Los combates de todos lados eran continuos, y aunque los sostenían por nuestra parte hombres flacos y macilentos, ensañábanse tanto, que creciendo las quejas del soldado enemigo, exclamaba: «que se aguardasen refuerzos, si no se quería que aquellas malhadadas ruinas fuesen su sepulcro.»
Toma del Arrabal.
Urgía pues a Lannes acabar sitio tan extraño y porfiado. El 18 de febrero volvió a seguirse el ataque del Arrabal; y con horroroso fuego, al paso que de un lado se derribaban frágiles casas, flanqueábase del otro el puente del Ebro para estorbar todo socorro, pereciendo al querer intentarlo el barón de Versages. A las dos de la tarde abierta brecha, penetraron los franceses en el convento de mercenarios llamado de San Lázaro. Fundación del rey don Jaime el Conquistador y edificio grandioso, fue defendido con el mayor valor; y en su escalera, de construcción magnífica, anduvo la lucha muy reñida: perecieron casi todos los que le guarnecían. Ocupado el convento por los franceses, quedó a los demás soldados del Arrabal cortada la retirada. Imposible fue, excepto a unos cuantos, repasar el puente, siendo tan tremendo el fuego del enemigo que no parecía sino que a manera de las del Janto, se habían incendiado las aguas del Ebro. En tamaño aprieto echaron los más de los nuestros por la orilla del río, capitaneándolos el comandante de Guardias españolas Manso; pero perseguidos por la caballería francesa, enfermos, fatigados y sin municiones, tuvieron que rendirse. Con el Arrabal perdieron los españoles entre muertos, heridos y prisioneros 2000 hombres.
Furioso ataque
que los franceses
preparan.
Dueños así los franceses de la orilla izquierda del Ebro, colocaron en batería 50 piezas, con cuyo fuego empezaron a arruinar las casas situadas al otro lado en el pretil del río. Ganaban también terreno dentro de la ciudad, extendiéndose por la derecha del Coso; y ocupado el convento de Trinitarios calzados se adelantaron a la calle del Sepulcro, procurando de este modo concertar diversos ataques. En tal estado, meditando dar un golpe decisivo, habían formado seis galerías de mina que atravesaban el Coso, y cargando cada uno de los hornillos con 3000 libras de pólvora, confiaban en que su explosión causando terrible espanto en los zaragozanos los obligaría a rendirse.
Deplorable estado
de la ciudad.
No necesitaron los franceses acudir a medio tan violento. Menos eran de 4000 los hombres que en la ciudad podían sustentar las armas, 14.000 estaban postrados en cama, muchos convalecientes y los demás habían perecido al rigor de la epidemia y de la guerra. Desvanecíanse las esperanzas de socorro; Enfermedad
de Palafox. y el mismo general Don José de Palafox, acometido de la enfermedad reinante, tuvo que transmitir sus facultades a una junta que se instaló en la noche del 18 al 19 de febrero. Componíase esta de 34 individuos, siendo su presidente Don Pedro María Ric, regente de la audiencia. Rodeada de dificultades convocó la nueva autoridad a los principales jefes militares, quienes trazando un tristísimo cuadro de los medios que quedaban de defensa, inclinaron los ánimos a capitular. Discutiose no obstante largamente la materia; mas pasando a votación, hubo de los vocales 26 que estuvieron por la rendición, y solo ocho, entre ellos Ric, se mantuvieron firmes en la negativa. En virtud de la decisión de la mayoría, enviose al cuartel general enemigo un parlamento, a nombre de Palafox, aceptando con alguna variación las ofertas que el mariscal Lannes había hecho días antes: pero este por tardía desechó con indignación la propuesta.
Propone la junta
capitular.
La junta entonces pidió por sí misma suspensión de hostilidades. Aceptó el mariscal francés con expresa condición de que dentro de dos horas se le presentasen sus comisionados a tratar de la capitulación. En el pueblo y entre los militares había un partido numeroso que reciamente se oponía a ella, por lo cual hubo de usarse de precauciones.
Conferencia
con Lannes.