Continuaban en la Mancha haciendo sus excursiones Francisquete y los ya insinuados en otro libro. Oyéronse ahora los nombres de Don Miguel Díaz y de Don Juan Antonio Orobio, juntamente con los de Don Francisco Abad y Don Manuel Pastrana, el primero bajo el mote de Chaleco, y el último bajo el de Chambergo. Usanza esta general entre el vulgo, no olvidada ahora con caudillos que por la mayor parte salían de las honradas pero humildes clases del pueblo.
Apareció en la provincia de Toledo Don Juan Palarea, médico de Villaluenga, y en la misma murió el famoso partidario Don Ventura Jiménez, de resultas de heridas recibidas el 17 de junio en un empeñado choque junto al puente de San Martín. Igual y gloriosa suerte cupo a Don Toribio Bustamante, alias el Caracol, que recorría aquella provincia y la de Extremadura. Tomó las armas después de la batalla de Rioseco, en donde era administrador de correos, para vengar la muerte de su mujer y de un tierno hijo, que perecieron a manos de los franceses en el saco de aquella ciudad. Finó el 2 de agosto, lidiando en el puerto de Miravete.
En las cercanías de Madrid hervían las partidas, a pesar de las fuerzas respetables que custodiaban la capital; bien es verdad que dentro tenía la causa nacional firmes parciales, y auxilios y pertrechos, y hasta insignias honoríficas recibían de su adhesión y afecto los caudillos de las guerrillas.
Don Juan Martín [el Empecinado], que por lo común peleaba en la provincia vecina de Guadalajara, era a quien especialmente se dirigían los envíos y obsequiosos rendimientos. Cuerpos suyos destacados rondaban a menudo no lejos de Madrid, y el 13 de julio hasta se metieron en la Casa de Campo, tan inmediata a la capital y sitio de recreo de José. A tal punto inquietaban estos rebatos a los enemigos, y tanto se multiplicaban, que el conde de Laforest, embajador de Napoleón cerca de su hermano, después de hablar en un pliego, escrito en 5 de julio al ministro Champagny, de que las «sorpresas que hacían las cuadrillas españolas de los puestos militares, de los convoyes y correos, eran cada día más frecuentes», añadía, «que en Madrid nadie se podía, sin riesgo, alejar de sus tapias.»
Mirando los franceses al Empecinado como principal promovedor de tales acometidas, quisieron destruirle, y ya en la primavera habían destacado contra él, a las órdenes del general Hugo, una columna volante de 3000 infantes y caballos, en cuyo número había españoles de los enregimentados por José, pero que comúnmente solo sirvieron para engrosar las filas del Empecinado.
El general Hugo, aunque al principio alcanzó ventajas, creyó oportuno, para apoyar sus movimientos, fortalecer en fines de junio a Brihuega y Sigüenza. No tardó el Empecinado en atacar a esta ciudad, constando ya su fuerza de 600 infantes y 400 caballos. Se agregó a él, con 100 hombres, Don Francisco de Palafox, que vimos antes en Alcañiz, y que luego pasó a Mallorca, donde murió. Juntos ambos caudillos, obligaron a los franceses a encerrarse en el castillo, y entraron en la ciudad. Abandonáronla pronto. Mas desde entonces el Empecinado no cesó de amenazar a los franceses en todos los puntos, y de molestarlos marchando y contramarchando, y ora se presentaba en Guadalajara, ora delante de Sigüenza, y ora, en fin, cruzaba el Jarama y ponía en cuidado hasta la misma corte de José.
Servíale de poco a Hugo su diligencia, pues Don Juan Martín, si se veía acosado, presto a desparcir su gente, juntábala en otras provincias, e iba hasta las de Burgos y Soria, de donde también venían a veces en su ayuda Tapia y Merino.
El 18 de agosto trabó en Cifuentes, partido de Guadalajara, una porfiada refriega, y aunque de resultas tuvo que retirarse, apareció otra vez el 24 en Mirabueno, y sorprendió una columna enemiga cogiéndole bastantes prisioneros. Volvió en 14 de septiembre a empeñar otra acción, también reñida, en el mismo Cifuentes, la cual duró todo el día, y los franceses, después de poner fuego a la villa, se recogieron a Brihuega.
Ascendió en octubre la fuerza del Empecinado a 600 caballos y 1500 infantes, con lo que pudo destacar partidas a Castilla la Vieja y otros lugares, no solo para pelear contra los franceses sino también para someter algunas guerrillas españolas que, so color de patriotismo, oprimían los pueblos y dejaban tranquilos a los enemigos.
No le estorbó esta maniobra hostilizar al general Hugo, y el 18 de octubre escarmentó a algunas de sus tropas en las Cantarillas de Fuentes, apresando parte de un convoy.