Limitose, pues, Lacy a hacer algunos movimientos, y a contener a veces los ímpetus del enemigo. Le ayudaban los partidarios, favorecidos del conocimiento que tenían del terreno, siendo los de más nombre Don José de Aguilar, Don Juan Becerra y Don José Valdivia. También los ingleses, de acuerdo con el general español, enviaron al este de la sierra 800 hombres que sirviesen de apoyo en cualquier desmán.
Inquietos los franceses con la expedición, y persuadidos de que si se mantenía firme en los montes de Ronda, desasosegaría continuamente las fuerzas que sitiaban a Cádiz, y aun las de Sevilla y Málaga, diéronse priesa a frustrar tales intentos. Y así, al paso que el general Girard buscaba a Lacy hacia el frente, destacó el mariscal Victor tropas del primer cuerpo por el lado de poniente, y Sebastiani otras del 4.º por el de levante. De manera que, temeroso Don Luis Lacy de ser envuelto, se trasladó a la fuerte posición de Casares, embarcándose después en Estepona y Marbella. Tomó a poco tierra en Algeciras, y tornando a San Roque se corrió otra vez a la banda de Marbella, a fin de alentar y socorrer la guarnición de aquel castillo que, bajo el mando de Don Rafael Cevallos Escalera, burló diversas tentativas que para ocuparle hizo el enemigo. Don Francisco Javier Abadía, comandante de San Roque, aunque asistido de escasa fuerza, cooperó igualmente a los movimientos de Lacy, y llamó por Algeciras la atención de los franceses.
Pero al fin, agolpándose estos en gran número a la sierra, se reembarcó la expedición, y regresó a Cádiz el 22 de julio. No se sacaron de ella más ventajas que la de molestar a los enemigos y divertirlos de otras operaciones, particularmente de las que intentaba en Extremadura, tan conexas con las de Portugal. Poca o mala inteligencia entre las tropas de línea y los paisanos desfavoreció la empresa. Para aquellas había oscura gloria y mucho trabajo en la guerra de partidarios, única que convenía en la sierra; no así para los otros, habituados a tales peleas, y cuya ambición de fama estaba satisfecha con que se pregonasen sus hazañas en el ejido de sus pueblos.
Al Condado
de Niebla.
Ni un mes se pasó sin que el mismo Don Luis Lacy, con otra expedición, saliese de Cádiz llevando rumbo opuesto al anterior de Ronda, esto es, al condado de Niebla. Situación
de esta comarca. En dicha comarca proseguía el general Copons entreteniendo al enemigo, que, bajo el mando del duque de Aremberg, hacía con una columna móvil excursiones en el país, y le molestaba. La junta de Sevilla contribuía desde Ayamonte al buen éxito de las operaciones de Copons, y oportunamente formó de la isla llamada Canela, en el Guadiana, un lugar de depósito resguardado de los ataques repentinos del enemigo. En breve aquel terreno, antes arenoso y desierto, se convirtió en una población donde se albergaron muchas familias, refugiándose a veces los habitantes de aldeas enteras y villas invadidas. Construyéronse allí barracas, almacenes, pozos, hornos, y se fabricaron en sus talleres monturas, cartuchos y otros pertrechos de guerra. Al fin, fortificáronse también sus avenidas, de manera que se hizo el punto casi inexpugnable.
Constaba la expedición de Lacy de unos 3000 hombres, y escoltábala fuerza sutil, española e inglesa, al mando la primera de Don Francisco Maurelle, y la segunda al del capitán Jorge Cockburn. Desembarcó la gente el 23 de agosto, a dos leguas de la barra de Huelva, entre las Torres del Oro y de la Arenilla. La fuerza sutil se metió por la ría que forman a su embocadero las corrientes del Odiel y el Tinto, con propósito de ayudar la evolución de tierra y atacar por agua a Moguer. En este sitio tenían los franceses 500 infantes y 100 caballos que, sorprendidos, se retiraron, no asistiendo mayor dicha a otros tantos que corrieron a su socorro de San Juan del Puerto.
Copons, al desembarcar Lacy, se hallaba en Castillejos, 12 leguas distante, y habiéndose por desgracia retardado el pliego que le anunciaba el arribo, no pudo acudir a la costa con la puntualidad deseada, malográndose así el coger entre dos fuegos a los franceses que estaban avanzados. Vino Copons, sin embargo, a Niebla, y se puso luego en comunicación con Lacy. Los pueblos recibieron a este con el júbilo más colmado, y fiados en su apoyo dieron a los enemigos terrible caza. Pero no teniendo otra mira la expedición de Don Luis Lacy sino la de divertir al francés de Extremadura, en tanto que el ejército de Romana también por su lado se movía, miró aquel general como concluido su encargo luego que le amenazaron superiores fuerzas, y de consiguiente se reembarcó el 26 del mismo agosto. Desagradó en el condado lo rápido de la excursión, y muchos pensaron que, sin comprometer su gente, hubiera podido Lacy permanecer allí más tiempo, y maniobrar en unión con el general Copons. Desamparados los pueblos, padecieron nuevas molestias del enemigo, en especial Moguer, que se había declarado y tomado parte desembozadamente. Quiso en seguida Lacy acometer a Sanlúcar de Barrameda, pero los franceses, ya sobre aviso, frustráronle el proyecto.
Operaciones
de Cádiz.
De vuelta a Cádiz el mismo general, estimulado por el gobierno y de acuerdo con él y los otros jefes, verificó el 29 de septiembre una salida camino del puente de Suazo, consiguiendo con ella destruir algunas obras del enemigo, siendo esta la sola operación digna de mentarse que, hasta finalizar el presente año de 1810, practicaron en la Isla gaditana las tropas de tierra.
Pudieron las de mar haber tenido ocasión de señalarse, a no estorbárselo tiempos contrarios. El mariscal Soult, convencido de que para cualquiera empresa contra Cádiz y la Isla de León, si había de ser fructuosa, era indispensable fuerza sutil, Fuerza sutil
de los enemigos. ideó que se construyesen buques al caso en Sanlúcar y en Sevilla. Para ello valiose de barcos de aquellos puertos, ordenó una tala en los montes inmediatos, y recibió de Francia carpinteros, marinos y calafates. En octubre, dispuesta ya una flotilla, se trasladó en persona a Sanlúcar dicho mariscal a fin de presenciar desde la costa la dificultosa travesía que tenían que emprender los referidos buques desde la boca del Guadalquivir hasta lo interior de la bahía de Cádiz. Empezose a poner en obra el proyecto en la noche del 31, pasando la flotilla por entre los bajos de Punta Candor, y atracando siempre a la costa. Se componía en todo de unos 26 cañoneros: dos vararon, nueve se metieron la misma noche en el puerto de Santa María, y los otros anclaron en Rota, de donde, aprovechando vientos frescos y favorables, se juntaron a los que habían ya entrado, sin que les hubiese sido dable impedirlo a las fuerzas de mar anglo-españolas. Pero de nada sirvió a los franceses suceso en su entender tan dichoso. En balde después quisieron que su flotilla doblase la punta del Trocadero, en balde trasladaron por tierra los barcos a Puerto Real. Durante el sitio ya no se menearon de allí, obligándolos a permanecer quedos las superiores y mejor marineras fuerzas de los aliados.