Los franceses no se retiraban sino para reconcentrarse y engrosar sus fuerzas. José después de dejar en Madrid una corta guarnición, había salido con su guardia y reserva, uniéndose a Victor el 25 por Vargas y orilla izquierda del Guadarrama. Otro tanto hizo Sebastiani, que observaba a Venegas en la Mancha cerca de Daimiel, cuando se le mandó acudir al Tajo. Con esta unión los franceses que poco antes tenían para oponerse a los aliados solo unos 25.000 hombres, contaban ahora sobre 50.000 alojados a corta distancia de Cuesta, detrás del río Guadarrama. Venegas, sabedor de la marcha de Sebastiani, envió en pos de él y hacia Toledo una división al mando de Don Luis Lacy, aproximándose en persona a Aranjuez con lo restante de su ejército. Avanza Wilson
a Navalcarnero. No por eso dividieron los franceses sus fuerzas, ni tampoco por otros movimientos de Sir Roberto Wilson, quien extendiéndose con sus tropas por Escalona y la villa del Prado, se había el 25 metido hasta Navalcarnero, distante cinco leguas de Madrid, cuyo suceso hubo de causar en la capital un levantamiento.

Aunque juntos los cuerpos de Victor y Sebastiani con la reserva y guardia de José, no pensaban los franceses empeñarse en acción campal, aguardando a que el mariscal Soult, con los tres cuerpos que capitaneaba en Salamanca, viniese sobre la espalda de los aliados por las sierras que dividen aquellas provincias de la de Extremadura. Plan sabio, de que había sido portador desde Madrid el general Foy, y cuyas resultas hubieran podido ser funestísimas para el ejército combinado. La impaciencia de los franceses malogró en el campo lo que prudentemente se había determinado en el consejo.

Peligro que corre
el ejército
de Cuesta.

Viendo el 26 de julio la indiscreta marcha de Cuesta, quisieron escarmentarle. Así arrollaron aquel día sus puestos avanzados, y aun acometieron a la vanguardia. El comandante de esta, Don José de Zayas, avanzó a las llanuras que se extienden delante de Torrijos, en donde lidió largo rato, tratando solo de retirarse al noticiarle que mayor número de gente venía a su encuentro. Comenzó entonces ordenadamente su movimiento retrógado, pero arredrados los infantes con ver que no podía maniobrar el regimiento de caballería de Villaviciosa metido entre unos vallados, retrocedieron en desorden a Alcabón, a donde corrió en su amparo el duque de Alburquerque, asistido de una división de 3000 caballos. Diose con esto tiempo a que la vanguardia se recogiese al grueso del ejército, que teniendo a su cabeza al general Cuesta caminaba no con el mejor concierto a abrigarse del ejército inglés. La vanguardia de este ocupaba a Cazalegas, y su comandante, el general Sherbrooke, hizo ademán de resistir a los enemigos que se detuvieron en su marcha. Parecía que con tal lección se ablandaría la tenacidad del general Cuesta, mas desentendiéndose de las justas reflexiones de Sir Arturo Wellesley, a duras penas consintió repasar el Alberche.

Anunciaba la unión y marcha de los enemigos la proximidad de una batalla, y se preparó a recibirla el general inglés. En consecuencia mandó a Wilson que de Navalcarnero volviese a Escalona, y no dejó tropa alguna a la izquierda del Alberche, resuelto a ocupar una posición ventajosa en la margen opuesta.

Batalla
de Talavera,
27 y 28 de julio.

Escogió como tal el terreno que se dilata desde Talavera de la Reina hasta más allá del cerro de Medellín, y que abraza en su extensión unos tres cuartos de legua. Alojábase a la derecha y tocando al Tajo el ejército español: ocupaba el inglés la izquierda y centro. Era como sigue la fuerza y distribución de entrambos. Componíase el de los españoles de cinco divisiones de infantería y dos de caballería, sin contar la reserva y vanguardia. Mandaban las últimas Don Juan Berthuy y Don José de Zayas. De las divisiones de caballería, guiaba la primera Don Juan de Henestrosa, la segunda el duque de Alburquerque. Regían las de infantería según el orden de su numeración el marqués de Zayas, Don Vicente Iglesias, el marqués de Portago, Don Rafael Manglano y Don Luis Alejandro Bassecourt. El total de tropas españolas, deducidas pérdidas, destacamentos y extravíos, no llegaba a 34.000 hombres, de ellos cerca de 6000 de caballería. Contaban allí los ingleses más de 16.000 infantes y 3000 jinetes repartidos en cuatro divisiones a las órdenes de los generales Sherbrooke, Hill, Mackenzie y Campbell.

La derecha que formaban los españoles se extendía delante de Talavera y detrás de un vallado que hay a la salida. Colocose en frente de la suntuosa ermita de Nuestra Señora del Prado una fuerte batería, con cuyos fuegos se enfilaba el camino real que conduce al puente del Alberche. Por el siniestro costado de los españoles, y en un intermedio que había entre ellos y los ingleses, empezose a construir en un altozano un reducto que no se acabó; viniendo después e inmediatamente la división de Campbell, a la que seguía la de Sherbrooke, cubriendo con la suya la izquierda el general Hill. Permaneció apostada cerca del Alberche la división del general Mackenzie con orden de colocarse en 2.ª línea y detrás de Sherbrooke al trabarse la refriega. Era la llave de la posición el cerro en donde se alojaba Hill, llamado de Medellín, cuya falda baña por delante y defiende con hondo cauce el arroyo Portiña, separándole una cañada por el siniestro lado de los peñascales de la Atalaya e hijuelas de la sierra de Segurilla.

Al amanecer del 27 de julio, poniendo José desde Santa Olalla sus columnas en movimiento, llegaron aquellas a la una del día a las alturas de Salinas, izquierda del Alberche. Sus jefes no podían ni aun de allí descubrir distintamente las maniobras del ejército combinado, plantado el terreno de olivos y moreras. Mas, escuchando José al mariscal Victor que conocía aquel país, tomó en su consecuencia las convenientes disposiciones. Dirigió el 4.º cuerpo, del mando de Sebastiani, contra la derecha que guardaban los españoles, y el 1.º, del cargo de Victor, contra la izquierda, al mismo tiempo que amenazaba el centro la caballería. Cruzado el Alberche, siguió el 4.º cuerpo con la reserva y guardia de José, que le sostenía, el camino real de Talavera, y el 1.º, que vino por el vado, cayó tan de repente sobre la torre llamada de Salinas, en donde estaba apostado el general Mackenzie, que causó algún desorden en su división, y estuvo para ser cogido prisionero Sir Arturo Wellesley, que observaba desde aquel punto los movimientos del enemigo. Pudieron al fin todos, aunque con trabajo, recogerse al cuerpo principal del ejército aliado.

Iba pues a empeñarse una batalla general. Los franceses, avanzando, empezaron antes de anochecer su ataque con un fuerte cañoneo y una carga de caballería sobre la derecha, que defendían los españoles, de los que ciaron los cuerpos de Trujillo y Badajoz de línea y Leales de Fernando VII, y aún hubo fugitivos que esparcieron la consternación hasta Oropesa, yendo envueltos con ellos y no menos aterrados algunos ingleses. No fue sin embargo más allá el desorden, contenido el enemigo por el fuego acertado de la artillería y de los otros cuerpos, y también por ser su principal objeto caer sobre la izquierda en que se alojaba el general Hill.