Por escasas que fuesen semejantes fuerzas instaba a los franceses destruirlas: cuando no, podían servir de núcleo a la organización de otras mayores. Llegada del
mariscal Lannes. Favoreció a su intento la llegada el 22 de enero del mariscal Lannes. Restablecido de su indisposición acudía este a tomar el mando supremo del tercero y quinto cuerpo, que mandados separadamente por jefes entre sí desavenidos, no concurrían a la formación del sitio con la debida unión y celeridad. Puesto ahora el poder en una sola mano notáronse luego sus efectos. Llama a Mortier. Por de pronto ordenó Lannes al mariscal Mortier que de Calatayud volviese con la división del general Suchet, y que con ella, y el apoyo de la de Gazan que bloqueaba el Arrabal, Dispersa este
a Perena. marchase al encuentro de la gente de Perena, que los franceses creían ser Don Francisco de Palafox. Aquel oficial dejando hacia Zuera alguna fuerza, replegose con el resto desde Perdiguera, donde estaba, a nuestra Señora de Magallón. Gente la suya nueva y allegadiza, ahuyentáronla fácilmente los franceses de las cercanías de Zaragoza, y pudieron continuar el sitio sin molestia ni diversión de afuera.
Redoblando pues su furia contra la ciudad abrieron espaciosa brecha en su recinto, y ya no les quedaba sino pasar el Huerva para intentar el asalto. Construyeron dos puentes, y en la orilla izquierda dos plazas de armas donde se reuniese la gente necesaria al efecto. Los nuestros, sin dejar de defender algunos puntos aislados que les quedaban fuera, perfeccionaban también sus atrincheramientos interiores.
Asalto
de los franceses
al recinto
de la ciudad.
El 27 determinaron los enemigos dar el asalto. Dos brechas practicables se les ofrecían, una enfrente del convento de San José, y otra más a la derecha cerca de un molino de aceite que ocupaban. En el ataque del centro habían también abierto una brecha en el convento de Santa Engracia, y por ella y las otras dos corrieron al asalto en aquel día a las doce de la mañana. La campana de la torre nueva avisó a los sitiados del peligro. Todos a su tañido se atropellaron a las brechas. Por la del molino embistieron los franceses, y se encaramaron sin que los detuvieran dos hornillos a que se prendió fuego; mas un atrincheramiento interior y una granizada de balas, metralla y granadas, los forzaron a retirarse, limitándose a coronar con dificultad lo alto de la brecha por medio de un alojamiento. Enfrente de San José, rechazados repetidas veces, consiguieron al fin meterse desde la brecha en una casa contigua, y hubieran pasado adelante a no haberlos contenido la intrepidez de los sitiados. El ataque contra Santa Engracia, si bien al principio ventajoso al enemigo, saliole después más caro que los otros. Tomaron en efecto sus soldados aquel monasterio, enseñoreáronse del convento inmediato de las Descalzas, y enfilando desde él la larga cortina que iba de Santa Engracia al puente de Huerva obligaron a los españoles a abandonarla. Alentados los franceses con la victoria se extendieron hasta la Puerta del Carmen, y llevados de igual ardor los que de ellos guardaban la paralela del centro, acometieron por la izquierda, se hicieron dueños del convento de Trinitarios descalzos, y ya avanzaban a la Misericordia cuando se vieron abrasados con el fuego de dos cañones, y el daño que recibían de calles y casas. Los nuestros persiguiéndolos hicieron una salida, y hasta se metieron en el convento de trinitarios, que fuera otra vez suyo sin el pronto socorro que trajo a los contrarios el general Morlot. Murieron de los franceses 800 hombres, en cuyo número se contaron varios oficiales de ingenieros.
Muerte
de Sangenís.
Pero de esta clase tuvieron los españoles que llorar al siguiente día la dolorosa pérdida del comandante Don Antonio Sangenís, que fue muerto en la batería llamada Palafox al tiempo que desde ella observaba los movimientos del enemigo. Tenía cuarenta y tres años de edad, y amábanle todos por ser oficial valiente, experimentado y entendido. Y aunque de condición afable, era tal su entereza que desde el primer sitio había dicho: «no se me llame a consejo si se trata de capitular, porque nunca será mi opinión que no podamos defendernos.»
Estragos
de bombardeo
y epidemia.
El bombardeo mientras tanto continuaba sus estragos, siendo mayores los de la epidemia, de que ya morían 350 personas por día, y los hubo en que fallecieron 500. Faltaban los medicamentos, estaban henchidos de enfermos los hospitales, costaba una gallina cinco pesos fuertes, carecíase de carne y de casi toda legumbre. Ni había tiempo ni espacio para sepultar los muertos, cuyos cadáveres hacinados delante de las iglesias, esparcidos a veces y desgarrados por las bombas, ofrecían a la vista espantoso y lamentable espectáculo. Confiado el mariscal Lannes de que en tal aprieto se darían a partido los españoles, sobre todo si eran noticiosos de lo que en otras partes ocurría, Intimación
de Lannes.
Dicho de Palafox. envió un parlamento comunicando los desastres de nuestros ejércitos y la retirada de los ingleses. Mas en balde: los zaragozanos nada escucharon; en vez de amilanarse crecía su valor al par de los apuros. Su caudillo, firme como ellos, repetía: «defenderé hasta la última tapia.»
Resistencia
en casas
y edificios.
Los franceses entonces yendo adelante en sus embestidas, inútilmente quisieron el 28 y 29 apoderarse por su derecha de los conventos de San Agustín y Santa Mónica. Tampoco pudieron vencer el obstáculo de una casa intermedia que les quedaba para penetrar en la calle de la Puerta quemada. Lo mismo les sucedió con una manzana contigua a Santa Engracia, empezando entonces a disputarse con encarnizamiento la posesión de cada casa, y de cada piso, y de cada cuarto.