El general Cuesta continuó en Deleitosa hasta el mes de marzo, no habiendo ocurrido en el intermedio sino un amago que hizo el enemigo hacia Guadalupe, de donde luego se retiró repasando el Tajo. Mas en dicho mes acercándose el mariscal Victor a Extremadura, se situó en el pueblo de Almaraz para avivar la construcción de un puente de balsas que supliese el destruido, no pudiendo la artillería transitar por los caminos que salían a Extremadura, desde los puentes que aún se conservaban intactos. Preparado lo necesario para llevar a efecto la obra, juzgó antes oportuno el enemigo desalojar a los españoles de la ribera opuesta en que ocupaban un sitio ventajoso, para cuyo fin pasaron 13.000 hombres y 800 caballos por el puente del Arzobispo, así denominado de su fundador el célebre Don Pedro Tenorio, prelado de Toledo. Puestos ya en la margen izquierda, se dividieron al amanecer del 18 en dos trozos, de los cuales uno marchó sobre las Mesas de Ibor, y otro a cortar la comunicación entre este punto y Fresnedoso. Retíranse
los nuestros. Estaba entonces el ejército de Don Gregorio de la Cuesta colocado del modo siguiente: 5000 hombres formando la vanguardia, que mandaba Henestrosa, enfrente de Almaraz; la primera división de menos fuerza, y a las órdenes del duque del Parque recién llegado al ejército, en las Mesas de Ibor; la segunda de 2 a 3000 hombres mandada por Don Francisco Trías, en Fresnedoso, y la tercera, algo más fuerte, en Deleitosa con el cuartel general, por lo que se ve que hubo desde enero aumento en su gente. El trozo de franceses que tomó del lado de Mesas de Ibor acometió el mismo 18 al duque del Parque, quien después de un reencuentro sostenido se replegó a Deleitosa, adonde por la noche se le unió el general Trías. La víspera se había desde allí trasladado Cuesta al puerto de Miravete, en cuyo punto se reunió el ejército español, habiéndosele agregado Henestrosa con la vanguardia al saber que los enemigos se acercaban al puente de Almaraz por la orilla izquierda de Tajo.
Ventajas
conseguidas
por los españoles.
Entraron los nuestros en Trujillo el 19, y prosiguieron a Santa Cruz del Puerto: la vanguardia de Henestrosa, que protegía la retirada, tuvo un choque con parte de la caballería enemiga y la rechazó, persiguiéndola con señalada ventaja camino de Trujillo. Cuesta había pensado aguardar a los franceses en el mencionado Santa Cruz; mas detúvole el temor de que quizá viniesen con fuerza superior a la suya. Continuó pues retirándose con la buena dicha de que cerca de Miajadas los regimientos del Infante y de dragones de Almansa arremetiesen al del número 10 de caballería ligera de la vanguardia francesa y le acuchillasen, matando más de 150 de sus soldados. Únese
Alburquerque
a Cuesta. Entró Cuesta en Medellín el 22, y se alejó de allí queriendo esquivar toda pelea hasta que se le uniese el duque de Alburquerque, lo cual se verificó en la tarde del 27 en Villanueva de la Serena, viniendo, según en su lugar dijimos, de la Mancha.
Batalla
de Medellín.
Juntas todas nuestras fuerzas revolvió el general Cuesta sobre Medellín en la mañana del 28, resuelto a ofrecer batalla al enemigo. Está situada aquella villa a la margen izquierda de Guadiana, y a la falda occidental de un cerro en que tiene asiento su antiguo castillo muy deteriorado, y cuyo pie baña el mencionado río. Merece particular memoria haber sido Medellín cuna del gran Hernán Cortés, existiendo todavía entonces, calle de la Feria, la casa en que nació; mas después de la batalla de que vamos a hablar, fue destruida por los franceses, no quedando ahora sino algunos restos de las paredes. Llégase a Medellín viniendo de Trujillo por una larga puente, y por el otro lado ábrese una espaciosa llanura despojada de árboles, y que yace entre la madre del río, la villa de Don Benito, y el pueblo de Mingabril. Cuesta trajo allí su gente en número de 20.000 infantes y 2000 caballos, desplegándose en una línea de una legua de largo, a manera de media luna, y sin dejar la menor reserva. Constaba la izquierda, colocada del lado de Mingabril, de la vanguardia y primera división, regidas por Don Juan de Henestrosa y el duque del Parque: el centro avanzado, y enfrente de Don Benito le guarnecía la segunda división del mando de Trías; y la derecha, arrimada al Guadiana, se componía de la tercera división del cargo del marqués de Portago, y de la fuerza traída por el duque de Alburquerque, formando un cuerpo que gobernaba el teniente general Don Francisco de Eguía. Situose Don Gregorio de la Cuesta en la izquierda, desde donde por ser el terreno algo más elevado descubría la campaña: también colocó del mismo lado casi toda la caballería, siendo el más amenazado por el enemigo.
Eran las once de la mañana cuando los franceses, saliendo de Medellín, empezaron a ordenarse a poca distancia de la villa, describiendo un arco de círculo comprendido entre el Guadiana y una quebrada de arbolado y viñedo que va de Medellín a Mingabril. Estaba en su ala izquierda la división de caballería ligera del general Lasalle, en el centro una división alemana de infantería, y a la derecha la de dragones del general Latour-Maubourg, quedando de respeto las divisiones de infantería de los generales Villatte y Ruffin. El total de la fuerza ascendía a 18.000 infantes y cerca de 3000 caballos. Mandaba en jefe el mariscal Victor.
Dio principio a la pelea la división alemana, y cargando dos regimientos de dragones repeliolos nuestra infantería que avanzaba con intrepidez. Durante dos horas lidiaron los franceses, retirándose lentamente y en silencio: nuestra izquierda progresaba, y el centro y la derecha cerraban de cerca al enemigo, cuya ala siniestra cejó hasta un recodo que forma el Guadiana al acercarse a Medellín. Las tropas ligeras de los españoles, esparcidas por el llano, amedrentaban por su número y arrojo a los tiradores del enemigo; y como si ya estuviesen seguras de la victoria, anunciaban con grande algazara que los campos de Medellín serían el sepulcro de los franceses. Por todas partes ganaba terreno el grueso de nuestra línea, y ya la izquierda iba a posesionarse de una batería enemiga a la sazón que los regimientos de caballería de Almansa y el Infante, y dos escuadrones de cazadores imperiales de Toledo, en vez de cargar a los contrarios volvieron grupa, y atropellándose unos a otros huyeron al galope vergonzosamente. En vano Don José de Zayas, oficial de gran valor y pericia, y que en realidad mandaba la vanguardia, en vano les gritaba acompañado de sus infantes firmes y serenos, «¿qué es esto? Alto la caballería. Volvamos a ellos que son nuestros...» Nada escuchaban, el pavor había embargado sus sentidos. Don Gregorio de la Cuesta al advertir tamaño baldón partió aceleradamente para contener el desorden; mas atropellado y derribado de su caballo estuvo próximo a caer en manos de los jinetes enemigos, que pasando adelante en su carga afortunadamente no le percibieron. Aunque herido en el pie, maltratado y rendido con sus años, pudo Cuesta volver a montar a caballo, y libertarse de ser prisionero.
Abandonada nuestra infantería de la izquierda por la caballería, fue desunida y rota, y cayendo sobre nuestro centro y derecha, que al mismo tiempo eran atacados por su frente, desapareció la formación de nuestra dilatada y endeble línea como hilera de naipes. El duque de Alburquerque fue el solo que pudo por algún tiempo conservar el orden, para tomar una loma plantada de viña que había a espaldas del llano; pero estrechada su gente por los dispersos, y aterrada con los gritos de los acuchillados, desarreglose simultáneamente, corriendo a guarecerse de los viñedos. Desde entonces todo el ejército no presentó ya otra forma sino la de una muchedumbre desbandada, huyendo a toda priesa de la caballería enemiga, que hizo gran mortandad en nuestros pobres infantes. Durante mucho tiempo los huesos de los que allí perecieron se percibían y blanqueaban, contrastando su color macilento en tan hermoso llano con el verde y matizadas flores de la primavera. Fue nuestra pérdida entre muertos, heridos y prisioneros de 10.000 hombres; la de los franceses, aunque bastante inferior, no dejó de ser considerable.
Así terminó y tan desgraciadamente la batalla de Medellín. Gloriosa para la infantería no lo fue para algunos cuerpos de caballería, que castigó severamente Don Gregorio de la Cuesta suspendiendo a tres coroneles, y quitando a los soldados una pistola hasta que recobrasen en otra acción el honor perdido. Pero por reprensible que en efecto fuese la conducta de estos, en nada descargaba a Cuesta del temerario arrojo de empeñar una batalla campal con tropas bisoñas y no bien disciplinadas, en una posición como la que escogió y en el orden en que lo hizo, sin dejar a sus espaldas cuerpo alguno de reserva. Claro era que rota una vez la línea quedaba su ejército deshecho, no teniendo en que sostenerse ni punto adonde abrigarse, al paso que los franceses, aun perdida por ellos la batalla, podían cubrirse detrás de unas huertas cerradas con tapia que había a la salida de Medellín, y escudarse luego con el mismo pueblo desamparado de los vecinos, apoyándose en el cerro del castillo. Sus resultas. Don Gregorio de la Cuesta con los restos de su ejército se retiró a Monasterio, límite de Extremadura y Andalucía, y en cuyo fuerte sitio debiera haber aguardado a los franceses si hubiera procedido como general entendido y prudente.
Determinaciones
de la central.