En fin, señor general, yo estaré muy dispuesto a respetar los humanos y filosóficos principios, que según nos decís profesa vuestro rey José, cuando vea que ausentándose de nuestro territorio reconozca que una nación, cuya desolación se hace actualmente a su nombre por vuestros soldados, no es el teatro más propio para desplegarlos. Este sería ciertamente un triunfo digno de su filosofía, y vos, señor general, si estáis penetrado de los sentimientos que ella inspira, deberéis gloriaros también de concurrir a este triunfo para que os toque alguna parte de nuestra admiración y nuestro reconocimiento. Solo en este caso me permitirán mi honor y mis sentimientos entrar con vos en la comunicación que me proponéis, si la suprema junta central lo aprobare. Entre tanto recibid, señor general, la expresión de mi sincera gratitud por el honor con que personalmente me tratáis, seguro de la consideración que os profeso. Sevilla 24 de abril de 1809. — Gaspar de Jovellanos. — Excmo. señor general Horacio Sebastiani.»
Esta respuesta, digna de la pluma y del patriotismo de su autor, fue muy aplaudida en todo el reino así por su noble y elevado estilo, como por retratarse en su contenido los verdaderos sentimientos que animaban a la gran mayoría de la nación.
Guerra
de Austria.
Semejantes tentativas de conciliación, prescindiendo de lo impracticables que eran, parecieron entonces, a pesar de tantas desgracias, más fuera de sazón por la guerra que empezaba en Alemania. Temores de ella que no tardaron en realizarse, habían, según se dijo, estimulado a Napoleón a salir precipitadamente de España. No olvidando nunca el Austria las desventajosas paces a que se había visto forzada desde la revolución francesa, y sobre todo la última de Presburgo, estaba siempre en acecho para no desperdiciar ocasión de volver por su honra y de recobrar lo perdido. Pareciole muy oportuna la de la insurrección española que produjo en toda Europa impresión vivísima, y siguió aquel gobierno cuidadosamente el hilo de tan grave acontecimiento. Demasiadamente abatida el Austria desde la última guerra, no podía por de pronto mostrar a las claras su propósito antes de prepararse y estar segura de que continuaba la resistencia peninsular. En Erfurt mantúvose amiga de Francia, mas con cierta reserva, y solo difirió bajo especiosos pretextos el reconocimiento de José. Napoleón, aunque receloso, confiando en que si apagaba pronto la insurrección de España nadie se atrevería a levantar el grito; sacó para ello conforme insinuamos, gran golpe de gente de Alemania, y dio de este modo nuevo aliento al Austria que disimuladamente aceleró los preparativos de guerra. En los primeros meses del año 1809 dicha potencia comenzó a quitarse el embozo publicando una especie de manifiesto en que declaraba quería ponerse al abrigo de cualquier empresa contra su independencia, y al fin arrojole del todo en 9 de abril en que el archiduque Carlos mandando su grande y principal ejército, abrió la campaña por medio de un aviso y atravesó el Inn, río que separa la Baviera de los estados austriacos. Lo poco prevenido que cogía a Napoleón esta guerra, las formidables fuerzas que de súbito desplegó el Austria, las muchas que Francia tenía en España, y lo desabrida que se mostraba la voz pública en el mismo imperio francés, daba a todos fundamento para creer que la primera alcanzaría victorias, de cuyas resultas tal vez se cambiaría la faz política de Europa. Para contribuir a ello y no desaprovechar la oportunidad envió la junta central a Viena como plenipotenciario suyo a Don Eusebio de Bardají y Azara, y aquella corte autorizó a Mr. Gennotte en calidad de encargado de negocios cerca del gobierno de Sevilla. Veremos luego cuán poco correspondió el éxito a esperanzas tan bien concebidas.
Cataluña
Ahora, después de haber referido lo que ocurrió durante estos meses en las provincias meridionales de España, será bien que hablemos de Cataluña y de las demás partes del reino. En aquella los ánimos habían andado perturbados después de las acciones perdidas, y de las voces y amenazas que venían de Aragón y varios puntos. Sin embargo en Tarragona no habrá olvidado el lector como la turbación no pasó de ciertos límites, luego que Vives dejó el mando y recayó este en Reding, mas en Lérida manchose con sangre. Alboroto
de Lérida. Fue el caso que en 1.º de enero habiendo introducido en la plaza de día y sin precaución varios prisioneros franceses, alborotándose a su vista el vecindario y vociferando palabras de muerte, forzó el castillo a donde aquellos habían sido conducidos. Estaban también dentro encerrados el oidor de la audiencia de Barcelona Don Manuel Fortuny y su esposa, con otros cuatro o cinco individuos tachados con razón o sin ella de infidencia. Ciega la muchedumbre penetró en lo interior y mató a estos desgraciados y a varios de los prisioneros franceses. Duró tres días la sublevación, hasta que llegaron 300 soldados que envió el general Reding, con cuyo refuerzo y las prudentes exhortaciones del gobernador Don José Casimiro Lavalle, del obispo y otras personas, se sosegó el bullicio. Los principales sediciosos recibieron después justo y severo castigo: siendo muy de sentir que las autoridades andando más precavidas no hubiesen evitado de antemano tan lamentable suceso.
Reding
en Tarragona.
Por su parte Don Teodoro Reding con nuevos cuerpos que llegaron de Granada y Mallorca y con reclutas había ido completando su ejército desde diciembre basta febrero, en cuyo espacio de tiempo había permanecido tranquilo el de los franceses sin empeñarse en grandes empresas: teniendo para proveerse de víveres que hacer excursiones en que perdió hombres y consumió 2.000.000 de cartuchos. El plan que en Tarragona siguió al principio el general Reding fue prudente, escarmentado con lo sucedido en Llinas y Molins de Rey. Plan prudente
de Martí. Era obra de Don José Joaquín Martí, y consistía en no trabar acciones campales, en molestar al enemigo al abrigo de las plazas y puntos fragosos, en mejorar así sucesivamente la instrucción y disciplina del ejército, y en convertir la principal defensa en una guerra de montaña, según convenía a la índole de los naturales y al terreno en que se lidiaba. Todos concurrían con entusiasmo a alcanzar el objeto propuesto, y la junta corregimental de Tarragona mostró acendrado patriotismo en facilitar caudales, en acuñar la plata de las iglesias y de los particulares, y en proporcionar víveres y prendas de vestuario. Quísose sujetar a regla a los miqueletes, pero encontró la medida grande obstáculo en las costumbres y antiguos usos de los catalanes.
En sus demás partes, por juicioso que fuese el plan adoptado, no se persistió largo tiempo en llevarle adelante. Contribuyó a alterarle el marqués de Lazán que habiendo sido llamado de Gerona con la división de 6 a 7000 hombres que mandaba, llegó a la línea española en sazón de estar apurada Zaragoza. Interesado particularmente en su conservación, propuso el marqués y se aprobó que pasaría la sierra de Alcubierre con la fuerza de su mando, y que prestaría, si le era dado, algún auxilio a aquella ciudad. Llenos entonces los españoles de admiración y respeto por la defensa que allí se hacía, Varíase. murmuraban de que mayores fuerzas no volasen al socorro, pareciéndoles cosa fácil desembarazarse en una batalla del ejército del general Saint-Cyr. Había crecido el aliento de resultas de algunas cortas ventajas obtenidas en reencuentros parciales, y sobre todo porque retirándose el enemigo y reconcentrándose más y más, atribuyose a recelo lo que no era sino precaución. Aveníase bien con el osado espíritu de Reding la voz popular, y cundiendo esta con rapidez, resolvió aquel caudillo dar un ataque general; sobreponiéndose a las justas reflexiones de algunos jefes cuerdos y experimentados. Movíanle igualmente las esperanzas que le daban secretas relaciones de que Barcelona se levantaría al tiempo que su ejército se aproximase.
Situación del
ejército español.