Tomó a su cargo la Montaña de Santander el partidario Campillo, aproximándose unas veces a Asturias, y otras a Vizcaya, mas siempre con gran detrimento del enemigo. Mereció por ello gran loa, y también por ser de aquellos lidiadores que, sirviendo a su patria, nunca despojaron a los pueblos.
La misma fama adquirió en esta parte Don Juan de Aróstegui, que acaudillaba en Vizcaya una partida considerable con el nombre de Bocamorteros. Sonaba en Álava desde principios de año Don Francisco Longa, de la Puebla de Arganzón, quien en breve contó bajo su mando unos 500 hombres. Pronto rebulló también en Guipúzcoa Don Gaspar Jáuregui, llamado el Pastor porque soltó el cayado para empuñar la espada.
Expedición
de Renovales
a la costa
cantábrica.
Estas provincias vascongadas, así como toda la costa cantábrica, de suma importancia para divertir al enemigo y cortarle en su raíz las comunicaciones, habían llamado particularmente la atención del gobierno supremo, y por tanto, además de las expediciones referidas de Porlier, se idearon otras. Fue de ellas la primera una que encomendó la regencia a Don Mariano Renovales. Salió este al efecto de Cádiz, aportó a la Coruña, y hechos los preparativos, dio de aquí la vela el 14 de octubre con rumbo al este. Llevaba 1200 españoles y 800 ingleses, convoyados por 4 fragatas de la misma nación y otra de la nuestra, con varios buques menores. Mandaba las fuerzas de mar el comodoro Mends.
Fondeó la expedición en Gijón el 17, a tiempo que Porlier peleaba en los alrededores con los franceses; mas no pudiendo Renovales desembarcar hasta el 18, diose lugar a que los enemigos evacuasen aquella villa, y que Porlier, atacado por estos, unidos a los de afuera, se alejase. Renovales se reembarcó, y el 23 surgió en Santoña; vientos contrarios no le permitieron tomar tierra hasta el 28; espacio de tiempo favorable a los franceses que, acudiendo con fuerzas superiores en auxilio del punto amagado, obligaron a los nuestros a desistir de su intento. Además, la estación avanzaba y se ponía inverniza, con anuncios de temporales peligrosos en costa tan brava; por lo mismo, pareciendo prudente retroceder a Galicia, aportaron los nuestros a Vivero. Allí, arreciando los vientos, se perdió la fragata española Magdalena y el bergantín Palomo, con la mayor parte de sus tripulaciones. Grande desdicha que si en algo pendió de los malos tiempos, también hubo quien la atribuyese a imprevisión y tardanzas.
Navarra.
Espoz y Mina.
Causó al principio desasosiego a los franceses esta expedición, que creyeron más poderosa; pero tranquilizándose después al verla alejada, pusieron nuevo conato, aunque inútilmente, en despejar el país de las partidas, perturbándolos en especial Don Francisco Espoz y Mina, que sobresalió por su intrepidez y no interrumpidos ataques.
A poco de la desgracia de su sobrino, había allegado bastante gente, que todos los días se aumentaba. Sin aguardar a que fuese muy numerosa, emprendió ya en abril frecuentes acometidas, y prosiguió los meses adelante atajando las escoltas y combatiendo los alojamientos enemigos. Impacientes estos y enfurecidos del fatigoso pelear, determinaron en septiembre destruir a tan arrojado partidario. Valiose para ello el general Reille, que mandaba en Navarra, de las fuerzas que allí había y de otras que iban de paso a Portugal, juntando de este modo unos 30.000 hombres.
Mina, acosado, para evitar el exterminio de su gente, la desparramó por diversos lugares, encaminándose parte de ella a Castilla y parte a Aragón. Guardó él consigo algunos hombres, y más desembarazado, no cesó en sus ataques, si bien tuvo luego que correrse a otras provincias. Herido de gravedad, tornó después a Navarra para curarse, creyéndose más seguro en donde el enemigo más le buscaba. ¡Tal y tan en su favor era la opinión de los pueblos, tanta la fidelidad de estos!
Antes de ausentarse dio en Aragón nueva forma a sus guerrillas, vueltas a reunir en número de 3000 hombres, y las repartió en tres batallones y un escuadrón: confirió el mando de dos de ellos a Curuchaga y a Górriz, jefes dignos de su confianza. La regencia de Cádiz le nombró entonces coronel y comandante general de las guerrillas de Navarra; pues estos caudillos, en medio de la independencia de que disfrutaban, hija de las circunstancias y de su posición, aspiraban todos a que el gobierno supremo confirmase sus grados y aprobase sus hechos, reconociéndole como autoridad soberana y único medio de que se conservase buena armonía y unión entre las provincias españolas.