron con sus amenazas aun los más serenos, y el que servía de intérprete no acertando a expresarse impacientó a Napoleón, que con enfado le mandó salir del aposento donde estaba, llamando a otro que desempeñase mejor su oficio. No menos alterado prosiguió en su discurso el altivo conquistador, usando de palabras impropias de su dignidad, hasta que al cabo despidió a las corporaciones españolas, repitiendo nuevas y terribles amenazas.
Angustias
del ayuntamiento
de Valladolid.
Triste y pensativo volvía el ayuntamiento a su morada cuando algunos de sus individuos, queriendo echar por un rodeo para evitar el encuentro de tropas que obstruían el paso, un piquete francés de caballería que de lejos los observaba intimoles que iban presos, y que así fuesen por el camino más recto. Restituidos todos a las casas consistoriales, entró a poco por aquellas puertas un emisario del emperador con orden que este le había dado, teniendo el reloj en la mano, de que si para las doce de la noche no se le pasaba la lista de los que habían asesinado a los franceses, haría ahorcar de los balcones del ayuntamiento a cinco de sus individuos. Sin intimidarse con el injusto y bárbaro requerimiento, reportados y con esfuerzo respondieron los regidores que antes perecerían siendo víctimas de su inocencia, que indicar a tientas y sin conocimiento personas que no creyesen culpables.
A las nueve de la noche presentose también repitiendo a nombre del emperador la anterior amenaza Don José de Hervás, el mismo que en el abril de 1808 había acompañado a Madrid al general Savary, y quien como español se hizo más fácilmente cargo de las razones que asistían al ayuntamiento. Sin embargo manifestó a sus individuos que corrían grave peligro, mostrándose Napoleón muy airado. No por eso dejaron aquellos de permanecer firmes y resueltos a sufrir la pena que arbitrariamente se les quisiera imponer. Sacoles luego del ahogo, y por fortuna para ellos, un tal Chamochín, de oficio procurador del número, el cual habiendo sido en tan tristes días nombrado corregidor interino, quiso congraciarse con el invasor de su patria delatando como motor de los asesinatos a un adobador de pieles llamado Domingo que vivía en la plaza mayor. Por desgracia de este encontráronse en su casa ropa y otras prendas de franceses, ya porque en realidad fuera culpado, o ya más bien, según se creyó, por haber dichos efectos llegado casualmente a sus manos. Suplicio
de algunos
españoles,
y perdón
de uno de ellos. Fue preso Domingo con dos de sus criados y condenados los tres a la pena de horca. Ajusticiaron a los últimos perdonando Napoleón al primero, más digno de muerte que los otros si había delito. Llegó el perdón estando Domingo al pie del patíbulo: le obtuvo a ruego de personas respetables, del mencionado Hervás, y sobre todo movidos varios generales de las lágrimas y clamores de la esposa del sentenciado, en extremo bella y de familia honrada de la ciudad. También contribuyeron a ello los benedictinos, de quienes Napoleón hacía gran caso, recordando la celebridad de los antiguos y doctos de la congregación de San Mauro de Francia. No así de los dominicos, cuyo convento de San Pablo suprimió en castigo de los franceses que en él se habían encontrado muertos.