La junta central al saber la rota de Medellín no sintió descaído su ánimo, a pesar del peligro que de cerca la amagaba. Elevó a la dignidad de capitán general a Don Gregorio de la Cuesta, al paso que temía su antiguo resentimiento en caso de que hubiese triunfado, y repartió mercedes a los que se habían conducido honrosamente, no menos que a los huérfanos y viudas de los muertos en la batalla. Púsose también el ejército de la Mancha a las órdenes de Cuesta, Venegas sucede
a Cartaojal. aunque se nombró para mandarle de cerca a Don Francisco Venegas, restablecido de una larga enfermedad, y fue llamado el conde de Cartaojal, cuya conducta apareció muy digna de censura por lo ocurrido en Ciudad Real, pues allí no hubo sino desorden y confusión, y por lo menos en Medellín se había peleado.
Reflexiones.
Ahora haciendo corta pausa séanos lícito examinar la opinión de ciertos escritores, que al ver tantas derrotas y dispersiones han querido privar a los españoles de la gloria adquirida en la guerra de la independencia. Pocos son en verdad los que tal han intentado, y en alguno muéstrase a las claras la mala fe, alterando o desfigurando los hechos más conocidos. En los que no han obrado impelidos de mezquinas y reprehensibles pasiones, descúbrese luego el origen de su error en aquel empeño de querer juzgar la defensa de España como el común de las guerras, y no según deben juzgarse las patrióticas y nacionales. En las unas gradúase su mérito conforme a reglas militares; en las otras ateniéndose a la constancia y duración de la resistencia. «Median imperios [decía Napoleón en Leipzig] entre ganar o perder una batalla.» Y decíalo con razón en la situación en que se hallaba; pero no así a haber sostenido la Francia su causa, como lo hizo con la de la libertad al principio de la revolución. La Holanda, los Estados Unidos, todas las naciones en fin que se han visto en el caso de España, comenzaron por padecer descalabros y completas derrotas, hasta que la continuación de la guerra convirtió en soldados a los que no eran sino meros ciudadanos. Con mayor fundamento debía acaecer lo mismo entre nosotros. La Francia era una nación vecina, rica y poderosa, de donde sin apuro podían a cada paso llegar refuerzos. Sus ejércitos en gran parte no eran puramente mercenarios: producto de su revolución conservaban cierto apego al nombre de patria, y quince años de guerra y de esclarecidos triunfos les habían dado la pericia y confianza de invencibles conquistadores. Austriacos, prusianos, rusos, ingleses, preparados de antemano con cuantiosos medios, con tropas antiguas y bien disciplinadas, les habían cedido el campo en repetidas lides. ¿Qué extraño pues sucediese otro tanto a los españoles en batallas campales, en que el saber y maña en evoluciones y maniobras valían más que los ímpetus briosos del patriotismo? Al empezar la insurrección en mayo ya vimos cuán desapercibida estaba España para la guerra con 40.000 soldados escasos, inexpertos y mal acondicionados; dueños los franceses de muchas plazas fuertes, y teniendo 100.000 hombres en el corazón del reino. Y sin embargo, ¿qué no se hizo? En los primeros meses victoriosos los españoles en casi todas partes, estrecharon a sus contrarios contra el Pirineo. Cuando después reforzados estos inundaron con sus huestes los campos peninsulares, y oprimieron con su superioridad y destreza a nuestros ejércitos, la nación ni se desalentó, ni se sometieron los pueblos fácil ni voluntariamente. Y en enero embarcados los ingleses, solos los españoles, teniendo contra sí más de 200.000 enemigos, mirada ya en Europa como perdida su justísima causa, no solo se desdeñó todo acomodamiento, sino que peleándose por doquiera transitaban franceses, aparecieron de nuevo ejércitos que osaron aventurar batallas, desgraciadas es cierto, pero que mostraban los redoblados esfuerzos que se hacían, y lo porfiadamente que había de sustentarse la lucha empeñada. Cometiéronse graves faltas, descubriose a las claras la impericia de varios generales, lo bisoño de nuestros soldados, el abandono y atraso en que el anterior gobierno había tenido el ramo militar como los demás; pero brilló con luz muy pura el elevado carácter de la nación, la sobriedad y valor de sus habitadores, su desprendimiento, su conformidad e inalterable constancia en los reveses y trabajos, virtudes raras, exquisitas, más difíciles de adquirir que la táctica y disciplina de tropas mercenarias. Abulte en buen hora la envidia, el despecho, la ignorancia, los errores en que incurrimos: su voz nunca ahogará la de la verdad, ni podrá desmentir lo que han estampado en sus obras, y casi siempre con admirable imparcialidad, muchos de los que entonces eran enemigos nuestros, y señaladamente los dignos escritores Foy, Suchet y Saint-Cyr, que mandando a los suyos pudieron mejor que otros apreciar la resistencia y el mérito de los españoles.
Comisión
de Sotelo.
Volvamos ya a nuestro propósito. Ocurridas las jornadas de Ciudad Real y Medellín, pensó el gobierno de José ser aquella buena sazón para tantear al de Sevilla, y entrar en algún acomodamiento. Salió de Madrid con la comisión Don Joaquín María Sotelo, magistrado que gozaba antes del concepto de hombre ilustrado, y que deteniéndose en Mérida dirigió desde allí al presidente de la junta central, por medio del general Cuesta, un pliego con fecha de 12 de abril, en el que anunciando estar autorizado por José para tratar con la junta el modo de remediar los males que ya habían experimentado las provincias ocupadas, y el de evitar los de aquellas que todavía no lo estaban, invitaba a que se nombrase al efecto por la misma junta una o más personas que se abocasen con él. La Central sin contestar en derechura a Sotelo, mandó a Don Gregorio de la Cuesta que le comunicase el acuerdo que de resultas había formado, justo y enérgico, concebido en estos términos. Respuesta
de la central. «Si Sotelo trae poderes bastantes para tratar de la restitución de nuestro amado Rey, y de que las tropas francesas evacuen al instante todo el territorio español, hágalos públicos en la forma reconocida por todas las naciones, y se le oirá con anuencia de nuestros aliados. De no ser así la junta no puede faltar a la calidad de los poderes de que está revestida, ni a la voluntad nacional, que es de no escuchar pacto, ni admitir tregua, ni ajustar transacción que no sea establecida sobre aquellas bases de eterna necesidad y justicia. Cualquier otra especie de negociación, sin salvar al estado, envilecería a la junta, la cual se ha obligado solemnemente a sepultarse primero entre las ruinas de la monarquía, que a oír proposición alguna en mengua del honor e independencia del nombre español.» Insistió Sotelo respondiendo con una carta bastantemente moderada; mas la junta se limitó a mandar a Cuesta repitiese el mencionado acuerdo, «advirtiendo a Sotelo que aquella sería la última contestación que recibiría mientras los franceses no se allanasen, lisa y llanamente a lo que había manifestado la junta.» No pasó por consiguiente más adelante esta negociación emprendida quizá con sano intento; pero que entonces se interpretó mal, y dañó al anterior buen nombre del comisionado.
Cartas
de Sebastiani
a Jovellanos
y otros.
(* Ap. n. [8-6].)
También por la parte de la Mancha se hicieron al mismo tiempo iguales tentativas, escribiendo el general francés Sebastiani, que allí mandaba,[*] a Don Gaspar Melchor de Jovellanos individuo de la central, a Don Francisco de Saavedra ministro de hacienda, y al general del ejército de la Carolina Don Francisco Venegas. Es curiosa esta correspondencia, por colegirse de ella el modo diverso que tenían entonces de juzgar las cosas de España los franceses y los nacionales. Como sería prolijo insertarla íntegra, hemos preferido no copiar sino la carta del general Sebastiani a Jovellanos, y la contestación de este. Carta
de Sebastiani
al Señor
Jovellanos. «Señor, la reputación de que gozáis en Europa, vuestras ideas liberales, vuestro amor por la patria, el deseo que manifestáis de verla feliz, deben haceros abandonar un partido que solo combate por la inquisición, por mantener las preocupaciones, por el interés de algunos grandes de España, y por los de la Inglaterra. Prolongar esta lucha es querer aumentar las desgracias de la España. Un hombre cual vos sois, conocido por su carácter y sus talentos, debe conocer que la España puede esperar el resultado más feliz de la sumisión a un rey justo e ilustrado, cuyo genio y generosidad deben atraerle a todos los españoles que desean la tranquilidad y prosperidad de su patria. La libertad constitucional bajo un gobierno monárquico, el libre ejercicio de vuestra religión, la destrucción de los obstáculos que varios siglos ha se oponen a la regeneración de esta bella nación, serán el resultado feliz de la constitución que os ha dado el genio vasto y sublime del emperador. Despedazados con facciones, abandonados por los ingleses que jamás tuvieron otros proyectos que el de debilitaros, el robaros vuestras flotas y destruir vuestro comercio, haciendo de Cádiz un nuevo Gibraltar, no podéis ser sordos a la voz de la patria que os pide la paz y la tranquilidad. Trabajad en ella de acuerdo con nosotros, y que la energía de España solo se emplee desde hoy en cimentar su verdadera felicidad. Os presento una gloriosa carrera; no dudo que acojáis con gusto la ocasión de ser útil al rey José y a vuestros conciudadanos. Conocéis la fuerza y el número de nuestros ejércitos, sabéis que el partido en que os halláis no ha obtenido la menor vislumbre de suceso: hubiérais llorado un día si las victorias le hubieran coronado, pero el Todopoderoso en su infinita bondad os ha libertado de esta desgracia.
Estoy pronto a entablar comunicación con vos y daros pruebas de mi alta consideración. — Horacio Sebastiani.»
Contestación
del Señor
Jovellanos.
«Señor general: Yo no sigo un partido, sigo la santa y justa causa que sigue mi patria, que unánimemente adoptamos los que recibimos de su mano el augusto encargo de defenderla y regirla, y que todos habemos jurado seguir y sostener a costa de nuestras vidas. No lidiamos, como pretendéis, por la inquisición ni por soñadas preocupaciones, ni por el interés de los grandes de España: lidiamos por los preciosos derechos de nuestro rey, nuestra religión, nuestra constitución y nuestra independencia. Ni creáis que el deseo de conservarlos esté distante del de destruir los obstáculos que puedan oponerse a este fin; antes por el contrario y para usar de vuestra frase, el deseo y el propósito de regenerar la España y levantarla al grado de esplendor que ha tenido algún día, es mirado por nosotros como una de nuestras principales obligaciones. Acaso no pasará mucho tiempo sin que la Francia y la Europa entera reconozcan que la misma nación que sabe sostener con tanto valor y constancia la causa de su rey y de su libertad contra una agresión tanto más injusta cuanto menos debía esperarla de los que se decían sus primeros amigos, tiene también bastante celo, firmeza y sabiduría para corregir los abusos que la condujeron insensiblemente a la horrorosa suerte que le preparaban. No hay alma sensible que no llore los atroces males que esta agresión ha derramado sobre unos pueblos inocentes a quienes después de pretender denigrarlos con el infame título de rebeldes, se niega aun aquella humanidad, que el derecho de la guerra exige y encuentra en los más bárbaros enemigos. Pero ¿a quién serán imputados estos males? ¿A los que los causan violando todos los principios de la naturaleza y la justicia, o a los que lidian generosamente para defenderse de ellos y alejarlos de una vez y para siempre de esta grande y noble nación? Porque, señor general, no os dejéis alucinar: estos sentimientos que tengo el honor de expresaros son los de la nación entera, sin que haya en ella un solo hombre bueno aun entre los que vuestras armas oprimen, que no sienta en su pecho la noble llama que arde en el de sus defensores. Hablar de nuestros aliados fuera impertinente, si vuestra carta no me obligase a decir en honor suyo que los propósitos que les atribuís son tan injuriosos como ajenos de la generosidad con que la nación inglesa ofreció su amistad y sus auxilios a nuestras provincias, cuando desarmadas y empobrecidas los imploraron desde los primeros pasos de la opresión con que la amenazaban sus amigos.