Entra Blake
en Alcañiz.
Ya este general después de su salida de Tortosa se había aproximado a la división francesa que en Alcañiz y sus alrededores mandaba el general Laval, obligándole a evacuar aquella ciudad el 18 del mes de mayo. Los enemigos todavía no tenían por allí numerosa fuerza, pues dicha división no permanecía entera y reunida en un punto, sino que, acantonada, se extendía hasta Barbastro, mediando el Ebro entre sus esparcidos trozos. Nada hubiera importado a los franceses semejante desparramamiento si no perdieran a Monzón, y si impensadamente no se hubiera aparecido Don Joaquín Blake, cuyos dos acontecimientos supiéronse en Zaragoza el 20 a la propia sazón que Suchet acababa de tomar el mando.
Va Suchet
a su encuentro.
Se desvanecieron por consiguiente los planes de este general de mejorar el estado de su ejército antes de obrar, y en breve se preparó a ir a socorrer a su gente. Dejó en Zaragoza pocas tropas, y llevando consigo la mayor parte de la segunda división marchó a reforzar la primera del mando de Laval, que se reconcentraba en las alturas de Híjar. Juntas ambas ascendían a unos 8000 hombres, de los que 600 eran de caballería. Arengó Suchet a sus tropas, recordoles pasadas glorias, y yendo adelante se aproximó a Alcañiz, en donde ya estaba apostado Don Joaquín Blake. Contaba por su parte el general español, reunidas que fueron las divisiones valenciana de Morella y aragonesa de Tortosa, 8176 infantes y 481 caballos.
Batalla
de Alcañiz.
La derecha al mando de Don Juan Carlos de Aréizaga se alojaba en el cerro de los Pueyos de Fórnoles; la izquierda gobernada por Don Pedro Roca permaneció en el cabezo o cumbre baja de Rodriguer, situándose el centro en el de Capuchinos a las inmediatas órdenes del general en jefe y de su segundo el marqués de Lazán. Corría a la espalda del ejército el río Guadalope, y más allá se descubría colocada en un recuesto la ciudad de Alcañiz.
A las seis de la mañana del 23 aparecieron los enemigos por el camino de Zaragoza, retirándose a su vista la vanguardia española que regía Don Pedro Tejada. Pusieron aquellos su primer conato en apoderarse de la ermita de Fórnoles, atacando el cerro por el frente y flanco derecho, al mismo tiempo que ocupaban las alturas inmediatas. Contestaron con acierto los nuestros a sus fuegos, y repelieron después con serenidad y vigorosamente una columna sólida de 900 granaderos, que marchaba arma al brazo y con grande algazara. Queriendo entonces el general Blake causar diversión al enemigo, envió contra su centro un trozo de gente escogida al mando de Don Martín de Menchaca. No estorbó esta atinada resolución el que Suchet repitiese sus ataques para enseñorearse de la ermita de Fórnoles, si bien infructuosamente, alcanzando gloria y prez Aréizaga y los españoles que defendían el puesto. Enojados los franceses al ver cuán inútiles eran sus esfuerzos, revolvieron sobre Menchaca, que acometido por superiores fuerzas tuvo que recogerse al cerro de la mencionada ermita. Extendiose en seguida la pelea al centro e izquierda española, avanzando una columna enemiga por el camino de Zaragoza con tal impetuosidad que por de pronto todo lo arrolló. Mandábala el general francés Fabre, y sus soldados llegaron al pie de las baterías españolas del centro, en donde los contuvo y desordenó el fuego vivísimo de los infantes, y el bien acertado a metralla de la artillería que gobernaba Don Martín García Loigorri. Rota y deshecha esta columna, tuvieron los enemigos que replegarse, dejando el camino de Zaragoza cubierto de cadáveres. Nuestras tropas picaron algún trecho su retirada, y no insistió Blake en el perseguimiento por la desconfianza que le inspiraba su propia caballería que anduvo floja en aquella jornada. Perdieron los españoles de 200 a 300 hombres: los franceses unos 800, quedando herido levemente en un pie el general Suchet. Retírase Suchet
a Zaragoza. Prosiguieron los últimos por la noche su marcha retrógrada, y tal era el terror infundido en sus filas que esparcida la voz de que llegaban los españoles echaron sus soldados a correr, y mezclados y en confusión llegaron a Samper de Calanda. Avergonzados con el día volvieron en sí, y pudo Suchet recogerse a Zaragoza, cuyo suelo pisó de nuevo el 6 de junio.
Satisfecho Blake de haber reanimado a sus tropas con la victoria alcanzada, limitose durante algunos días a ejercitarlas en las maniobras militares, mudando únicamente de acantonamientos. La junta de Valencia acudió en su auxilio con gente y otros socorros, y la central estableciendo un parte o correo extraordinario dos veces por semana, mantuvo activa correspondencia, remitiendo en oro y por conducto tan expedito los suficientes caudales. Reforzado el general Blake y con mayores recursos se movió camino de Zaragoza, confiado también en que el entusiasmo de las tropas supliría hasta cierto punto lo que les faltase de aguerridas.
Por su parte el general Suchet tampoco desperdició el tiempo que le había dejado su contrario, pues acampando su gente en las inmediaciones de Zaragoza, procuró destruir las causas que habían algún tanto corrompido la disciplina. Situación crítica
de Suchet. Formó igualmente con objeto de evitar cualquiera sorpresa atrincheramientos en Torrero y a lo largo de la acequia, barreó el arrabal, mejoró las fortificaciones de la Aljafería, y envió camino de Pamplona lo más embarazoso de la artillería y del bagaje.
En las apuradas circunstancias que le rodeaban no solo tenía que prevenirse contra los ataques de Blake, sino también contra las asechanzas de los habitantes, Partidarios. y los esfuerzos de varios partidarios. De estos se adelantó orillas del Jalón un cuerpo franco de 1000 hombres al mando del coronel Don Ramón Gayán, y por el lado de Monzón e izquierda del Ebro acercose al puente del Gállego el brigadier Perena. De suerte que otro descalabro como el de Alcañiz bastaba para que tuviesen los franceses que evacuar a Zaragoza, y dejar libre el reino de Aragón.