El general Suchet volvió por la noche a aquella ciudad, mandando al general Laval que de Torrero caminase a amenazar la retaguardia de los españoles. Permaneció Don Joaquín Blake el 16 en Botorrita, resuelto a aguardar a los franceses: pudiera haberle costado cara semejante determinación si el general Laval, descarriado por sus guías, no se hubiese retardado en su marcha. Admirose Suchet al saber que Blake aunque derrotado se mantenía en Botorrita, de cuyo punto no se hubiera tan pronto movido si el amo de la casa donde almorzó Laval no le hubiese avisado de la marcha de este. Así el patriotismo de un individuo preservó quizás al ejército español de un nuevo contratiempo.

Retírase
de Botorrita.

Advertido Blake abrevió su retirada, sin que por eso hubiese antes habido ningún empeñado choque. Siguiole Suchet el 17 hasta la Puebla de Albortón, y el 18 ambos ejércitos se encontraron en Belchite. No era el de Blake más numeroso que en María, pues si bien por una parte se le unió la división de Aréizaga y un batallón del regimiento de Granada procedente de Lérida, por otra habíase perdido en la acción mucha gente entre muertos y extraviados, y separádose el cuerpo franco de Don Ramón Gayán. Además la disposición de los ánimos era diversa, decaídos con la desgracia. Lo contrario sucedía a los franceses, que recobrado su antiguo aliento y contando casi las mismas fuerzas, podían confiadamente ponerse al riesgo de nuevos combates.

Batalla
de Belchite.

Está Belchite situado en la pendiente de unas alturas que le circuyen de todos lados excepto por el frente y camino de Zaragoza, en donde yacen olivares y hermosas vegas que riegan las aguas de la Cuba o pantano de Almonacid. Don Joaquín Blake puso su derecha en el Calvario, colina en que se respalda Belchite: su centro en Santa Bárbara, punto situado en el mismo pueblo, habiendo prolongado su izquierda hasta la ermita de nuestra señora del Pueyo. En algunas partes formaba el ejército tres líneas. Guarneciéronse los olivares con tiradores, y se apostó la caballería camino de Zaragoza. Aparecieron los franceses por las alturas de la Puebla de Albortón, atacando principalmente nuestra izquierda la división del general Musnier. Amagó de lejos la derecha el general Habert, y tropas ligeras entretuvieron el centro con varias escaramuzas. A él se acogieron luego nuestros soldados de la izquierda, agrupándose alrededor de Belchite y Santa Bárbara, lo que no dejó ya de causar cierta confusión. Sin embargo nuestros fuegos respondieron bien al principio a los de los contrarios, y por todas partes se manifestaban al menos deseos de pelear honradamente. Mas a poco incendiándose dos o tres granadas españolas, y cayendo una del enemigo en medio de un regimiento, espantáronse unos, cundió el miedo a otros, y terror pánico se extendió a todas las filas, siendo arrastrados en el remolino mal de su grado aun los más valerosos. Solos quedaron en medio de la posición los generales Blake, Lazán y Roca, con algunos oficiales; los demás casi todos huyeron o fueron atropellados. Sentimos, por ignorarlo, no estampar aquí para eterno baldón el nombre de los causadores de tamaña afrenta. Como la dispersión ocurrió al comenzarse la refriega, pocos fueron los muertos y pocos los prisioneros, ayudando a los cobardes el conocimiento del terreno. Perdiéronse nueve o diez cañones que quedaban después de la batalla de María, y perdiose sobre todo el fruto de muchos meses de trabajos, afanes y preparativos. Aunque es cierto que no fue Don Joaquín Blake quien dio inmediata ocasión a la derrota, censurose con razón en aquel general la extremada confianza de aventurar una segunda acción tres días después de la pérdida de la de María, debiendo temer que tropas nuevas como las suyas no podían haber olvidado tan pronto tan reciente y grave desgracia.

Resultas
desastradas
de la batalla.

Los franceses avanzaron el mismo 18 a Alcañiz. Los españoles se retiraron en más o menos desorden a puntos diversos: la división aragonesa de Lazán a Tortosa de donde había salido, la de Valencia a Morella y San Mateo: acompañaron a ambas varios de los nuevos refuerzos, algunos tiraron a otros lados. También repartiendo en columnas su ejército el general francés, dirigió una la vuelta de Tortosa, otra del lado de Morella, y apostó al general Musnier en Alcañiz y orillas del Guadalope. En cuanto a él, después de pasar en persona el Ebro por Caspe, de reconocer a Mequinenza y de recuperar a Monzón, volvió a Zaragoza, habiendo dejado de observación en la línea del Cinca al general Habert.

Ganada la batalla de Belchite, si tal nombre merece, y despejada la tierra, figurose Suchet que sería árbitro de entregarse descansadamente al cuidado interior de su provincia. En breve se desengañó, porque animados los naturales al recibo de las noticias de otras partes, y engrosándose las guerrillas y cuerpos francos con los dispersos del ejército vencido, apareció la insurrección, como veremos después, más formidable que antes, encarnizándose la guerra de un modo desusado.

Pasa Blake
a Cataluña.

Desde Tortosa volvió el general Blake la vista al norte de Cataluña, y en especial la fijó en Gerona, de cuyo sitio y anexas operaciones suspenderemos hablar hasta el libro próximo, por no dividir en trozos hecho tan memorable. En lo demás de aquel principado continuaron tropas destacadas, somatenes y partidas incomodando al enemigo, pero de sus esfuerzos no se recogió abundante fruto faltando en aquellas lides el debido orden y concierto.