Juzgó conveniente, además, Lord Wellington no solo tener a su disposición fuerza real y efectiva bien organizada, sino igualmente gran avenida de hombres que aumentasen el número y las apariencias. Así la milicia cívica de Lisboa, la de la provincia de la Extremadura portuguesa y sus ordenanzas se metieron en el recinto de las líneas, pues allí podían ser útiles y representar aventajado papel. Creció tanto la gente que, al rematar octubre, recibían raciones dentro de dichas líneas 130.000 hombres, de los que 70.000 pertenecían a cuerpos regulares y dispuestos a obrar activamente; guardaban casi todos los castillos y fuertes de la primera y segunda línea la milicia y artillería portuguesas; la tercera, que era la última y más reducida, la tropa de marina inglesa.
Tan enorme masa de gente, abrigada en estancias tan formidables, teniendo a su espalda el espacioso y seguro puerto de Lisboa, y con el apoyo y los socorros que prestaban el inmenso poder marítimo y la riqueza de la gran Bretaña, ofrece a la memoria de los hombres un caso de los más estupendos que recuerdan los anales militares del mundo. ¡Qué recursos asistían al dominador de Francia para superar tantos y tantos impedimentos!
Moléstase
también
al enemigo fuera
de las líneas.
Por de fuera de las líneas no descuidó Wellington el que se hostilizase al enemigo. La milicia del norte de Portugal le punzaba por la espalda y se comunicaba con Peniche, hacia donde se destacó un batallón español de tropas ligeras y un cuerpo de caballería inglesa, también sostenidos por una columna volante que salía de Torres Vedras a hacer sus excursiones, y por el pueblo de Óbidos en estado de defensa. Del otro lado maniobraba la milicia de la Beira baja, dándose la mano con la del norte y apoyada por Don Carlos
España. Don Carlos España que, con una columna móvil, había pasado el Tajo y obraba la vuelta de Abrantes, villa esta en poder de los aliados y fortificada. De suerte que los franceses estaban metidos como en una red, costándoles mucho avituallarse y formar almacenes.
Situación crítica
de los franceses.
En la lejanía dañábales igualmente el continuo pelear de los partidarios españoles de León, Castilla y provincias vascongadas, que dificultaban los convoyes y socorros e interrumpían la correspondencia con Francia. No menos los desfavoreció la guerra que por las alas hacían las tropas españolas, ya en la frontera de Galicia, ya en Asturias y también en Extremadura.
Galicia.
De las primeras, Galicia, aunque libre, ceñía sus operaciones a hacer de cuando en cuando correrías hasta el Órbigo y el Esla, de donde, según ya quedó apuntado, solían los enemigos arrojar a los nuestros, obligándolos a replegarse a los puertos de Manzanal y Foncebadón, y aun al Bierzo. El general Mahy continuaba mandando, como antes, aquel ejército, cuyas fuerzas apenas llegaban a 12.000 hombres y pocos caballos, todo no muy arreglado. Y, ¡cosa de admirar!, los gallegos, que se habían esmerado tanto en defender sus propios hogares, mostráronse perezosos en cooperar fuera de su suelo al triunfo de la buena causa. Mas esto pendió mucho, aquí como en las demás partes, de las autoridades, y no de reprensible falta en el carácter de los habitantes. Aquellas, por lo general, eran flojas y adolecían de los vicios de los gobiernos anteriores, careciendo de la previsión y bien entendida energía que da la ciencia práctica del gobierno.
Las operaciones, pues, del general Mahy fueron muy limitadas. Ocuparon, sin embargo, sus tropas por dos veces a León, e inquietaron con frecuencia, y a veces con ventaja, a los franceses. Distinguiéronse en semejantes reencuentros los oficiales superiores Meneses y Evia. Diósele después a Mahy el mando de las tropas de Asturias, para que, reuniendo este al que ya tenía, se procediese más de concierto. Al fin, autorizósele también con la capitanía general de Galicia, y se creyó de este modo que, poniendo en una mano la supremacía militar del distrito y la de las fuerzas activas de ambas provincias, tomarían los movimientos de la guerra rumbo más fijo. Mahy, en consecuencia, y para obrar de acuerdo con la junta de Galicia y hacer que de un solo centro partiesen las providencias convenientes, pasó a la Coruña en 2 de septiembre, y dejó en su lugar, al frente del ejército, a Don Francisco Taboada y Gil, que vimos en Sanabria. Colocó este general las tropas en Manzanal y Foncebadón, con puestos destacados sobre las avenidas de la Puebla de Sanabria por un lado, y por otro sobre Asturias, vía de las Babias. Formose asimismo una columna volante de 2000 hombres, al mando del coronel Mascareñas, que particularmente maniobraba hacia León, la cual desbarató algunas tropas del enemigo en la Robla antes de acabar octubre, y en San Feliz de Órbigo al empezar noviembre. También el 26 de aquel mes, en Tábara, Don Manuel de Nava sorprendió a los franceses y les hizo algunos prisioneros. Mas el único beneficio que de tales operaciones resultó, ciñose a obligar al enemigo a que mantuviese fuerzas bastantes en las riberas del Órbigo y del Esla.
Mahy no alcanzó nada importante con su ida a la Coruña. Habían traído allí fusiles de Inglaterra y otros auxilios, de que no se sacó gran fruto. Las autoridades discurrían, es cierto, mucho entre sí, y aun ideaban planes, pero casi todos ellos o no llegaron a plantearse o se frustraron. Hombre de sanas intenciones, escaseaba Mahy de nervio y de aquella voluntad firme que imprime en la mente de los demás respeto y sumisión.