Embarazosa
también
la situación
de Saint-Cyr.

Admiró a algunos que el general Saint-Cyr permaneciese ocioso, alcanzadas tales ventajas, y atribuíanlo a la condición perezosa de que le tachaban. Pero otros motivos obraron en su mente para proceder con lentitud y circunspección. Había en su ejército a pesar de los acopios cogidos mucha escasez por la necesidad de abastecer a Barcelona; el país que le rodeaba estaba ya agotado, la comunicación con Francia no fácil, y los obstáculos mayores cada día por el pronto retoño de la guerra de somatenes, contra cuyos continuos y desparramados esfuerzos se estrellaba la pericia de los generales franceses.

Acontecimientos
de Tarragona.

Era por cierto situación esta embarazosa para ellos, y de grande ayuda para los españoles, cuyos dispersos se iban allegando a Tarragona. En sus muros alborotose el pueblo, y amenazó de muerte al general Vives, quien para preservarse de una catástrofe casi inevitable, rotos los vínculos de la subordinación, dejó el mando, Sucede Reding
a Vives. que recayó en Don Teodoro Reding, grato a la opinión popular. Poco a poco recobró la autoridad su fuerza, la junta se trasladó a Tortosa, y el nuevo general con actividad y celo empezó a arreglar el ejército, a la sazón descompuesto e insubordinado. Todo anunciaba mejora, mas todo se malogró, como veremos después por la fatal manía de dar batallas, y también por el laudable deseo de socorrer a Zaragoza.

Segundo sitio
de Zaragoza.

Esta ciudad, si bien ilustró su nombre en el primer sitio, ahora le engrandeció en el segundo, perpetuándole con nuevas proezas y con su imperturbable constancia, en medio de padecimientos y angustias. Situada no lejos de la frontera de Francia temiose contra ella ya en septiembre un nuevo y más terrible acometimiento. Preparativos
de defensa. Palafox como general advertido aprestose a repelerle, fortificando con esmero y en cuanto se podía población tan extensa y descubierta. Encargó la dirección de las obras a Don Antonio Sangenís, ya célebre por lo que trabajó en el primer sitio. El tiempo y los medios no permitían convertir a Zaragoza en plaza respetable. Hubo varios planes para fortalecerla: adoptose como más fácil el de una fortificación provisional, aprovechándose de los edificios que había en su recinto. Por la margen derecha del Ebro se recompuso y mejoró el castillo de la Aljafería, estableciendo comunicación con el Portillo por medio de una doble caponera, y asegurando bastantemente la defensa hasta la Puerta de Sancho. Del otro lado del castillo hasta el puente de Huerva se habían fortificado los conventos intermedios, se había levantado un terraplén revestido de piedra, abierto en partes un foso y construido en el mismo puente un reducto que se denominó del Pilar. De allí un atrincheramiento doble se extendía al monasterio de Santa Engracia, cuyas ruinas se habían grandemente fortalecido. En seguida y hasta el Ebro defendían la ciudad varias obras y baterías, no habiéndose descuidado fortificar el convento de San José, que situado a la derecha de Huerva descubría los ataques del enemigo, y protegía las salidas de los sitiados. En el monte Torrero solo se levantó un atrincheramiento, no creyendo el puesto susceptible de larga resistencia. Por la ribera izquierda del Ebro se resguardó el Arrabal con reductos y flechas, revestidos de ladrillo o adobe, haciendo además cortaduras en las calles y aspillerando las casas. Otro tanto se practicó en la ciudad, tapiando los pisos bajos, atronerando los otros y abriendo comunicaciones por las paredes medianeras. Las quintas y edificios, los jardines y los árboles que en derredor del recinto quedaban aún en pie después de los destrozos del primer sitio, se arrasaron para despejar los contornos. Todos los moradores a porfía y con afanado ahinco coadyuvaron a la pronta conclusión de los trabajos emprendidos.

La artillería no era en general de grueso calibre. Había unas 60 piezas de a 16 y 24, sacadas por la mayor parte del canal en donde los franceses las habían arrojado: apenas se hizo uso de los morteros por falta de bombas. Se reservaban en los almacenes provisiones suficientes para alimentar 15.000 hombres durante seis meses; cada vecino tenía un acopio particular para su casa, y los conventos muchas y considerables vituallas. En un principio no se contaba para la defensa sino con 14 o 15.000 hombres: aumentáronse hasta 28.000 con los dispersos de Tudela que se incorporaron a la guarnición. Era segundo de Palafox Don Felipe Saint-March; mandaba la artillería el general Villalba, y los ingenieros el coronel Sangenís. Componíase la caballería de 1400 hombres a las órdenes del general Butrón.

Disposiciones
de los franceses.

Los franceses después de la batalla de Tudela también se preparaban por su parte a comenzar el sitio, reuniendo en Alagón las tropas y medios necesarios. El mariscal Moncey aguardaba allí con el tercer cuerpo la llegada del quinto que mandaba el mariscal Mortier, destinados ambos a aquel objeto, y ascendiendo sus fuerzas reunidas a 35.000 hombres, sin contar con seis compañías de artillería, ocho de zapadores y tres de minadores que se agregaron. Mandaba la primera el general Dedon, y los ingenieros el general Lacoste. A todos y en jefe debía capitanear el mariscal Lannes, que por indisposición se detuvo algunos días en Tudela.

Preséntanse
delante
de Zaragoza.