Afligían a los buenos patricios tan tristes y funestas ocurrencias, sin que por eso se dejase de continuar con la misma constancia en el santo propósito de la libertad de la patria. La central ponía gran diligencia en reforzar y dar nueva vida a los ejércitos que habiéndose acogido al mediodía de España le servían de valladar. En febrero del apellidado del centro y de la gente que el marqués del Palacio y después el conde de Cartaojal habían reunido en la Carolina, formose solo uno, según insinuamos, a las órdenes del último general. En Extremadura prosiguió Don Gregorio de la Cuesta juntando dispersos y restableciendo el orden y la disciplina para hacer sin tardanza frente al enemigo. De cada uno de estos dos ejércitos y de sus operaciones hablaremos sucesivamente.
El de la Mancha.
El que mandaba Cartaojal, ahora llamado de la Mancha, constaba de 16.000 infantes y más de 3000 caballos. Los que de ellos se reunieron en la Carolina tuvieron más tiempo de arreglarse; y la caballería numerosa y bien equipada, si no tenía la práctica y ejercicios necesarios, por lo menos sobresalía en sus apariencias. Debían darse la mano las operaciones de este ejército con las del general Cuesta en Extremadura, y ya antes de ser separado del mando del ejército del centro el duque del Infantado, se había convenido en febrero entre él y el de Cartaojal hacer un movimiento hacia Toledo, que distrajese parte de las fuerzas enemigas que intentaban cargar a Cuesta. Con este propósito púsose a las órdenes del duque de Alburquerque, encargado del mando de la vanguardia del ejército del centro después de la batalla de Uclés, una división formada con soldados de aquel y con otros del de la Carolina; constando en todo de 9000 infantes, 2000 caballos y 10 piezas de artillería.
Ataque de Mora.
Era el de Alburquerque mozo valiente, dispuesto para este género de operaciones. Encaminose por Ciudad Real y el país quebrado y de bosque espeso llamado la Gualdería, y se acercó a Mora que ocupaba con 500 a 600 dragones franceses el general Dijon. Aunque por equivocación de los guías y cierto desarreglo que casi siempre reinaba en nuestras marchas, no había llegado aún toda la gente de Alburquerque, particularmente la infantería, determinó este atacar a los enemigos el 18 de febrero: los cuales advertidos por el fuego de las guerrillas españolas evacuaron la villa de Mora, y solo fueron alcanzados camino de Toledo. Acometiéronlos con brío nuestros jinetes, señaladamente los regimientos de España y Pavía, mandados por sus coroneles Gámez y príncipe de Anglona, y acosándolos de cerca se cogieron unos 80 hombres, equipajes y el coche del general Dijon.
Avisados los franceses de las cercanías de tan impensado ataque, comenzaron a reunir fuerzas considerables, de lo que temeroso Alburquerque se replegó a Consuegra en donde permaneció hasta el 22. En dicho día se descubrieron los franceses por la llanura que yace delante de la villa, y desde las nueve de la mañana estuvo jugando de ambos lados la artillería, hasta que a las tres de la misma tarde sabedor Alburquerque de que 11.000 infantes y 3000 caballos venían sobre él, creyó prudente replegarse por la Cañada del puerto de Gineta. No siguió el enemigo, parándose en el bosque de Consuegra, y los españoles se retiraron a Manzanares descansadamente. Infundió esta excursión, aunque de poca importancia, seguridad en el soldado, y hubiera podido ser comienzo de otras que le hiciesen olvidar las anteriores derrotas y dispersiones.
Alburquerque
y Cartaojal.
Pero en vez de pensar los jefes en llevar a cabo tan noble resolución, entregáronse a celos y rencillas. El de Alburquerque fundadamente insistía en que se hiciesen correrías y expediciones para adiestrar y foguear la tropa; mas, inquieto y revolvedor, sustentaba su opinión de modo que, enojando a Cartaojal, mirábale este con celosa ojeriza. En tanto los franceses habían vuelto a sus antiguas posiciones, y fortaleciéndose en el ejército español y cundiendo el dictamen de Alburquerque, aparentó el general en jefe adherir a él; determinando que dicho duque fuese con 2000 jinetes la vuelta de Toledo, en donde los enemigos tenían 4000 infantes y 1500 caballos. Dobladas fuerzas que las que estos tenían había pedido aquel para la expedición, único medio de no aventurar malamente tropas bisoñas como lo eran las nuestras. Por lo mismo juzgó con razón el de Alburquerque que la condescendencia del conde de Cartaojal no era sino imaginada traza para comprometer su buena fama; con lo cual creciendo entre ambos la enemistad, acudieron con sus quejas a la central, sacrificando así a deplorables pasiones la causa pública.
Pasa
Alburquerque
al ejército
de Cuesta.
Se aprobó en Sevilla el plan del duque, pero debiendo aumentarse el ejército de Cuesta con parte del de la Mancha, por haber engrosado el suyo en Extremadura los franceses, aprovechose Cartaojal de aquella ocurrencia para dar al de Alburquerque el encargo de capitanear las divisiones de los generales Bassecourt y Echávarri, destinadas a dicho objeto. Mas compuestas ambas de 3500 hombres y 200 caballos, advirtieron todos que con color de poner al cuidado del duque una comisión importante, no trataba Cartaojal sino de alejarle de su lado. Censurose esta providencia no acomodada a las circunstancias: pues si Alburquerque empleaba a veces reprensibles manejos y se mostraba presuntuoso, desvanecíanse tales faltas con el espíritu guerrero y deseo de buen renombre que le alentaban.