Estos habiendo establecido el 9 ocho baterías, empezaron en la mañana del 10 el bombardeo, y a batir en brecha el reducto del Pilar y el convento de San José, que aunque bien defendido por Don Mariano Renovales, no podía resistir largo tiempo. Era edificio antiguo, con paredes de poco espesor, y que desplomándose, en vez de cubrir dañaban con su caída a los defensores. Hiciéronse sin embargo notables esfuerzos, Manuela Sancho. sobresaliendo en bizarría una mujer llamada Manuela Sancho, de edad de veinticuatro años, natural de Plenas en la serranía. El 11 dieron los franceses el asalto, teniendo que emplear en su toma las mismas precauciones que para una obra de primer orden.

Alojados en aquel convento fueron dueños de la hondonada de Huerva, pero no podían avanzar al recinto de la plaza sin enseñorearse del reducto del Pilar, cuyos fuegos los incomodaban por su izquierda. El 11 también este punto había sido atacado con empeño, sin que los franceses alcanzasen su objeto. Mandaba Don Domingo Larripa, y se señaló con sus acertadas providencias, así como el oficial de ingenieros Don Marcos Simonó, y el comandante de la batería Don Francisco Betbezé. Por la noche hicieron los nuestros una salida que difundió el terror en el campo enemigo, hasta que su ejército vuelto en sí y puesto sobre las armas obligó a la retirada. Arrasado el 15 el reducto, quedando solo escombros y muertos los más de los oficiales que le defendían, fue abandonado entre ocho y nueve de la noche, volando al mismo tiempo el puente de Huerva, en que se apoyaba su gola.

Resolución
de los moradores.

Entre este y el Ebro del lado de San José no restaba ya a Zaragoza otra defensa sino su débil recinto y las paredes de sus casas; pero habitadas estas por hombres resueltos a pelear de muerte, allí empezó la resistencia más vigorosa, más tenaz y sangrienta.

Enfermedades
y contagio.

De la determinación de defender las casas nació la necesidad de abandonarlas, y de que se agolpase parte de la población a los barrios más lejanos del ataque, con lo cual crecieron en ellos los apuros y angustias. El bombardeo era espantoso desde el 10, y para guarecerse de él, amontonándose las familias en los sótanos, inficionaban el aire con el aliento de tantos, con la falta de ventilación, y el continuado arder de luces y leña. De ello provinieron enfermedades que a poco se transformaron en horroroso contagio. Contribuyeron a su propagación los malos y no renovados alimentos, la zozobra, el temor, la no interrumpida agitación, las dolorosas nuevas de la muerte del padre, del esposo, del amigo; trabajos que a cada paso martillaban el corazón.

Los franceses continuaron sus obras concluyendo el 21 la tercera paralela de la derecha, y entonces fijaron el emplazamiento de contrabaterías y baterías de brecha del recinto de la plaza. Procuraban los españoles por su parte molestar al enemigo con salidas, y ejecutando acciones arrojadas, largas de referir.

Temores
de los franceses.

No solo padecían los franceses con el daño que de dentro de Zaragoza se les hacía, sino que también andaban alterados con el temor de que de fuera los atacasen cuadrillas numerosas: y se confirmaron en ello con lo acaecido en Alcañiz. Por aquella parte y camino de Tortosa habían destacado para acopiar víveres al general Wathier con 600 caballos y 1200 infantes. Gente
que perdieron
en Alcañiz. En su ruta fue este molestado por los paisanos y algunos soldados sueltos, en términos que deseoso de destruirlos los acosó hasta Alcañiz, en cuyas calles los perseguidos y los moradores defendiéronse con tal denuedo que para enseñorearse de la población perdieron los franceses más de 400 hombres.

Acrecentose su desasosiego con las voces esparcidas de que el marqués de Lazán y Don Francisco Palafox venían al socorro de Zaragoza; voces entonces falsas, pues Lazán estaba lejos en Cataluña, y su hermano Don Francisco, si bien había pasado a Cuenca a implorar la ayuda del duque del Infantado, no le fue a este lícito condescender con lo que pedía. Daba ocasión al engaño una corta división de 4 a 5000 hombres que Don Felipe Perena, saliendo de Zaragoza, reunió fuera de sus muros, y la cual, ocupando a Villafranca, Leciñena y Zuera, recorría la comarca.