Hasta entonces no había parecido a Duhesme conveniente exigírselo deseoso de evitar nueva irritación y disgustos, y se contentaba con que ejerciesen sus respectivas jurisdicciones: resolución prudente y que no poco contribuyó a la tranquilidad y buen orden de Barcelona. Mas ahora cumpliendo con lo que había dispuesto el general Saint-Cyr convocó al efecto el 9 de abril a la casa de la audiencia a las autoridades civiles, y señaladamente concurrieron a ella los oidores Mendieta, Vaca, Córdova, Beltrán, Marchamalo, Dueñas, Lasauca, Ortiz, Villanueva y Gutiérrez; nombres dignos de mentarse por la entereza y brío con que se portaron. Abriose la sesión con un discurso en que se invitaba a prestar el juramento, obligación que se suponía suspendida a causa de particulares miramientos. Negáronse a ello resueltamente casi todos, replicando con claras y firmes razones, principalmente los señores Mendieta y Don Domingo Dueñas, quien concluyó con expresar «que primero pisaría la toga que le revestía, que deshonrarla con juramentos contrarios a la lealtad.» Siguieron tan noble ejemplo seis de los siete regidores que habían quedado en Barcelona: lo mismo hicieron los empleados en las oficinas de contaduría, tesorería y aduana, afirmando el contador Asaguirre «que aun cuando toda España proclamase a José, él se expatriaría.» Veintinueve fueron los que de resultas se enviaron presos a Monjuich y a la ciudadela, sin contar otros muchos que quedaron arrestados en sus casas, en cuyo número se distinguían el conde de Ezpeleta y su sucesor Don Galcerán de Villalba. Al conducirlos a la prisión el pueblo agolpábase al paso, y mirándolos como mártires de la lealtad, los colmaba de bendiciones, y les ofrecía todo linaje de socorros.
Prenden
a muchos
y los llevan
a Francia.
No satisfecho Saint-Cyr con esta determinación, resolvió poco después trasladarlos a Francia, medida dura y en verdad ajena de la condición apacible y mansa que por lo común mostraba aquel general, y tanto menos necesaria cuanto entre los presos si bien se contaban magistrados y empleados íntegros y de capacidad, no había ninguno inclinado a abanderizar parcialidades.
Pasa Saint-Cyr
a Vic.
Tomada esta y otras providencias se alejó el general Saint-Cyr de Barcelona, y llegó a Vic el 18 de abril, cuya ciudad encontró vacía de gente, excepto los enfermos, seis ancianos y el obispo. Con la precipitación lleváronse solamente los vecinos las alhajas más preciosas, dejando provisiones bastantes que aliviaron la penuria con que siempre andaba el ejército enemigo. Allí recibió su general noticias de Francia de que carecía por el camino directo después de cinco meses, y empezose a preparar para el sitio de Gerona, pensando que el ejército español no estaba en el caso de poder incomodarle tan en breve. No se engañaba en su juicio, así por el estado enfermizo y de desorden en que se hallaba después de la batalla de Valls, Muerte
de Reding. como también por el fallecimiento del general Reding acaecido en aquella plaza el 23 de abril. Al principio no se habían creído sus heridas de gravedad, pero empeorándose con las aflicciones y sinsabores pusieron término a su vida. Reding general diligente y de gran denuedo mostrose, aunque suizo de nación, Sucédele
Coupigny. tan adicto a la causa de España, como si fuera hijo de su propio suelo. Sucediole interinamente el marqués de Coupigny.
La guerra de somatenes siempre proseguía encarnizadamente, y largos y difíciles de contar serían sus particulares y diversos trances. Muestra fue del ardor que los animaba la vigorosa Paisanos
del Vallés. respuesta de los paisanos del Vallés a la intimación que los franceses les hicieron de rendirse. «El general Saint-Cyr [decían] y sus dignos compañeros podrán tener la funesta gloria de no ver en todo este país más que un montón de ruinas... pero ni ellos ni su amo dirán jamás que este partido rindió de grado la cerviz a un yugo que justamente rechaza la nación.»
Principio
de las partidas
en todo el reino.
Tal género de guerra cundió a todas las provincias nacido de las circunstancias y por acomodarse muy mucho a la situación física y geográfica de esta tierra de España, entretejida y enlazada con los brazos y ramales de montañas y sierras que como de principal tronco se desgajan de los Pirineos y otras cordilleras, las cuales aunque interrumpidas a veces por parameras, tendidas llanuras y deliciosas vegas, acanalando en unas partes los ríos, y en otras quebrando y abarrancando el terreno con los torrentes y arroyadas que de sus cimas descienden, forman a cada paso angosturas y desfiladeros propios para una guerra defensiva y prolongada. No menos ayudaba a ella la índole de los naturales, su valor, la agilidad y soltura de los cuerpos, su sencillo arreo, la sobriedad y templanza en el vivir que los hace por lo general tan sufridores de la hambre, de la sed y trabajos. Hubo sitios en que guerreaba toda la población: así acontecía en Cataluña, así en Galicia, según luego veremos, así en otras comarcas. En los demás parajes levantáronse bandas de hombres armados, a las que se dio el nombre de guerrillas. Al principio cortas en número crecieron después prodigiosamente, y acaudilladas por jefes atrevidos recorrían la tierra ocupada por el enemigo y le molestaban como tropas ligeras. Sin subir a Viriato puede con razón afirmarse que los españoles se mostraron siempre inclinados a este linaje de lides, que se llaman en la 2.ª Partida correduras y algaras, fruto quizá de los muchos siglos que tuvieron aquellos que pelear contra los moros, en cuyas guerras eran continuas las correrías a que debieron su fama los Vivares y los Munios Sanchos de Hinojosa. En la de sucesión, aunque varias provincias no tomaron parte por ninguno de los pretendientes, aparecieron no obstante cuadrillas en algunos parajes, y con tanta utilidad a veces de la bandera de la casa de Borbón, que el marqués de Santa Cruz de Marcenado en sus reflexiones militares las recomienda por los buenos servicios que habían hecho los paisanos de Benavarre. En la guerra contra Napoleón nacieron más que de un plan combinado de la naturaleza de la misma lucha. Engruesábanlas con gente las dispersiones de los ejércitos, la falta de ocupación y trabajo, la pobreza que resultaba, y sobre todo la aversión contra los invasores viva siempre y mayor cada día por los males que necesariamente causaban sus tropas en guerra tan encarnizada.
Decreto
de la central.
La junta central sin embargo previendo cuán provechoso sería no dar descanso al enemigo y molestarle a todas horas y en todos sentidos, imaginó la formación de estos cuerpos francos, y al efecto publicó un reglamento en 28 de diciembre de 1808 en que despertando la ambición y excitando el interés personal, trataba al mismo tiempo de poner coto a los desmanes y excesos que pudieran cometer tropas no sujetas a la rigurosa disciplina de un ejército. Nunca se practicó este reglamento en muchas de sus partes, y aún no había circulado por las provincias cuando ya las recorrían algunos partidarios. Porlier. Fue uno de los primeros Don Juan Díaz Porlier, a quien denominaron el Marquesito por creerle pariente de Romana. Oficial en uno de los regimientos que se hallaron en la acción de Burgos, tuvo después encargo de juntar dispersos, y situose con este objeto en San Cebrián de Campos a tres leguas de Palencia. Allegó en diciembre de 1808 alguna gente, y ya en enero sorprendió destacamentos enemigos en Frómista, Rivas y Paredes de Nava, en donde se pusieron en libertad varios prisioneros ingleses, señalándose por su intrepidez Don Bartolomé Amor, segundo de Porlier. Próximo este a ser cogido en Saldaña y dispersada su tropa, juntola de nuevo, haciéndose dueño en febrero del depósito de prisioneros que tenían los franceses en Sahagún, y de más de 100 de sus soldados. Creció entonces su fama, difundiose a Asturias, y la junta le suministró auxilios, con lo que, y engrosada su partida, acometió a la guarnición enemiga de Aguilar de Campóo, compuesta de 400 hombres y dos cañones, siendo curioso el modo que empleó para rendirlos.