Conservando en el primer grado el mismo método de elección, había dado la regencia, en 14 de febrero, mayor ensanche al nombramiento de diputados a cortes. Los ayuntamientos elegían en sus provincias sus representantes, sin necesidad de acudir a la aprobación o escogimiento de las autoridades superiores, de manera que, en vez de un solo diputado por cada virreinato o capitanía general, se nombraron tantos cuantas eran las provincias, con lo que no dejó de ser bastante numerosa la diputación americana que poco a poco fue aportando a Cádiz, aun de los países más remotos, y compuso parte muy principal de aquellas cortes.

Elección
de suplentes.

No estorbó esto que, aguardando la llegada de los diputados propietarios, se llevase a efecto en Cádiz el nombramiento de suplentes, así respecto de las provincias de ultramar como también de las de España, cuyos representantes no hubiesen todavía acudido, impedidos por la ocupación enemiga o por cualquiera otra causa que hubiese motivado la dilación. Para América y Asia, en vez de 26 suplentes resolvió la regencia se nombrasen dos más, accediendo a varias súplicas que se le hicieron; para la península debía elegirse uno solo por cada una de las provincias indicadas. Tocaba desempeñar encargo tan importante a los respectivos naturales, en quienes concurriesen las calidades exigidas en el decreto e instrucción de 1.º de enero. La regencia había el 19 de agosto determinado definitivamente este asunto de suplentes, conviniendo en que la elección se hiciese en Cádiz, como refugio del mayor número de emigrados. Publicó el 8 de septiembre un edicto sobre la materia, y nombró ministros del consejo que preparasen las listas de los naturales de la península y de América que estuviesen en el caso de poder ser electores.

Opinión
sobre esto
en Cádiz.

Aplaudieron todos en Cádiz el que hubiese suplentes, lo mismo los apasionados a novedades que sus adversarios. Vislumbraban en ello unos carrera abierta a su noble ambición, esperaban otros conservar así su antiguo influjo y contener el ímpetu reformador. Entre los últimos se contaban consejeros, antiguos empleados, personas elevadas en dignidad que se figuraban prevalecer en las elecciones y manejarlas a su antojo, asistidos de su nombre y de su respetada autoridad. Ofuscamiento de quien ignoraba lo arremolinadas que van, aun desde un principio, las corrientes de una revolución.

Parte que toma
la mocedad.

En breve se desengañaron, notando cuán perdido andaba su influjo. Levantáronse los pechos de la mocedad, y desapareció aquella indiferencia a que antes estaba avezada en las cuestiones políticas. Todo era juntas, reuniones, corrillos, conferencias con la regencia, demandas, aclaraciones. Hablábase de candidatos para diputados, y poníanse los ojos, no precisamente en dignidades, no en hombres envejecidos en la antigua corte o en los rancios hábitos de los consejos u otras corporaciones, sino en los que se miraban como más ilustrados, más briosos y más capaces de limpiar la España de la herrumbre que llevaba comida casi toda su fortaleza.

Los consejeros nombrados para formar las listas, lejos de tropezar, cuando ocurrían dudas, con tímidos litigantes o con sumisos y necesitados pretendientes, tuvieron que habérselas con hombres que conocían sus derechos, que los defendían y aun osaban arrostrar las amenazas de quienes antes resolvían sin oposición y con el ceño de indisputable supremacía.

Enojo
de los enemigos
de reformas.

Desde entonces, muchos de los que más habían deseado el nombramiento de suplentes empezáronse a mostrar enemigos, y por consecuencia adversarios de las mismas cortes. Fuéronlo sin rebozo luego que se terminaron dichas elecciones de suplentes. Se dio principio a estas el 17 de septiembre, y recayeron por lo común los nombramientos de diputados en sujetos de capacidad y muy inclinados a reformas.