En el riñón de España, junto con las provincias vascongadas y Navarra, se aumentaban las partidas, y en este año de 10 llegaron a formar algunas de ellas cuerpos numerosos y mejor disciplinados; pues en tales lides, como decía Fernando del Pulgar, «crece el corazón con las hazañas, y las hazañas con la gente, y la gente con el interés.» Proseguían también allí, en algunos parajes, gobernando las juntas, las cuales, sin asiento fijo, mudaban de morada según la suerte de las armas, y ya se embreñaban en elevadas sierras, o ya se guarecían en recónditos yermos. La regencia de Cádiz nombraba a veces generales que tuviesen bajo su mando los diversos guerrilleros de un determinado distrito, o ensalzaba a los que de entre ellos mismos sobresalían, autorizándolos con grados y comandancias superiores. Igualmente envió intendentes u otros empleados de hacienda que recaudasen las contribuciones y llevasen, en lo posible, la correspondiente cuenta y razón, invirtiéndose los productos en las atenciones de los respectivos territorios. Y si no se estableció en todas partes entero y cumplido orden, incompatible con las circunstancias y la presencia del enemigo, por lo menos adoptose un género de gobernación que, aunque llevaba visos de solo concertado desorden, remedió ciertos males, evitó otros, y mantuvo siempre viva la llama de la insurrección.

No poco por su lado contribuían los franceses al propio fin. Sus extorsiones pasaban la raya de lo hostigoso e inicuo. Vivían, en general, de pesadísimas derramas y de escandaloso pillaje, cuyos excesos producían en los pueblos venganzas, y estas crueles y sanguinarias medidas del enemigo. Los alcaldes de los pueblos, los curas párrocos, los sujetos distinguidos, sin reparar en edad ni aun en sexo, tenían que responder de la tranquilidad pública, y con frecuencia, so pretexto de que conservaban relaciones con los partidarios, se los metía en duras prisiones, se los extrañaba a Francia, o eran atropelladamente arcabuceados. ¡Qué pábulo no daban tales arbitrariedades y demasías al acrecentamiento de las guerrillas!

Asaltados por ellas en todos lugares, tuvieron los enemigos que establecer de trecho en trecho puestos fortificados, valiéndose de antiguos castillos de moros, o de conventos y casas-palacio. Por este medio aseguraban sus caminos militares, la línea de sus operaciones, y formaban depósitos de víveres y aprestos de guerra. Su dominio no se extendía generalmente fuera del recinto fortalecido, teniendo a veces que oír, mal de su grado y sin poder estorbarlo, las jácaras patrióticas que en su derredor venían a entonar, con los habitantes, los atrevidos partidarios.

Al viajante presentaban por lo común aquellos caminos triste y desoladora vista: pueblos desiertos, arruinados, continua soledad que interrumpían de tarde en tarde escoltados convoyes, o la aparición de los puestos franceses, cuyos soldados recelosamente salían de entre sus empalizadas. Resultas precisas, pero lastimosas, de tan cruda y bárbara guerra.

Conservar de este modo las comunicaciones exigía de los franceses suma vigilancia y mucha gente. Así, en las provincias de que vamos hablando, nada menos contaban que unos 70.000 hombres, 24.000 en Madrid y lo restante de Castilla la Nueva. En la Vieja, además de Segovia y Ávila, y de otros puntos de inmediato enlace con las operaciones de Portugal y Asturias, había en Valladolid de 6 a 7000 hombres, y 10.000 en Burgos, Soria y sus contornos; 7000 se esparcían por Álava, Vizcaya y Guipúzcoa, y 22.000 se alojaban en Navarra. Distribuíase toda esta gente en columnas móviles, o se juntaba, según los casos, en cuerpos más numerosos y compactos.

En orden a los partidarios, causadores de tanto afán, no nos es dado hacer de todos particular especificación, y menos de sus hechos, como ajena de una historia general. Subía a 200 la cuenta de los caudillos más conocidos, apareciendo y desapareciendo otros muchos con las oleadas de los sucesos.

Los que andaban cerca de los ejércitos en la circunferencia peninsular, y de que ya hemos hablado, permanecían más fijos en sus respectivos lugares, como dependientes de cuerpos reglados. Los que ahora nos ocupan, si bien de preferencia tenían, digámoslo así, determinada vivienda, trasladábanse de una provincia a otra al son de las alternativas y vueltas de la guerra, o según el cebo que ofrecía alguna lucrativa o gloriosa empresa.

En Andalucía.

En Andalucía, aparte de las guerrillas nombradas y que recorrían las sierras de Granada y Ronda, diéronse a conocer bastante las de Don Pedro Zaldivia, Don Juan Mármol y Don Juan Lorenzo Rey, habiendo una, que apellidaron del Mantequero, metídose en el barrio de Triana un día de los del mes de septiembre, con gran sobresalto de los franceses de Sevilla.

En Castilla
la Nueva.