Dirigieron contra ella las divisiones de los generales Ruffin y Villatte, y encaramáronse al cerro, a pesar de ser la subida áspera y empinada, con la dificultad también de tener que cruzar el cauce del Portiña. Atropellándolo todo con su impetuosidad, tocaron a la cima de donde precipitadamente descendieron los ingleses por la ladera opuesta. El general Hill, aunque herido su caballo y a riesgo de caer prisionero, volvió a la carga y con la mayor bizarría recuperó la altura. Ya bien entrada la noche insistieron los franceses en su ataque, extendiéndole por la izquierda de ellos el general Lapisse contra otra de las divisiones inglesas. Viva fue la refriega y larga, sin fruto para los enemigos. Pasadas las doce de la misma noche, un arma falsa, esparcida entre los españoles, dio ocasión a un fuego graneado que duró algún tiempo, y causó cierto desorden que afortunadamente no cundió a toda la línea.

Al amanecer del 28 renovaron los franceses sus tentativas, acometiendo el general Ruffin el cerro de Medellín por su frente y la cañada de la izquierda; sostúvole en su empresa el general Villatte. La pelea fue porfiada, repetidos los ataques, ya en masa, ya en pelotones, la pérdida grande de ambas partes. Herido el general Hill, dudoso el éxito en ocasiones, hasta que los franceses, tornando a sus primeros puestos, abrigados de formidable artillería, suspendieron el combate.

Falto el ejército británico de cañones de grueso calibre, pidió el general Wellesley algunos de esta clase a Don Gregorio de la Cuesta, los cuales se colocaron, al mando del capitán Uclés, en el reducto empezado a construir en el altozano, interpuesto entre españoles e ingleses. Viendo también el general Wellesley el empeño que ponía el enemigo en apoderarse del cerro de Medellín, sintió no haber antes prolongado su izquierda y guarnecídola del lado de la cañada; por lo que, para corregir su olvido, colocó allí parte de su caballería, que sostuvo la de Alburquerque, y alcanzó de Cuesta el que destacase la 5.ª división, del mando de Bassecourt, cuyo jefe se situó cubriendo la cañada en la falda y peñascales de la Atalaya.

En aquel momento dudó José de si convenía retirarse o continuar el combate. Victor estaba por lo último, el mariscal Jourdan por lo primero. Vacilante José algún tiempo, decidiose por la continuación, habiendo recorrido antes la línea en todo su largo.

En el intermedio hubo un respiro que duró desde las nueve hasta las doce de la mañana, bajando sin ofenderse los soldados de ambos ejércitos a apagar en el arroyo de Portiña la sed ardiente que les causaba lo muy bochornoso del día.

Por fin los franceses volvieron a proseguir la acción. Vigilaba sus movimientos Sir Arturo Wellesley desde el cerro de Medellín. Acometió primero el general Sebastiani el centro, por la parte en que se unían los ingleses y los españoles. Aquí se hallaban de parte de los últimos las divisiones 3.ª y 4.ª, al cuidado ambas de Don Francisco de Eguía, formando dos líneas, la primera más avanzada que la inmediata de los ingleses. El francés quiso sobre todo apoderarse de la batería del reducto; mas, al poner el pie en ella, recibieron sus soldados una descarga a metralla de los cañones puestos allí poco antes al mando del capitán Uclés, y cayendo los ingleses en seguida sobre sus filas, experimentaron estas horrorosa carnicería. Replegados en confusión los franceses a su línea, rechazaron a sus contrarios cuando avanzaron. Reiteráronse tales tentativas, hasta que en la última, intentando los enemigos meterse entre los ingleses y los españoles, se vieron flanqueados por la primera línea de estos, más avanzada, y acribillados por una batería que mandaba Don Santiago Piñeiro, militar aventajado. Repelidos así, y al tiempo que ya flaqueaban, dio sobre ellos asombrosa carga el regimiento español de caballería del Rey, guiado por su coronel Don José María de Lastres, a quien, herido, sustituyó en el acto con no menor brío su teniente Don Rafael Valparda. Todo lo atropellaron nuestros jinetes, dando lugar a que se cogieran diez cañones, de los que cuatro trajo al campo español el mencionado Piñeiro.

A la misma sazón, en la izquierda del ejército aliado, trató la división del general Ruffin de rodear por la cañada el cerro de Medellín, amenazando parte de la de Villatte subir a la cima. Colocada la caballería inglesa en dicha cañada, aunque padeció mucho, en especial un regimiento de dragones, logró desconcertar a Ruffin, sosteniendo sus esfuerzos la división de Bassecourt y la caballería de Alburquerque. También sirvió de mucho la oportunidad con que el distinguido oficial Don Miguel de Álava, ayudante del último, condescendiendo con los deseos del general inglés Fane, y sin aguardar, por la premura, el permiso de su jefe, dispuso que obrasen dos cañones al mando del capitán Entrena, que hicieron en el enemigo grande estrago. Así se ve como en ambas alas andaba la refriega favorable a los aliados.

Hubo de comprometerse su éxito durante cierto espacio en el centro. Acometió allí al general Sherbrooke el francés Lapisse, el cual, si bien al principio fue rechazado gallardamente, prosiguiendo los guardias ingleses con sobrado ardor el triunfo, repeliéronlos a su vez los franceses, introduciendo confusión en su línea, momento apurado, pues roto el centro, hubieran los aliados perdido la batalla. Felizmente, al ver Wellesley lo que se empeñaban los guardias, con previsión ordenó desde el cerro donde estaba bajar al regimiento número 48, mandado por el coronel Donnellan, cuyo cuerpo se portó con tal denuedo que, conteniendo a los franceses, dio lugar a que los suyos volviesen en sí y se rehiciesen. Sucedido lo cual, avanzando de la 2.ª línea la caballería ligera, a las órdenes de Cotton, y maniobrando por los flancos la artillería, entre la que también lució con sus cañones el capitán Entrena, ciaron desordenados los franceses, cayendo mortalmente herido el general Lapisse. Ya entonces se mostraron por toda la línea victoriosos los aliados. Recogiéronse los franceses a su antigua posición, cubriendo el movimiento los fuegos de su artillería. El calor y lo seco de la tierra, con el tráfago y pisar de aquel día, produjeron poco después en la yerba y matorrales un fuego que, recorriendo por muchas partes el campo, quemó a muertos y a postrados heridos. Perdieron los ingleses en todo 6268 hombres, los franceses 7389, con 17 cañones; murieron de cada parte dos generales. Ascendió la pérdida de los españoles a 1200 hombres, quedando herido el general Manglano.

De este modo pasó la batalla de Talavera de la Reina, que, empezada el 27 de julio, no concluyó hasta el siguiente día, y la cual tuvo, por decirlo así, tres pausas o jornadas. En la última del 28 se comportaron los españoles con valor e intrepidez. Severidad
de Cuesta. A los cuerpos que el 27 flaquearon, nada menos intentó Cuesta que diezmarlos, como si su falta no proviniese más bien de anterior indisciplina que de cobardía villana. Intercedió el general inglés y amansó el feroz pecho del español, mas desgraciadamente cuando ya habían sido arcabuceados 50 hombres.

Recompensas
que da la junta
central y el
gobierno inglés.