Encerrados los franceses en su cuartel bien pertrechados y sostenidos por su artillería, dificultoso era entrarlos a viva fuerza. Viendo esto Porlier hizo subir algunos de los suyos a la torre, y de allí arrojar grandes piedras, que cayendo sobre el tejado del cuartel, le demolieron y dejaron descubiertos a los franceses obligándolos a entregarse prisioneros. Concluyó otras empresas con no menor dicha.

Don Juan
Echávarri.

No fue tanta entonces la de Don Juan Fernández de Echávarri que, con nombre de Compañía del Norte, levantó una cuadrilla que corría la montaña de Santander y señorío de Vizcaya, pues preso él y algunos de sus compañeros en 30 de marzo, fue sentenciado a muerte por un tribunal criminal extraordinario que a manera del de Madrid se estableció en Bilbao, el cual en este y otros casos ejerció inhumanamente su odioso ministerio.

El Empecinado.

Otras partidas de menos nombre nacieron y comenzaron a multiplicarse por todas las provincias ocupadas. Distinguiose desde los principios la de Don Juan Martín Díez que llamaron el Empecinado [apodo que dan los comarcanos a los vecinos de Castrillo de Duero de donde era natural]. Soldado licenciado después de la guerra de Francia de 1793, pasaba honradamente la vida dedicado a la labranza en la villa de Fuentecén. Mal enojado como todos los españoles con los acontecimientos de abril y mayo de 1808, dejó la esteva y empuñó la espada, hallándose ya en las acciones de Cabezón y Rioseco. Persiguiéronle después envidias y enemistades, y le prendieron en el Burgo de Osma, de donde se escapó al entrar los franceses. Luego que se vio libre reunió gente ayudado de tres hermanos suyos; y empezando en diciembre a molestar al enemigo, recorrió en enero y febrero con fruto los partidos de Aranda, Segovia, tierra de Sepúlveda y Pedraza. Aunque acosado en seguida por los enemigos, internándose en Santa María de Nieva, recogió en sus cercanías muchos caballos y hombres. Con tales hechos se extendió la fama de su nombre, mas también el perseguimiento de los franceses que enviaron en su alcance fuerzas considerables, y prendieron como en rehenes a su madre. Casi rodeado salvose en la primavera con su partida, y sin abandonar ninguno de los prisioneros que había hecho, yendo por las sierras de Ávila, se guareció en Ciudad Rodrigo. Llegaron entonces a noticia de la central sus correrías, y le condecoró con el grado de capitán. También por los meses de abril y mayo tomó las armas y formó partida Don Jerónimo Merino cura de Villoviado. Lo mismo hicieron, otros muchos, de los que y de sus cuadrillas suspenderemos hablar hasta que ocurra algún hecho notable o refiramos lo que pasaba en las provincias en que tenían su principal asiento.

Ciudad Rodrigo
y Wilson.

Ayudaron al principio mucho a estas partidas, amparándolas en sus apuros las plazas y puntos que todavía quedaban libres. Acabamos de ver como el Empecinado se abrigó a Ciudad Rodrigo, en cuya plaza y sus alrededores solía permanecer el digno e incansable jefe inglés Sir Roberto Wilson. Asistido de su legión lusitana a la que se habían agregado españoles e ingleses dispersos, y una corta fuerza bajo Don Carlos de España, protegía a nuestros partidarios e incomodaba al general Lapisse colocado en Ledesma y Salamanca. Este aunque al frente de 10.000 hombres y con mucha artillería, apenas había hecho cosa notable hasta abril desde enero en que se apoderó de Zamora, ciudad casi abandonada. Solo en 2 de marzo esperanzado en malos tratos se presentó delante de Ciudad Rodrigo para entrar de rebate la plaza, mas el aviso de buenos españoles y la diligencia de Wilson le impidieron salir adelante con su proyecto, incomodándole este continuamente aun en sus mismos reales.

Asturias.

Por aquel tiempo Asturias, provincia que después de la invasión de Galicia era la sola libre entre las del norte, mostrose firme, y continuó desplegando sus patrióticos sentimientos. La junta. Gobernábala la misma junta que se había congregado en 1808, compuesta de hacendados y personas principales del país. Dio para el armamento y defensa enérgicas providencias; que la malquistaron con muchos. Tales fueron un alistamiento general sin excepción de clase ni persona; el repartimiento extraordinario a toda la provincia de 2.000.000 de reales, y el de otras sumas entre los más ricos capitalistas y propietarios, la rebaja de sueldos a los empleados; y por último el haber mandado a las corporaciones eclesiásticas que tuviesen a su disposición los caudales que existieran en sus depósitos. Con estos recursos hubo bastante para hacer frente a los considerables gastos que ocasionaron las dispersiones de Espinosa y las posteriores; y arreglar de nuevo y aumentar la fuerza necesaria para la defensa del principado.

Ballesteros.