Recobrado Mina de su herida, comenzó, al finalizar octubre, otras empresas, y su gente recorrió de nuevo los campos de Aragón y Castilla con terrible quebranto de los enemigos. Restituyose en diciembre a Navarra, atacó a los franceses en Tievas, Monreal y Aibar, y cerrando dichosamente la campaña de 1810, se dispuso a dar a su nombre, en las sucesivas, mayor fama y realce.
Júzguese por lo que hemos referido cuantos males no acarrearían las guerrillas al ejército enemigo. Habíalas en cada provincia, en cada comarca, en cada rincón: contaban algunas 2000 y 3000 hombres, la mayor parte 500 y aun 1000. Se agregaron las más pequeñas a las más numerosas, o desaparecieron, porque como eran las que por lo general vejaban los pueblos, faltábales la protección de estos, persiguiéndolas al propio tiempo los otros guerrilleros, interesados en su buen nombre y a veces también en el aumento de su gente. No hay duda que en ocasiones se originaron daños a los naturales, aun de las grandes partidas; pero los más eran inherentes a este linaje de guerra, pudiéndose resueltamente afirmar que, sin aquellas, hubiera corrido riesgo la causa de la independencia. Tranquilo poseedor el enemigo de extensión vasta de país, se hubiera entonces aprovechado de todos sus recursos transitando por él pacíficamente, y dueño de mayores fuerzas, ni nuestros ejércitos, por más valientes que se mostrasen, hubieran podido resistir a la superioridad y disciplina de sus contrarios, ni los aliados se hubieran mantenido constantes en contribuir a la defensa de una nación cuyos habitantes doblaban mansamente la cerviz a la coyunda extranjera.
Cortes.
Tregua ahora a tanto combate, y lanzándonos en el campo no menos vasto de la política, hablemos de lo que precedió a la reunión de cortes, las cuales, en breve congregadas, haciendo bambolear el antiguo edificio social, echaron al suelo las partes ruinosas y deformes, y levantaron otro que si no perfecto, por lo menos se acomodaba mejor al progreso de las luces del siglo, y a los usos, costumbres y membranzas de las primitivas monarquías de España.
Remisa
la regencia
en convocarlas.
Desaficionada la regencia a la institución de cortes, había postergado el reunirlas, no cumpliendo debidamente con el juramento que había prestado al instalarse «de contribuir a la celebración de aquel augusto congreso en la forma establecida por la suprema junta central, y en el tiempo designado en el decreto de creación de la regencia.» Cierto es que en este decreto aunque se insistía en la reunión de cortes ya convocadas para el 1.º de marzo de 1810, se añadía: «si la defensa del reino... lo permitiere.» Cláusula puesta allí para el solo caso de urgencia, o para diferir cortos días la instalación de las cortes; pero que abría ancho espacio a la interpretación de los que procediesen con mala o fría voluntad.
Clamor general
por ellas.
Descuidó pues la regencia el cumplimiento de su solemne promesa, y no volvió a mentar ni aun la palabra cortes sino en algunos papeles que circuló a América, las más veces no difundidos en la península, y cortados a traza de entretenimiento para halagar los ánimos de los habitantes de ultramar. Conducta extraña que sobremanera enojó, pues entonces ansiaban los más la pronta reunión de cortes, considerando a estas como áncora de esperanza en tan deshecha tormenta. Creciendo los clamores públicos, se unieron a ellos los de varios diputados de algunas juntas de provincia, los cuales residían en Cádiz, y trataron de promover legalmente asunto de tanta importancia. Temerosa la regencia de la común opinión, y sabedora de lo que intentaban los referidos diputados, resolvió ganar a todos por la mano, suscitando ella misma la cuestión de cortes, ya que contase deslumbrar así y dar largas, o ya que, obligada a conceder lo que la generalidad pedía, quisiese aparentar que solo la estimulaba propia voluntad y no ajeno impulso. A este fin, llamó el 14 de junio a Don Martín de Garay, y le instó a que esclareciese ciertas dudas que ocurrían en el modo de la convocación de cortes, no hallándose nadie más bien enterado en la materia que dicho sujeto, secretario general e individuo que había sido de la junta central.
Las piden
diputados
de las juntas
de provincia.
No por eso desistieron de su intento los diputados de las provincias, y el 17 del propio junio comisionaron a dos de ellos para poner en manos de la regencia una exposición enderezada a recordar la prometida reunión de cortes. Cupo el desempeño de este encargo a Don Guillermo Hualde, diputado por Cuenca, y al conde de Toreno [autor de esta historia], que lo era por León. Presentáronse ambos, y después de haber el último obtenido venia, leído el papel de que eran portadores, alborotose bastantemente el obispo de Orense, no acostumbrado a oír y menos a recibir consejos. Replicaron los comisionados, y comenzaban unos y otros a agriarse, cuando, terciando el general Castaños, amansáronse Hualde y Toreno, y templando también el obispo su ira locuaz y apasionada, humanose al cabo; y así él como los demás regentes dieron a los diputados una respuesta satisfactoria. Divulgado el suceso, remontó el vuelo la opinión de Cádiz, mayormente habiendo su junta aprobado la exposición hecha al gobierno, y sostenídola con otra que a su efecto elevó a su conocimiento en el día siguiente.