Íbanse de esta manera acumulando en el valle o prolongada cuenca que forma el Tajo desde Aranjuez hasta los confines de Portugal muchedumbre de soldados, cuyo número, inclusos los ejércitos de Venegas y Beresford, rayaba en el de 200.000 hombres de muchas y varias naciones. Siendo difícil su mantenimiento en tan limitado terreno, y corto el tiempo que se requería para reunir las masas, era de conjeturar que unos y otros estaban próximos a empeñar decisivos trances. Pero en aquella ocasión, como en tantas otras, no aconteció lo que parecía más probable.

Lord Wellington, informado de que el mariscal Soult se interponía entre su ejército y el puente de Almaraz, resolvió pasar por el del Arzobispo y establecer su línea de defensa detrás del Tajo. Cuesta se retira
de Talavera. Por su parte Don Gregorio de la Cuesta, temeroso también de aguardar solo en Talavera a José y Victor, que de nuevo se unían, abandonó la villa y se juntó en Oropesa con la quinta división y el ejército británico. Desazonó a Wellington la determinación del general español por parecerle precipitada, y sobre todo por no haber puesto el correspondiente cuidado en salvar los heridos ingleses que había en Talavera. Desatendió por tanto y con justicia los clamores de Don Gregorio de la Cuesta, que insistía en que se conservase la posición de Oropesa como propia para una batalla. Cruzó pues Wellington el puente del Arzobispo, y estableció su cuartel general en Deleitosa el 7 de agosto, poniendo en Mesas de Ibor su retaguardia. Envió también por la orilla izquierda de Tajo al general Craufurd con una brigada y seis piezas, el cual llegó felizmente a tiempo de cubrir el paso de Almaraz y los vados.

El ejército aliado
se pone en la
orilla izquierda
del Tajo.

Forzado, bien a su pesar, el general Cuesta a seguir al ejército inglés, pasó el 5 el puente del Arzobispo, hacia donde con presteza se agolpaban los enemigos. Prosiguió su marcha por la Peraleda de Garvín a Mesas de Ibor, dejando en guarda del puente a la quinta división del cargo de Don Luis Bassecourt, y por la derecha en Azután, para atender a los vados, al duque de Alburquerque con 3000 caballos. Mas apenas había llegado Cuesta a la Peraleda, cuando ya eran dueños los enemigos del puente del Arzobispo.

Acercándose allí de todas partes el quinto cuerpo, se había colocado su jefe Mortier en la Puebla de Naciados. Estaba a la sazón en Navalmoral el mariscal Ney, y Soult desde el Gordo había destacado caballería camino de Talavera para ponerse en comunicación con Victor, de vuelta ya este el 6 en aquella villa. Así todas las tropas francesas podían ahora darse la mano y obrar de acuerdo.

Paso
del Arzobispo
por los franceses.

Reconcentráronse pues para forzar el paso del Arzobispo el quinto y segundo cuerpo, al tiempo que Victor por el puente de tablas de Talavera debía llamar la atención de los españoles, y aun acometerlos siguiendo la izquierda del Tajo. A las dos de la tarde del 8 formalizaron los franceses su ataque contra el paso del Arzobispo; dirigíalo el mariscal Mortier. El calor del día y el descuido propio de ejércitos mal disciplinados hizo que no hubiese de nuestra parte gran vigilancia, por lo cual en tanto que los enemigos embestían el puente cruzaron descansadamente un vado 800 caballos suyos, guiados por el general Caulincourt, quedando unos 6000 al otro lado prontos a ejecutar lo mismo. Procuraron los españoles impedir el paso del Arzobispo abriendo un fuego muy vivo de artillería, ajenos de que Caulincourt, pasando el vado acometería, como lo hizo, por la espalda. Solo había en el puente 300 húsares del regimiento de Extremadura que contuvieron largo rato los ímpetus de los jinetes enemigos, a quienes hubiera costado caro su arrojo si Alburquerque hubiese llegado a tiempo. Pero los caballos de este, desensillados y sin bridas, tardaron en prepararse, acudiendo después atropelladamente, con cuya detención y falta de orden diose lugar a que vadease el río toda la caballería francesa, que ayudada de algunos infantes desconcertó a nuestra gente, de la cual parte tiró a Guadalupe y parte a Valdelacasa, perdiéndose cañones y equipajes.

Afortunadamente, no prosiguieron los enemigos más adelante, dirigiendo sus fuerzas a otros puntos, por lo que los aliados pudieron mantenerse tranquilos; los ingleses sobre la izquierda hacia Almaraz con su cuartel general en Jaraicejo, los españoles sobre la derecha con el suyo en Deleitosa, atentos también a proteger la posición de Mesas de Ibor. Deja Cuesta
el mando.
Sucédele Eguía. Don Gregorio de la Cuesta, abrumado con los años, sinsabores e incomodidades de la campaña, hizo dimisión del mando el 12 de agosto, sucediéndole interinamente, y después en propiedad, Don Francisco de Eguía.

Nuevas
disposiciones
de los franceses.

Puestos los aliados a la orilla izquierda del Tajo, y temiendo José movimientos en Castilla la Vieja, cuyas guarniciones estaban faltas de gente, determinó, siguiendo el parecer de Ney, suspender las operaciones del lado de Extremadura. Así lo tenía igualmente insinuado Napoleón desde Schönbrunn con fecha de 29 de julio, desaprobando que se empeñasen acciones importantes hasta tanto que llegasen a España nuevos refuerzos que se disponía a enviar del norte. Conforme a la resolución de José, situose Soult en Plasencia, reemplazó en Talavera al cuerpo de Victor el de Mortier, y retrocedió con el suyo a Salamanca el mariscal Ney.