Entran
los franceses
en Reus.

Los franceses entraron al siguiente día en Reus, cuyos vecinos permanecieron en sus casas contra la costumbre general de Cataluña, y el ayuntamiento salió a recibir a los nuevos huéspedes, y aun repartió una contribución para auxiliarlos. Irritó sobre manera tan desusado proceder, y desaprobole agriamente el general Reding como de mal ejemplo. Villa opulenta a causa de sus fábricas y manufacturas no quiso perder en pocas horas la acumulada riqueza de muchos años. Extendiéronse los franceses hasta el puerto de Salou, y cortaron la comunicación de Tarragona con el resto de España. Esperanzas
de Saint-Cyr. Mucho esperó Saint-Cyr de la batalla de Valls, principalmente padeciéndose en Tarragona una enfermedad contagiosa nacida de los muchos enfermos y heridos hacinados dentro de la plaza, y cuyo número se había aumentado de resultas de un convenio que propuso el general Saint-Cyr y admitió Reding: según el cual no debían en adelante considerarse los enfermos y heridos de los hospitales como prisioneros de guerra, sino que luego de convalecidos se habían de entregar a sus ejércitos respectivos. Como estaban en este caso muchos más soldados españoles que franceses, pensaba el general Saint-Cyr que aumentándose así los apuros dentro de Tarragona, acabaría esta plaza por abrirle sus puertas. Tenía en ello tanta confianza que conforme él mismo nos refiere en sus memorias, determinó no alejarse de aquellos muros mientras que pudiese dar a sus soldados la cuarta parte de una ración. Conducta permitida si se quiere en la guerra, pero que nunca se calificará de humana.

Salen vanas.

Nada logró: los catalanes sin abatirse empezaron por medio de los somatenes y miqueletes a renovar una guerra destructora. Diez mil de ellos bajo el general Wimpffen y los coroneles Miláns y Clarós, atacaron a los franceses de Igualada, y los obligaron con su general Chabran a retirarse hasta Villafranca. Guerra
de somatenes. Bloquearon otra vez a Barcelona, y cortando las comunicaciones de Saint-Cyr con aquella plaza, infundieron nuevo aliento en sus moradores. Quiso Chabran restablecerlas, mas rechazado retirose precipitadamente, hasta que insistiendo después con mayores fuerzas y por orden repetida de su general en jefe, abrió el paso en 14 de marzo.

No pudiendo ya, falto de víveres, sostenerse el general Saint-Cyr en el campo de Tarragona, se dispuso a abandonar sus posiciones y acercarse a Vic, como país más provisto de granos y bastante próximo a Gerona, cuyo sitio meditaba. Debía el 18 de marzo emprender la marcha: difiriose dos días a causa de un incidente que prueba cuán hostil se mantenía contra los franceses toda aquella tierra. Dificultad
de las
comunicaciones. Estaba el general Chabot apostado en Montblanch para impedir la comunicación de Reding con Wimpffen, y de este con la plaza de Lérida. Oyose un día en los puntos que ocupaba el ruido de un fuego vivo que partía de más allá de sus avanzadas. Tal novedad obligole a hacer un reconocimiento, por cuyo medio descubrió que provenía el estrépito de un encuentro de los somatenes con 600 hombres y dos piezas que traía un coronel enviado de Fraga por el mariscal Mortier, a fin de ponerse en relación con el general Saint-Cyr. A duras penas habían llegado hasta Montblanch, mas no les fue posible retroceder a Aragón, teniendo después que seguir la suerte de su ejército de Cataluña. Hecho que muestra de cuán poco había servido domeñar a Zaragoza, y ganar la batalla de Valls para ser dueños del país, puesto que a poco tiempo no le era dado a un oficial francés poder hacer un corto tránsito a pesar de tan fuerte escolta.

Retírase
Saint-Cyr
de las cercanías
de Tarragona.

Esta ocurrencia, la de Chabran, y lo demás que por todas partes pasaba, afligía a los franceses viendo que aquella era guerra sin término, y que en cada habitante tenían un enemigo. Para inspirar confianza y dar a entender que nada temía, el 19 de marzo antes de salir de Valls envió el general Saint-Cyr a Reding un parlamentario avisándole que forzado por las circunstancias a acercarse a la frontera de Francia, partiría al día siguiente, y que si el general español quería enviar un oficial con un destacamento, le entregaría el hospital que allí había formado. Accedió Reding a la propuesta, manifestando con ella el general francés a su ejército el poco recelo que le daban en su retirada los españoles de Tarragona, oprimidos con enfermedades y trabajos. Paráronse algunos días las divisiones francesas del Llobregat allá, y aprovechándose de su reunión ahuyentaron a Wimpffen del lado de Manresa.

Pasa
por Barcelona.

Entró al paso en Barcelona el general Saint-Cyr, en donde permaneció hasta el 15 de abril. Durante su estancia no solo se ocupó en la parte militar, sino que también tomó disposiciones políticas, de las que algunas fueron sobradamente opresivas. Estado
de la ciudad. El general Duhesme había en todos tiempos mostrado temor de las conspiraciones que se tramaban en Barcelona, ya porque realmente las juzgase graves, o ya también por encarecer su vigilancia. No hay duda que continuaron siempre tratos entre gentes de fuera de la plaza y personas notables de dentro, siendo de aquellas principal jefe Don Juan Clarós, y de estas el mismo capitán general Villalba, sucesor que habían dado a Ezpeleta los franceses. En el mes de marzo recobrando ánimo después de pasados algunos días de la rota de Valls, acercose muchedumbre de miqueletes y somatenes a Barcelona, ayudándoles los ingleses del lado de la mar; hubo noche que llegaron hasta el glacis, y aun de dentro se tiraron tiros contra los franceses. En muchas de estas tentativas estaban quizá los conspiradores más esperanzados de lo que debieran, y a veces la misma policía aumentaba los peligros, y aun fraguaba tramas para recomendar su buen celo. Tal se decía de su jefe el español Casanova, y aun lo sospechaba el general Saint-Cyr, sirviendo de pretexto el nombre de conjuración para apoderarse de los bienes de los acusados. Mas con todo no dejó de haber conspiraciones que fueron reales, y que mantuvieron justo recelo entre los enemigos: motivo por el que quiso el general Saint-Cyr obligar con juramento a las autoridades civiles a reconocer a José, del mismo modo que se había intentado antes con los militares, sin que en ello fuese más dichoso.

Niéganse
las autoridades
civiles a prestar
juramento.