Sus providencias.
José luego que entró en Madrid en vano procuró tomar providencias que volviendo la paz y orden al reino, cautivasen el ánimo de sus nuevos súbditos. Ni tenía para ello medios bastantes, ni era fácil que el pueblo español lastimado hasta en lo más hondo de su corazón, escuchase una voz que a su entender era fingida y engañosa. Desgraciada por lo menos fue y de mal sonido la primera que resonó en los templos, y que se transmitió por medio de una circular fecha en 24 de enero. Ordenábase en su contenido con promesa de la futura evacuación de los franceses cantar en todos los pueblos un Te Deum en acción de gracias por las victorias que había en la península alcanzado Napoleón, que era como obligar a los españoles a celebrar sus propias desdichas.
Comisarios
regios.
Al mismo tiempo salieron para las provincias con el título de comisarios regios sujetos de cuenta a restablecer el orden y las autoridades, predicar la obediencia y representar en todo y extraordinariamente la persona del monarca. Hubo de estos quienes trataron de disminuir los males que agobiaban a los pueblos; hubo otros que los acrecentaron desempeñando su encargo en provecho suyo y con acrimonia y pasión. Su influjo no obstante era casi siempre limitado, teniendo que someterse a la voluntad varia y antojadiza de los generales franceses.
Solo en Madrid se guardaba mayor obediencia al gobierno de José, y solo con los recursos de la capital y sobre todo con los derechos cobrados a la entrada de puertas podía aquel contar para subvenir a los gastos públicos. Estos en verdad no eran grandes, ciñéndose a los del gobierno supremo, pues ni corría de su cuenta el pago del ejército francés, ni tenía aun tropa ni marina española que aumentasen los presupuestos del estado. Tropa española. Sin embargo fue uno de sus primeros deseos formar regimientos españoles. La derrota de Uclés y las que la siguieron, proporcionaron a las banderas de José algunos oficiales y soldados. Pero los madrileños miraban a estos individuos con tal ojeriza y desvío, tiznándolos con el apellido de jurados, que no pudo al principio el gobierno intruso enregimentar ni un cuerpo completo de españoles. Apenas se veía el soldado vestido y calzado y repuesto de sus fatigas, pasaba del lado de los patriotas, y no parecía sino que se había separado temporalmente de sus filas para recobrar fuerzas, y empuñar armas que le volviesen la estimación perdida. Por eso ya en enero dieron en Madrid un decreto riguroso contra los ganchos y seductores de soldados y paisanos que de nada sirvió, empeñando este género de medidas en actos arbitrarios y de cada vez más odiosos cuando la opinión se muestra contraria y universal.
Junta criminal.
Así fue que en 16 de febrero creó el gobierno de José una junta criminal extraordinaria compuesta de cinco alcaldes de corte, la cual entendiendo en las causas de asesinos y ladrones, debía también juzgar a los patriotas. En el decreto [*] (* Ap. n. [8-2].) de su creación confundíanse estos bajo el nombre de revoltosos, sediciosos y esparcidores de malas nuevas, y no solo se les imponía a todos la misma pena, sino también a los que usasen de puñal o rejón. Espantosa desigualdad, mayormente si se considera que la pena impuesta era la de horca, la cual según la expresión del decreto había de ser ejecutada irremisiblemente y sin apelación. Y como si tan destemplado rigor no bastase, añadíase en su contexto que aquellos a quienes no se probase del todo su delito, quedarían a disposición del ministro de policía general para enviarlos a los tribunales ordinarios, y ser castigados con penas extraordinarias, conforme a la calidad de los casos y de las personas. Muchos perjuicios se siguieron de estas determinaciones: varias fueron las víctimas, teniendo que llorar entre ellas a un abogado respetable de nombre Escalera, cuyo delito se reducía a haber recibido cartas de un hijo suyo que militaba del lado de los patriotas. Su infausta suerte esparció en Madrid profunda consternación. Don Pablo Arribas, hombre de algunas letras, despierto, pero duro e inflexible, y que siendo ministro de policía promovía con ahinco semejantes causas, fue tachado de cruel y en extremo aborrecido, como varios de los jueces del tribunal criminal extraordinario: suerte que cabrá siempre a los que no obren muy moderadamente en el castigo de los delitos políticos, que por lo general solo se consideran tales en medio de la irritación de los ánimos, soliendo luego absolverlos la fortuna.
A las medidas de severidad del gobierno de José acompañaron o siguieron algunas benéficas que sucesivamente iremos notando. Su establecimiento sin embargo fue lento o nunca tuvo otro efecto que el de estamparse en la colección de sus decretos. Comisarios
de hacienda. Inútilmente se mandó en 24 de abril que no se impusieran contribuciones extraordinarias en las provincias sometidas, nombrando comisarios de hacienda que lo evitasen y diesen principio a arreglar debidamente aquel ramo. El continuo paso y mudanza de tropas francesas, la necesidad y la codicia y malversación de ciertos empleados impedían el cumplimiento de bien ordenadas providencias, y achacábanse a veces al gobierno intruso los daños y males que eran obra de las circunstancias. Por lo demás nunca hubo, digámoslo así, un plan fijo de administración, destruido casi en sus cimientos el antiguo, y no adoptado aún el que había de emanar de la constitución de Bayona.
Opinión
acerca de José.
José por su parte entregado demasiadamente a los deleites, poco respetado de los generales franceses, y desairado con frecuencia por su hermano, no crecía en aprecio a los ojos de la mayoría española, que le miraba como un rey de bálago, sujeto al capricho, a la veleidad y a los intereses del gabinete de Francia. Con lo cual si bien las victorias le granjeaban algunos amigos, ni su gobierno se fortalecía, ni la confianza tomaba el conveniente arraigo.