Venegas por su parte situado en Uclés determinó atacar en la noche del 24 al 25 de diciembre a los franceses de Tarancón. El número de estos se reducía a 800 dragones. Distribuyó el general español su gente en dos columnas una al mando de Don Pedro Agustín Girón debía amenazar por su frente al enemigo, otra capitaneada por el mismo general en persona y más numerosa había de interponerse en el camino que de Tarancón va a Santa Cruz de la Zarza, con objeto de cortar a los franceses la retirada, si querían huir del ataque de Girón, o encerrarlos entre dos fuegos en caso de que resistiesen. La noche era cruda, sobreviniendo tras de nieve y ventiscas espesa niebla: lo cual retardó la marcha de Venegas, y fue causa del extravío de casi toda su caballería. Girón aunque salió más tarde llegó sin tropiezo al punto que se le había señalado, ya por ser mejor y más corto el camino, y ya por su cuidado y particular vigilancia.
Espantados los dragones franceses con la proximidad de este general, huían del lado de Santa Cruz, cuando se encontraron con algunas partidas de carabineros reales que iban a la cabeza de la tropa de Venegas y los atacaron furiosamente, obligándolos a abrigarse de la infantería. Hubiera podido esta desconcertarse, cogiéndola desprevenida, si afortunadamente un batallón de guardias españolas y otro de tiradores de España puestos ya en columna no hubiesen rechazado a los enemigos, desordenándolos completamente. Hizo gran falta la caballería, cuya principal fuerza extraviada en el camino no llegó hasta después: y entonces su jefe Don Rafael Zambrano desistió de todo perseguimiento por juzgarlo ya inútil y estar sus caballos muy cansados. La pérdida de los franceses entre muertos, heridos y prisioneros fue de unos 100 hombres. Hubo después contestaciones entre ciertos jefes, achacándose mutuamente la culpa de no haber salido con la empresa. Nos inclinamos a creer que la inexperiencia de algunos de ellos y lo bisoño de la tropa fueron en este caso como en otros muchos la causa principal de haberse en parte malogrado la embestida, sirviendo solo a despertar la atención de los franceses.
Avanza
el mariscal Victor.
Recelosos estos de que engrosadas con el tiempo las tropas del ejército del centro y mejor disciplinadas, pudieran no solo repetir otras tentativas como la de Tarancón, mas también en un rebate apoderarse de Madrid, cuya guarnición por atender a otros cuidados a veces se disminuía, pensaron seriamente en destruirlas y cortar el mal en su raíz. Para ello juntaron en Aranjuez y revistaron, según hemos dicho, las fuerzas que mandaba en Toledo el mariscal Victor, las cuales ascendían a 14.000 infantes y 3000 caballos. Sospechando Venegas los intentos del enemigo comunicó el 4 de enero sus temores al duque del Infantado, opinando que sería prudente, o que todo el ejército se aproximase a su línea, o que él con la vanguardia se replegase a Cuenca. No pensó el duque que urgiese adoptar semejante medida, y ya fuese enemistad contra Venegas, o ya natural descuido, no contestó a su aviso, continuando en idear nuevos planes que tampoco tuvieron ejecución.
Retírase Venegas
a Uclés.
Apurando las circunstancias y no recibiendo instrucción alguna del general en jefe, juntó Venegas un consejo de guerra, en el que unánimemente se acordó pasar a Uclés como posición más ventajosa, e incorporarse allí con Senra, en donde aguardarían ambos las órdenes del duque. Verificose la retirada en la noche del 11 de enero, y unidos al amanecer del 12 los mencionados Venegas y Senra, contaron juntos unos 8 a 9000 infantes y 1500 caballos. Trató desde luego el primero de aprovecharse de las ventajas que le ofrecía la situación de Uclés, villa sujeta a la orden de Santiago y para batallas de mal pronóstico por la que en sus campos se perdió contra los moros en el reinado de Alonso el VI. La derecha de la posición era fuerte, consistiendo en varias alturas aisladas y divididas de otras por el riachuelo de Bedijar. En el centro está el convento llamado Alcázar, y desde allí por la izquierda corre un gran cerro de escabrosa subida del lado del pueblo, pero que termina por el opuesto en pendiente más suave y de fácil acceso. Venegas apostó en Tribaldos, pueblo cercano, algunas tropas al mando de Don Veremundo Ramírez de Arellano, que en la tarde y anochecer del 12 comenzaron ya a tirotearse con los franceses, replegándose a Uclés en la mañana siguiente, acometidas por sus superiores fuerzas.
Batalla de Uclés.
Con aviso de que los enemigos se acercaban, el general Venegas, aunque amalado y con los primeros síntomas de una fiebre pútrida, se situó en el patio del convento de donde divisaba la posición y el llano que se abre al pie de Uclés, yendo a Tribaldos. Distribuyó sus infantes en las alturas de derecha e izquierda, y puso abajo en la llanura la caballería. Solo había un obús y tres cañones que se colocaron, uno en la izquierda, dos en el convento y otro en el llano con los jinetes.
El mariscal Victor había salido de Aranjuez con el número de tropas indicado, y fue en busca de los españoles sin saber de fijo su paradero. Para descubrirle tiró el general Villatte con su división derecho a Uclés, y el mariscal Victor con la del general Ruffin la vuelta de Alcázar. Fue Villatte quien primero se encontró con los españoles, obligándolos a retirarse de Tribaldos, desde donde avanzó al llano con dos cuerpos de caballería y dos cañones. Al ver aquel movimiento creyó Venegas amagada su derecha, y por tanto atendió con particularidad a su defensa. Mas los franceses, a las diez de la mañana, tomando por el camino de Villarrubio, se acercaron con fuerza considerable a las alturas de la izquierda, punto flaco de la posición, cubierto con menos gente y al que su caballería pudo subir a trote. Venegas, queriendo entonces sostener la tropa allí apostada que comenzaba a ciar, envió gente de refresco y para capitanearla a Don Antonio Senra. Ya era tarde: los enemigos avanzando rápidamente arrollaron a los nuestros, e inútilmente desde el convento quiso Venegas detenerlos. Contuso él mismo y ahuyentado con todo su estado mayor, dificultosamente pudo salvarse, cayendo a su lado muerto el bizarro oficial de artillería Don José Escalera. Deshecho nuestro costado izquierdo empezó a desfilar el derecho; y la caballería, que en su mayor parte permanecía en el llano, trató de retirarse por una garganta que forman las alturas de aquel lado. Consiguiéronlo felizmente los dragones de Castilla, Lusitania y Tejas, mas no así los regimientos de la Reina, Príncipe y Borbón, cuyo mando había reasumido el marqués de Albudeite. Estos, no pudiendo ya pasar impedidos por los fuegos de los franceses, que dueños del convento coronaban las cimas, volvieron grupa al llano y faldeando los cerros caminaron de priesa y perseguidos la vía de Paredes. Desgraciadamente hacia el mismo lado tropezando la infantería con la división de Ruffin, había casi toda tenido que rendirse; de lo cual advertidos nuestros jinetes, en balde quisieron salvarse, atajados con el cauce de un molino y acribillados por el fuego de seis cañones enemigos que dirigía el general Senarmont. No hubo ya entonces sino confusión y destrozo, y sucedió con la caballería lo mismo que con los infantes: los más de sus individuos perecieron o fueron hechos prisioneros: contose entre los primeros al marqués de Albudeite. Tal fue el remate de la jornada de Uclés, una de las más desastradas, y en la que, por decirlo así, se perdieron las tropas que antes mandaban Venegas y Senra. Solo se salvaron dos o tres cuerpos de caballería y también algunas otras reliquias que libertó la serenidad y esfuerzo de Don Pedro Agustín Girón, uniéndose todos al duque del Infantado que ya se hallaba en Carrascosa.
Justos cargos hubieran podido pesar sobre los jefes que empeñaron semejante acción, o fueron causa de que se malograse. El general Venegas y el del Infantado procuraron defenderse ante el público acusándose mutuamente. Pensamos que en la conducta de ambos hubo motivos bastantes de censura si ya no de responsabilidad. Aconsejaba la prudencia al primero retirarse más allá de Uclés, e ir a unirse al cuerpo principal del ejército, no faltándole para ello ni oportunidad ni tiempo; y al segundo prescribíale su obligación dar las debidas instrucciones y contestar a los oficios del otro, no sacrificando a piques y mezquinas pasiones el bien de la patria, el pundonor militar.