El general Mahy dirigiose a las Portillas, gargantas que parten término con Castilla, y se unió en Lubián con el marqués de la Romana. Andaban todos inciertos acerca del camino que tomarían, y pesábales a algunos que se abandonase a Galicia en la propia sazón en que por todas partes cundía el fuego insurreccional. Aprobose al fin a propuesta del ayudante general Moscoso el no alejarse de la tierra montañosa, y conforme a esta determinación decidió Romana partir la vuelta de Asturias, de donde soplaría la hoguera encendida en Galicia. En consecuencia cambiose de improviso la marcha, y se revolvió sobre las montañas de las Cabreras para cruzarlas por el puerto del Palo, país escabroso, solitario, y cuyas sierras más bien se escalan que se suben. A su paso sobrecogió la noche a nuestros soldados, en estación cruda, expuestos a la inclemencia, desprovistos de todo. Animándose unos a otros llegaron por fin a Ponferrada del Bierzo con admiración de sus vecinos que los creían lejos de sus hogares. En aquella villa y otros muchos pueblos no había francés alguno, contentándose estos con ocupar la línea de comunicación de la calzada que de Galicia va a Castilla, y aun en ella tenían poca tropa, excepto en Villafranca en que contaban unos 1000 hombres de escogidas tropas.
Ataca
a Villafranca.
Las de Romana no estaban para emprender expediciones de grande importancia, pero el haber casualmente encontrado en una ermita cerca de Ponferrada un cañón de a doce abandonado con su cureña y balas de su calibre, sugirió la idea al ayudante Moscoso de proponer al general en jefe un ataque contra los franceses de Villafranca. Condescendió Romana, y desde Toreno a donde se había ya trasladado para entrar en Asturias, dispuso que acometiese la empresa con 1500 hombres el general Mendizábal.
Se apodera
de la guarnición.
Los franceses a la inesperada vista de los españoles y del cañón de grueso calibre, imaginándose venía sobre ellos gran fuerza, se arredraron y metieron en el castillo-palacio de la villa, perteneciente a los marqueses que llevan su nombre: era edificio antiguo de muros sólidos con cuatro torreones que defendían cañones de hierro, y el cual quemaron después los paisanos para que no sirviese otra vez de refugio al enemigo. Comenzaron los españoles su ataque en la mañana del 17 de marzo, distinguiéndose el regimiento de voluntarios de la Corona, e íbase ya a entrar por fuerza el castillo, cuando intimada la rendición abrieron los franceses la puerta, y quedaron prisioneros 1000 granaderos que le guarnecían de las más acreditadas tropas. Avergonzábanse después de haber entregado las armas a tan corto número de hombres y a gente de tan poca apariencia como eran entonces las tropas de aquel ejército. La nueva de este suceso creciendo de boca en boca alentó a los patriotas de Galicia, que se figuraban ser ya más numerosas las tropas que capitaneaba Romana. Ojalá se hubiera siempre limitado este caudillo a tal linaje de empresas, dignas de un militar y de su elevado puesto, evitando entrometerse en querellas y divisiones de provincias, según aconteció en Oviedo, a cuya ciudad llegó poco después de la toma del castillo de Villafranca.
Llega Romana
a Oviedo.
Los disgustos excitados con las providencias oportunas y enérgicas de aquella junta, habíanse entonces aumentado con otras intempestivas y arbitrarias dadas contra algunas personas. Los descontentos, sobre todo ciertos individuos de corporaciones privilegiadas, salieron a recibir a Romana, y por desgracia de tal modo preocuparon su ánimo que en vez de obrar desapasionadamente, y de contentarse con reprimir los abusos de autoridad que hubiese habido, púsose del bando de los que se creían agraviados. Altercado
con la junta. Tratáronse por consiguiente el general y la junta con frialdad y desvío, sin que le fuese dado conciliarlos a la prudencia y buen tino de su presidente el brigadier D. José Valdés, antiguo jefe de Romana cuando este servía en la armada. La central había autorizado al marqués con amplias facultades en la parte militar, y él ensanchándolas a su sabor empezó por reprender a la junta en lo que precisamente merecía más alabanza, como lo era en haber mandado que tomasen las armas todos sin excepción, inclusos los donados y legos de los conventos, y los beneficiados no ordenados in sacris. Compuesta dicha corporación de los principales de la provincia y de suyo altiva, respondió acerbamente a la inadvertida reprensión; con lo cual irritado aún más Romana quiso llamarla a cuentas. Negose a ello la junta por no creerle autoridad competente, pero añadiendo que haría públicas sus entradas e inversiones para satisfacción de sus comitentes. Encendiéndose así el enojo de ambas partes, en especial con motivo de un repartimiento de 4.000.000 enviados por la central para uso del principado y que Romana quería por sí aplicar a su solo ejército, decidiose el último a disolver la junta, a cuyo fin y por orden suya penetró en la sala de las sesiones el coronel Don José de O’Donnell con 50 hombres del regimiento de la Princesa, haciendo en ello un pequeño y ridículo remedo del 18 Brumario de Napoleón. Cedieron los vocales a la violencia, sin dejar de hacer fuerte y enérgica oposición, señaladamente Don Manuel María de Acevedo. Romana nombró otra junta en su lugar, mas la tropelía cometida con la anterior disgustó a los más, y desencajó, por decirlo así, de su asiento en el principado el orden y buen gobierno.[*] (* Ap. n. [8-7].) Injustamente acusaron algunos a la junta disuelta de malversación de caudales: pudientes y ricos los más de sus individuos habían hecho los más de ellos donativos cuantiosos, y su patriotismo y celo estaban libres de tacha: solo, repetimos, incurrieron en merecida censura por algunas medidas arbitrarias contra determinadas personas. Hablamos en este punto con tanta mayor imparcialidad, cuanto no andábamos bien avenidos con aquella junta, por lo que merecimos de Romana que nos nombrase de la que había en su lugar creado, gracia que no admitimos por considerar su procedimiento ilegal y dañoso.
Invade Ney
Asturias.
Sabedor el mariscal Ney de la discordia suscitada entre la junta de Asturias y Romana, y temeroso sobre todo con lo sucedido en Villafranca de que uniendo este caudillo sus tropas a las del principado formase un cuerpo respetable y bastante numeroso para incomodarle y cortarle su comunicación con el reino de León, se preparó a invadir a Asturias poniéndose de acuerdo con fuerzas que había en Castilla y en Santander. Parece ser que desde Francia también le había venido orden de no desperdiciar oportuna coyuntura de verificar dicha invasión. Romana por su parte más ocupado en las contestaciones y querellas de la junta que en uniformar y arreglar la mucha gente que ahora tenía a su disposición, no tomó acerca de ello providencia alguna. Dejó correr en el principado los asuntos militares según iban a su llegada, y olvidó a su ejército de Galicia, el cual a las órdenes de Don Nicolás Mahy pasando el puerto de Ancares se había situado hacia el Navia, extendiéndose hasta las avenidas de Lugo y Mondoñedo.
El mariscal Ney rozándose casi con este ejército y acompañado de 6000 hombres, se dirigió desde Galicia por la tierra áspera y encumbrada de Navia de Suarna a Ibias, y descendiendo a Cangas de Tineo, Salas y Grado se adelantó a Oviedo, al mismo tiempo que procedente de Valladolid y con otra tanta o más fuerza se metía en el principado por el puerto de Pajares Kellermann. el general Kellermann. Estaba ya cercano a Oviedo el mariscal Ney y todavía lo ignoraba Romana. Recibió este al fin un aviso y apresuradamente después de dar por primera vez órdenes a la división de Ballesteros y a la de Worster poco antes malamente repuesto en el mando, Romana
se embarca
en Gijón. pasó a Gijón en donde se embarcó tomando en seguida tierra en Ribadeo. Entró Ney en Oviedo el 19 de mayo, de cuya ciudad habían salido casi todos sus moradores, dejando abandonadas sus casas y haberes. Saquean
los franceses
Oviedo. Entregada al saco durante tres días, viéronse muchos arruinados y menguaron los intereses de otros. A la noticia de la invasión acercose el general Worster lentamente a Oviedo por el país de montaña, y Ballesteros retrocediendo de Colombres al Infiesto, enriscose luego por las asperezas de Covadonga, santuario célebre mirado como cuna de la monarquía de Castilla. Sale Ney
de Asturias. Parose poco Ney en la capital de Asturias, y dejando allí a Kellermann y en Villaviciosa al general Bonnet que había venido con su división hasta aquel sitio de los lindes de Santander, tornó por la costa a Galicia, a donde le llamaban acontecimientos de cuantía, y a que daban ocasión reveses de Soult en Portugal, la insurrección de la provincia de Tuy y otras, y aun también los movimientos del ejército de la Romana, el cual amenazaba a Lugo y alentaba al paisanaje con la abultada fama de sus hazañas.