Los ingleses
quieren ocupar
la plaza.

Luego que el gobierno británico supo las derrotas de los ejércitos españoles, y temiendo que los franceses invadiesen las Andalucías, pensó poner al abrigo de todo rebate la plaza de Cádiz, y enviar tropas suyas que la guarneciesen. Para el recibimiento de estas y para proveer en ello lo conveniente envió allí a Sir Jorge Smith con la advertencia, según parece, de solo obrar por sí en el caso de que la junta central fuese disuelta, o de que se cortasen las comunicaciones con el interior. No habiendo sucedido lo que recelaba el ministerio inglés, y al contrario estando ya en Sevilla el gobierno supremo, de repente y sin otro aviso notició el Sir Jorge al gobernador de Cádiz como S. M. B. le había autorizado para exigir que se admitiese dentro de la plaza guarnición inglesa: escribiendo al mismo tiempo a Sir Juan Cradock general de su nación en Lisboa, a fin de que sin tardanza enviase a Cádiz parte de las tropas que tenía a sus órdenes. Advertida la junta central de lo ocurrido, extrañó que no se la hubiera de antemano consultado en asunto tan grave, y que el ministro inglés Mr. Frere no le hubiese hecho acerca de ello la más leve insinuación. Resentida, dióselo a entender con oportunas reflexiones, previniendo al marqués de Villel su representante en Cádiz y al gobernador, que de ningún modo permitiesen a los ingleses ocupar la plaza, guardando no obstante en la ejecución de la orden el miramiento debido a tropas aliadas.

Altercados
que hubo en ello.

A poco tiempo y al principiar febrero llegaron a la bahía gaditana con el general Mackenzie dos regimientos de los pedidos a Lisboa, y súpose también entonces por el conducto regular cuáles eran los intentos del gobierno inglés. Este confiado en que la expedición de Moore no tendría el pronto y malhadado término que hemos visto, quería, conforme manifestó, trasladar aquel ejército o bien a Lisboa, o bien al mediodía de España; y para tener por esta parte un punto seguro de desembarco, había resuelto enviar de antemano a Cádiz al general Sherbrooke con 4000 hombres que impidiesen una súbita acometida de los franceses. Así se lo comunicó Mr. Frere a la junta central, y así en Londres Mr. Canning al ministro de España Don Juan Ruiz de Apodaca, añadiendo que S. M. B. deseaba que el gobierno español examinase si era o no conveniente dicha resolución.

Parecían contrarios a los anteriores procedimientos de Sir George Smith los pasos que en la actualidad se daban, y disgustábale a la central que después de haber desconocido su autoridad se pidiese ahora su dictamen y consentimiento. No pensaba que Smith se hubiese excedido de sus facultades según se le aseguró, y más bien presumió que se achacaba al comisionado una culpa que solo era hija de resoluciones precipitadas, sugeridas por el temor de que los franceses conquistasen en breve a España. Siguiéronse varias contestaciones y conferencias que se prolongaron bastantemente. (* Ap. n. [8-4].) La junta mantúvose firme y con decoro, y terminó el asunto por medio de una juiciosa nota [*] pasada en 1.º de marzo, de cuyas resultas diose otro destino a las tropas inglesas que iban a ocupar a Cádiz.

Alboroto
en Cádiz.

Al propio tiempo y cuando aún permanecían en su bahía los regimientos que trajo el general Mackenzie, se suscitó dentro de aquella plaza el alboroto arriba indicado, cuya coincidencia dio ocasión a que unos le atribuyesen a manejos de agentes británicos, y otros a enredos y maquinaciones de los parciales de los franceses; estos para impedir el desembarco e introducir división y cizaña, aquellos para tener un pretexto de meter en Cádiz las tropas que estaban en la bahía. Así se inclina el hombre a buscar en origen oscuro y extraordinario la causa de muchos acontecimientos. En el caso presente se descubre fácilmente esta en el interés que tenían varios en conservar los abusos que iba a desarraigar el marqués de Villel; en los desacordados procedimientos del último y en la suma desconfianza que a la sazón reinaba. Conducta
extraña de Villel. El marqués en vez de contentarse con desempeñar sus importantes comisiones, se entrometió en dar providencias de policía subalterna, o solo propias del recogimiento de un claustro. Prohibía las diversiones, censuraba el vestir de las mujeres, perseguía a las de conducta equívoca, o a las que tal le parecían, dando pábulo con estas y otras medidas no menos inoportunas a la indignación pública. En tal estado bastaba el menor incidente para que de las hablillas y desabrimientos se pasase a una abierta insurrección.

Presentose con la entrada en Cádiz el 22 de febrero de un batallón de extranjeros compuesto de desertores polacos y alemanes. Desagradaba a los gaditanos que se metiesen en la plaza aquellos soldados, a su entender poco seguros: con lo que los enemigos de la central y los de Villel que eran muchos, soplando el fuego, tumultuaron la gente que se encaminó a casa del marqués para leer un pliego sospechoso a los ojos del vulgo, y el cual acababa de llegar al capitán del puerto. Manifestose el contenido a los alborotados, y como se limitase este a una orden para trasladar los prisioneros franceses de Cádiz a las islas Baleares, aquietáronse por de pronto, Riesgo que corre
su persona. más luego arreciando la conmoción fue llevado el marqués con gran peligro de su persona a las casas consistoriales. Crecieron las amenazas, y temerosos algunos vecinos respetables de que se repitiese la sangrienta y deplorable escena de Solano, acudieron a libertar al angustiado Villel acompañados del gobernador D. Félix Jones y de Fr. Mariano de Sevilla, guardián de capuchinos, que ofreció custodiarle en su convento. De entre los amotinados salieron voces de que los ingleses aprobaban la sublevación, y teniéndolas por falsas rogó el gobernador Jones al general Mackenzie que las desvaneciese, en cuyo deseo condescendió el inglés. Con lo cual, y con fenecer el día se sosegó por entonces el tumulto.

A la mañana siguiente publicó el gobernador un bando que calmase los ánimos; más enfureciéndose de nuevo el populacho quiso forzar la entrada del castillo de santa Catalina, y matar al general Caraffa que con otros estaba allí preso. Púdose afortunadamente contener con palabras a la muchedumbre, entre la que hallándose ciertos contrabandistas, Matan a Heredia. revolvieron sobre la Puerta del mar, cogieron a Don José Heredia, comandante del resguardo, contra quien tenían particular encono, y le cosieron a puñaladas. Sosiégase
el alboroto. La atrocidad del hecho, el cansancio y los ruegos de muchos calmaron al fin el tumulto, prendiendo los voluntarios de Cádiz a unos cuantos de los más desasosegados.

Ejércitos.