Minas
de los franceses.
Siendo muy mortífero para los franceses este desconocido linaje de defensa, resolvieron no acometer a pecho descubierto, y emprendieron por medio de minas una guerra terrible y escondida. Aunque en ella les daban su saber y recursos grandes ventajas, no por eso se abatieron los sitiados; y sosteniéndose entre las ruinas y derribos que causaban las minas enemigas, no solo procuraban conservar aquellos escombros, sino que también querían recuperar los perdidos. Intentáronlo aunque en vano con el convento de Trinitarios descalzos. La lid fue porfiada y sangrienta; quedó herido el general francés Rostollant y muertos muchos de sus oficiales. Nuestros paisanos y soldados abalanzábanse al peligro como fieras. Patriotismo
y fervor
de algunos
eclesiásticos. Y sacerdotes piadosos y atrevidos no cesaban de animarlos con sus lenguas y dar consuelos religiosos a los que caían heridos de muerte, siendo a veces ellos mismos víctima de su fervor. Augusto entonces y grandioso ministerio, que al paso que desempeñaba sus propias y sagradas obligaciones, cumplía también con las que en tales casos y sin excepción exige la patria de sus hijos.
A fuerza de empeño y trabajos, y valiéndose siempre de sus minas, se apoderaron los franceses el 1.º de febrero de San Agustín y Santa Mónica, y esperaron penetrar hasta el Coso por la calle de la Puerta quemada; empresa la última que se les malogró con pérdida de 200 hombres. Dolorosa fue también para ellos la toma en aquel día de algunas casas en la calle de Santa Engracia, Muerte del
general Lacoste. cayendo atravesado de una bala por las sienes el general Lacoste, célebre ya en otros nombrados sitios. Sucediole Mr. Rogniat, herido igualmente en el siguiente día.
Murmuraciones
del ejército
francés.
Aunque despacio, y por decirlo así, a palmos, avanzaba el enemigo por los tres puntos principales de su ataque que acabamos de mencionar. Mas como le costaba tanta sangre, excitáronse murmuraciones y quejas en su ejército, las cuales estimularon al mariscal Lannes a avivar la conclusión de tan fatal sitio, acometiendo el Arrabal.
Embestida
del Arrabal.
Seguía en aquella parte el general Gazan, habiéndose limitado hasta entonces a conservar riguroso bloqueo. Ahora según lo dispuesto por Lannes, emprendió los trabajos de sitio. El 7 de febrero embistieron ya sus soldados el convento de Franciscanos de Jesús a la derecha del camino de Barcelona. Tomáronle después de tres horas de fuego, arrojando de dentro a 200 hombres que le guarnecían; y no pudiendo ir más adelante por la resistencia que los nuestros les opusieron, paráronse allí y se atrincheraron.
Los progresos
del enemigo
en la ciudad.
Trató Lannes al mismo tiempo de que se diesen la mano con este ataque los de la ciudad, y puso su particular conato en que el de la derecha de San José se extendiese por la universidad y Puerta del Sol hasta salir al pretil del río. Tampoco descuidó el del centro, en donde los sitiados defendieron con tal tenacidad unas barracas que había junto a las ruinas del hospital, que según la expresión de uno de los jefes enemigos «era menester matarlos para vencerlos». Allí el sitiador, ayudado de los sótanos del hospital, atravesó la calle de Santa Engracia por medio de una galería, y con la explosión de un hornillo se hizo dueño del convento de San Francisco: hasta que subiendo por la noche al campanario el coronel español Fleury acompañado de paisanos, agujerearon juntos la bóveda y causaron tal daño a los franceses desde aquella altura, que huyeron estos recobrando después a duras penas el terreno perdido.
Nuevas
murmuraciones
del ejército
francés.