Los franceses, después de cruzar la sierra de Caramula, llegaron el mismo día 28 a Boyalvo sin encontrar ni un solo hombre. El coronel Trant se hallaba a una legua, en Sardão, adonde había venido desde San Pedro de Sul, pero con poca gente. Las partidas enemigas le arrojaron fácilmente más allá del Vouga.
Por la relación que hemos hecho de la acción de Buçaco aparece claro que con ella no se alcanzó otra cosa que el que brillase de nuevo el valor británico y se adquiriese mayor confianza en las tropas portuguesas, las cuales pelearon con brío y buena disciplina. Pero no se recogió ninguno de aquellos importantes frutos, por los que un general aventura de grado una batalla. Ni siquiera había los motivos que para ello asistían durante los sitios de Ciudad Rodrigo y de Almeida. Y hasta la prudencia de Lord Wellington falló en esta ocasión, dejando un portillo por donde no solo se metieron los franceses, sino que también por él pudieron envolver al ejército aliado o a lo menos flanquearle con gran menoscabo. En vano se alega en disculpa haber mandado Wellington que avanzase el coronel Trant con la milicia: la escasa fuerza y la índole bisoña de esta tropa no hubiera podido detener, cuanto menos rechazar, las numerosas huestes de Massena. Tan cierto es que de un hilo cuelga la suerte de las armas, aun gobernadas por generales los más advertidos.
Puesto el mariscal francés en Boyalvo, marchó sobre Coimbra. En aquel tránsito no estaba el país tan destruido y talado como hasta Buçaco. No se cumplieron allí rigurosamente las disposiciones de Wellington, parte por creerse lejano el peligro, parte también porque a la regencia portuguesa, gobierno nacional, no le era lícito llevar a efecto órdenes tan duras con la misma impasibilidad y fortaleza que al brazo de hierro de un general que, aunque aliado, era extranjero.
Los franceses
en Coimbra.
Hubo, por tanto, en Coimbra desbarato y confusión, y si bien los vecinos desampararon la ciudad, con la precipitación se dejaron víveres y otros recursos al arbitrio del enemigo. No le aprovecharon sin embargo a este: Junot, a pesar de órdenes contrarias del general en jefe, permitió o no pudo impedir el pillaje.
Condeixa.
De aquí nació que agolpándose muchedumbre de población fugitiva de aquella ciudad y otras partes a los desfiladeros que van a Condeixa, hubo de comprometerse la división de Craufurd, que cubría la retirada del ejército aliado, porque, detenida en su marcha, se dio lugar a que se aproximaran los jinetes enemigos. A su vista suscitose gran desorden, y si hubieran venido asistidos de infantería, quizá hubieran destrozado a Craufurd. Este consiguió, aunque a duras penas, poner en salvo su división.
Desórdenes
en el ejército
inglés.
Lo apacible del tiempo había favorecido en su retirada a los ingleses, abundaban en provisiones, y no obstante cometieron excesos, a punto de robar sus propios almacenes. El cuartel general se estableció en Leiría el 2 de octubre, y creciendo la perturbación y las demasías, hubiéranse quizá repetido en compendio las escenas deplorables del ejército de Moore, a no haber Lord Wellington reprimido el desenfreno con castigos ejemplares y con vedar que los regimientos más díscolos entrasen en poblado.
El saqueo de Coimbra y sus desórdenes impidieron también, por su parte, al mariscal Massena moverse de aquella ciudad antes del 4, respiro que aprovechó a los ingleses. No obstante, acometiendo de repente los enemigos a Leiría, se vieron aquellos al pronto sobrecogidos. Atajados al fin los ímpetus del francés, prosiguieron la retirada los aliados, yendo su derecha por Tomar y Santarén, la izquierda por Alcobaza y Óbidos, el centro por Batalha y Rio Maior: enviose fuerza portuguesa a guarnecer a Peniche, pequeña plaza orillas de la mar.