Con tan repetidos ataques desflaquecía la columna del general Hugo, y menester fue que le enviasen de Madrid refuerzos. Luego que se le juntaron, se dirigió a Humanes, y allí en 7 de diciembre escribió al Empecinado, ofreciéndole para él y sus soldados servicio y mercedes bajo el gobierno de José. Replicó el español briosamente y como honrado, de lo cual enfadado Hugo, cerró con los nuestros dos días después en Cogolludo, teniendo el jefe español que retirarse a Atienza, sin que por eso se desalentase; pues a poco se dirigió a Jadraque y recobró varios de sus prisioneros. «Tal era, dice el general Hugo en sus memorias, la pasmosa actividad del Empecinado, tal la renovación y aumento de sus tropas, tales los abundantes socorros que de todas partes le suministraban, que me veía forzado a ejecutar continuos movimientos.» Y más adelante concluye con asentar: «Para la completa conquista de la península se necesitaba acabar con las guerrillas... Pero su destrucción presentaba la imagen de la hidra fabulosa.» Testimonio imparcial, y que añade nuevas pruebas en favor del raro y exquisito mérito de los españoles en guerra tan extraordinaria y hazañosa.
Don Luis de Bassecourt, conforme apuntamos, mandaba en Cuenca antes de pasar a Valencia. Entraron los franceses en aquella ciudad el 17 de junio, y hallándola desamparada cometieron excesos parecidos a los que allí deshonraron sus armas en las anteriores ocupaciones. Quemaron casas, destruyeron muebles y ornamentos, y hasta inquietaron las cenizas de los muertos desenterrando varios cadáveres en busca, sin duda, de alhajas y soñados tesoros.
Evacuaron luego la ciudad, y en agosto sucedió a Bassecourt en el mando Don José Martínez de San Martín, que también de médico se había convertido en audaz partidario. Recorría la tierra hasta el Tajo, en cuyas orillas escarmentó a veces la columna volante que capitaneaba en Tarancón el coronel francés Forestier.
En Castilla
la Vieja.
Cundía igualmente voraz el fuego de la guerra al norte de las sierras de Guadarrama. Sosteníanse los más de los partidarios en otro libro mencionados, y brotaron otros muchos. De ellos, en Segovia, Don Juan Abril; en Ávila, Don Camilo Gómez; en Toro, Don Lorenzo Aguilar; y distinguiose en Valladolid la guerrilla de caballería, llamada de Borbón, que acaudillaba Don Tomás Príncipe.
Aquí mostrábase el general Kellermann contra los partidarios tan implacable y severo como antes, portándose, a veces, ya él o ya los subalternos, harto sañudamente. Hubo un caso que aventajó a todos en esmerada crueldad. Fue, pues, que preso el hijo de un latonero de aquella ciudad, de edad de doce años, que llevaba pólvora a las partidas, no queriendo descubrir la persona que le enviaba, aplicáronle fuego lento a las plantas de los pies y a las palmas de las manos para que con el dolor declarase lo que no quería de grado. El niño, firme en su propósito, no desplegó los labios, y conmoviéronse, al ver tanta heroicidad, los mismos ejecutores de la pena, mas no sus verdaderos y empedernidos verdugos. ¿Y quién, después de este ejemplo y otros semejantes, solo propios de naciones feroces y de siglos bárbaros, extrañará algunos rigores, y aun actos crueles de los partidarios?
Don Juan Tapia, en Palencia; Don Jerónimo Merino, en Burgos; Don Bartolomé Amor, en La Rioja, y en Soria Don José Joaquín Durán, ya unidos, ya separadamente, peleaban en sus respectivos territorios, o batían la campaña en otras provincias. Eligió la junta de Soria a Durán, comandante general de su distrito. Siendo brigadier fue hecho prisionero en la acción de Bubierca, y habiéndose luego fugado, se mantenía oculto en Cascante, pueblo de su naturaleza. Resolvió dicha junta este nombramiento [que mereció en breve la aprobación del gobierno] de resultas de un descalabro que el 6 de septiembre padecieron en Yanguas sus partidas, unidas a las de La Rioja. Causolo una columna volante enemiga que regía el general Roguet, quien inhumanamente mandó fusilar 20 soldados españoles prisioneros, después de haberles hecho creer que les concedía la vida.
Durán se estableció en Berlanga. Su fuerza, al principio, no era considerable; pero aparentó de manera que el gobernador francés de Soria, Duvernet, si bien a la cabeza de 1600 hombres de la guardia imperial, no osó atacarle solo, y pidió auxilio al general Dorsenne, residente en Burgos. Por entonces ni uno ni otro se movieron, y dejaron a Durán tranquilo en Berlanga.
Tampoco pensaba este en hacer tentativa alguna hasta que su gente fuese más numerosa y estuviese mejor disciplinada. Pero habiéndosele presentado en diciembre los partidarios Merino y Tapia, con 600 hombres, los más de caballería, no quiso desaprovechar tan buena ocasión, y les propuso atacar a Duvernet, que a la sazón se alojaba, con 600 soldados, en Calatañazor, camino del Burgo de Osma. Aprobaron Merino y Tapia el pensamiento, y todos convinieron en aguardar a los franceses el 11, a su paso por Torralba. Apareció Duvernet, trabose la pelea, y ya iba aquel de vencida cuando de repente la caballería de Merino volvió grupa y desamparó a los infantes. Dispersáronse estos, tornaron Tapia y su compañero a sus provincias, y Durán a Berlanga, en donde sin ser molestado continuó hasta finalizar el año de 10, procurando reparar sus pérdidas y mejorar la disciplina.
Santander
y provincias
vascongadas.